Opinión

Los fines de año, por lo menos los occidentales, son un momento de fiesta para unos y de tristeza para otros; las tradiciones pueden diferir pero los sentimientos son los mismos, puesto que los humanos podemos ser de diferentes razas o lenguas, pero en el interior de esa mismidad oscura, compartimos más cosas de las que pensamos.

Desde que empiezan las navidades nuestro mundo entra en un torbellino alucinante de emociones encontradas en las que parece que toda la sociedad se ha vuelto loca. Sin embargo, la explicación es más sencilla de lo que parece, oscilamos entre la alegría y el consumismo desbocado, imbuidos por los expertos del mercadeo.

La velocidad de la vida se acelera y el tiempo hecho para disfrutar se transforma en un gran safari de compras, en una sucesión de fiestas y más fiestas, de músicas y bailes sin fin. Época de una aparente felicidad desbordada, que es solo eso, aparente, etérea y un poco falsa.

Y la resaca es más moral que alcohólica, ya que el 1 de enero nos devuelve a la realidad habitual que la frase “la cuesta de enero” describe perfectamente. No solo se refiere a la falta de dinero, sino a la vuelta de ese viaje opiáceo a las duras realidades cotidianas. La desmesura da paso a un encontronazo frontal con la vida.

El lado lúdico, reflexivo, defensor de la alegría, se encuentra a sus anchas en una época en lo que todo emociona. Las brisas del tiempo, las sonrisas, las luces de colores, las juntas y el compartir son el modus vivendi habitual para los seres que aprovechan la estación porque la sienten en la piel y la disfrutan.

Una gran cantidad de películas de todos los géneros se van de fiesta y le dedican al fin de año tanto escenas como obras enteras que pueden terminar bien, mal o peor, porque con los creadores no puede uno descuidarse; en cualquier instante disparan unas ráfagas de felicidad o tristeza.

El cine de catástrofes hace su aporte al fin de año con La Aventura del Poseidón (1972) de Ronald Neame, en la cual el barco Poseidón es hundido por un tsunami en plena celebración de año nuevo. Cuenta con un respetable elenco compuesto por Ernest Borgnine, Shelley Winters, Leslie Nielsen, entre otros.

Los personajes son un microcosmos, un coctel en donde no falta el religioso con dudas de su fe, un detective venido a menos, el solterón tímido, una pareja en luna de miel, la mezcla perfecta para un género que conserva su vigencia aun en estos días, por más que voces agoreras denuncien su desaparición de vez en cuando.

Cuando el barco se vira y todos quedan atrapados, se inicia una frenética carrera para escapar con vida de ese ataúd de metal. La Aventura del Poseidón es uno de los grandes clásicos del cine de catástrofes. El remake que se hizo en el 2005 no está al nivel de esta versión de 1972.

La última celebración de la clase alta puertorriqueña antes de la ocupación norteamericana de la isla es descrita por el destacado cineasta Marcos Zuriñaga en La Gran Fiesta (1986). La película se desenvuelve entre un drama familiar y una historia de amor que es de una gran belleza en la dirección artística y la fotografía.

Un Hombre de Éxito (1986), del gran realizador cubano Humberto Solas, trata de un joven ambicioso que escala hasta los peldaños más altos de la escala social y desciende a los más bajos en el entorno familiar. Todo ese éxito se desmorona por la llegada al poder de un barbudo verde olivo un 1 de enero de 1959.

La escena final de Días de Radio (1987), nos da una sensación agridulce. Todos celebran, pero a unos les preocupa cómo se les recordara en el futuro, otros se congratulan, se abrazan, se desean cosas, terminando con un ambiente teñido por ese dejo de nostalgia tan de Woody que te arropa en esa indefinida frontera entre la alegría y la tristeza.

En El Baile (1983), el director italiano Ettore Scola refleja sin diálogos cincuenta años de historia francesa a través de las canciones de éxito y las modas epocales, en un tour de force que sale bien resuelto por la gran capacidad de Scola para observar y darle una lectura adecuada a cada época que se sucede en su film.

El estudio sicológico de los bailadores es la clave para lograr una panorámica epocal en un filme que se desarrolla al inicio de 1983 y va retrocediendo al momento del triunfo del Frente Popular, la ocupación nazi, la liberación y la vuelta al 1983, en un reto que pocos directores se atreverían a enfrentar, pero que el resuelve con gran eficacia y sensibilidad estética.

Los tipos y personajes que desfilan por la pantalla son incontables pero cada uno es descrito con la prolijidad propia de un gran observador, pues la histérica, el colaborador, el aristócrata y el obrero son retratados tal cuales con el verismo característico que Scola imprime a sus películas.

Cuando Harry Conoció a Sally (1989), (When Harry Meets Sally), es una comedia romántica dirigida por Rob Reiner, con la actuación de Billy Crystal y Meg Ryan. En ella, dos estudiantes camino a New York se conocen, pero sus opiniones divergen sobre casi todos los temas, especialmente en lo relativo a la amistad.

Harry y Sally se encuentran y se desencuentran a través de los años, y cada uno se mantiene en sus trece por más que la evidente frecuencia con la que se encuentran desmienta las teorías de Harry de que un hombre y una mujer no pueden ser amigos. Sally cree que si no pueden serlo es por la forma de pensar de él.

El desenlace, tras doce años de negar la evidencia de que están enamorados, llega casi de sorpresa cuando Harry se rinde ante la certeza de que se equivoca; la declaración de amor en medio de un baile de fin de año es una de las mejores de película romántica alguna.

Fin de año, temporada de emociones a flor de piel, de desenfrenos y reflexiones, balance de 365 días laborales o afectivos que buscan un cine lúdico, vestido de historias que reflejen humanismo en sus escenas. Época de películas como antídoto a los desbordes de los sentidos.

La fiesta de las imágenes se cruza con las fiestas de fin de año y otras actividades en el espacio de una sala de cine que se viste con sus mejores ropajes para celebrar y recibir un nuevo inicio como se debe, llenándose de imágenes.

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