Hablan los hechos

El pasado 1 de febrero se inició la temporada de primarias en Estados Unidos que deberá culminar en el mes de julio con la elección de los dos candidatos a la presidencia que se enfrentarán en las elecciones del 8 de noviembre.

El término “temporada” no se utiliza aquí por casualidad, pues el proceso de escogencia del inquilino de la Casa Blanca es el más extenso, complicado y difícil del mundo, el cual pasa por la celebración en un período de seis meses de 50 elecciones primarias en igual número de estados y una dura batalla entre los distintos contendientes que dura casi cinco meses. Todo un año de lucha sin cuartel para dirigir los destinos del país más poderoso del mundo, donde también se juega el control de los hilos que mueven importantes piezas del tablero mundial.

Se trata de un juego cuyo costo puede fácilmente sobrepasar los mil millones de dólares. Por eso los aspirantes a vivir en la Casa Blanca tienen que pasar primero la prueba de lo que en el argot político norteamericano se denomina como la “primaria invisible”, el período de tiempo que debe transcurrir entre el momento en que se toma la decisión de competir por la candidatura y el momento en que formalmente se anuncian las aspiraciones. Se trata de una etapa crítica en la que se hacen los contactos para armar el equipo de campaña, se identifican potenciales donantes y personas influyentes (senadores, representantes, gobernadores, líderes locales, etc.) que contribuyan a darle soporte al proyecto político. Si no se realizan estas tareas con rigurosidad no hay posibilidad de éxito alguna.

La primera gran batalla es la que tiene lugar en Iowa. Si juzgáramos por la cantidad de delegados que aportan a las convenciones nacionales de los partidos, que son las que finalmente escogen al candidato, tendríamos que concluir en que se trata de unas primarias de poca significación: 30 a la republicana, de un total de 2,472 que tendrá este año, o sea, 1,28 por ciento; y 44 a la del Partido Demócrata, que contará con un total de 4,764, para un 1,09% del total de los delegados. Más aún, en caso de triunfo de un candidato sobre otro, éste no se lleva la totalidad de los delegados como ocurre en otros estados, sino que se reparten en forma proporcional a la cantidad de votos recibidos. La excepción aquí son los denominados “superdelegados”, que suelen ser gobernadores o líderes del partido, expresidentes y exvicepresidentes, representantes y senadores que tienen derecho a votar por cualquier candidato. En el caso de los demócratas, los “superdelegados” a nivel nacional son 150 en total, mientras que en el Demócrata suman 718.

Sin embargo, en el contexto de la lucha por el poder en Estados Unidos, Iowa tiene una particular importancia, pues lo que allí sucede incide poderosamente en el curso de la campaña. Por eso hay quienes le llaman el “oráculo electoral” de los Estados Unidos. Y eso tiene mucho que ver con el hecho de que por decisión de los dos grandes partidos, desde hace más de 40 años la lucha comienza justamente aquí, en un pequeño estado del Medio Oeste norteamericano con apenas algo más de tres millones de habitantes (1,5% de la población total), donde la inmensa mayoría de la gente es de origen anglosajón, vive en las zonas rurales y tiene como principal actividad productiva la agricultura.

Todo comenzó con la reforma política de 1972. Hasta ese año los candidatos se escogían en lo que popularmente se denominaba una “habitación llena de humo” (smoked-filled room). Los barones de los partidos se reunían discretamente en los distintos estados para escoger su candidato, un sistema que empezó a presentar inconvenientes a principios del siglo pasado y que entró en una profunda crisis a finales de los años sesenta, cuando la convención del Partido Demócrata, que entonces controlaba el ejecutivo y el Congreso, terminó literalmente a palos en Chicago. Poco antes habían sido asesinados Martin Luther King y Robert Kennedy, este último aspirante a la presidencia. Los pacifistas exigían en las calles el fin de la guerra en Vietnam y el Partido Demócrata se encontraba profundamente dividido.

Todo esto contribuyó a que en 1972 se produjera una reforma que impuso cambios decisivos en la vida política de Estados Unidos al ser sustituida la vieja forma de elección de los candidatos por el sistema de primarias, que justamente fue estrenado en el Estado de Iowa.

Probablemente nadie advirtió en ese momento la importancia que tendría ser el primero en celebrar las primarias. Se le atribuye a Jimmy Carter el haber descubierto que Iowa podía ser utilizado como catapulta política.
Desconocido entonces y carente de recursos, Carter recorrió, a veces a pie o en bicicleta, los principales distritos del pequeño Estado junto con familiares y amigos, estableciendo un contacto directo, un mano a mano, con sus habitantes. Una de sus primeras apariciones en público fue en 1975, en la famosa feria estatal, un verdadero clásico estadounidense, famoso por sus concursos de llamados de cerdos y vacas hechas de mantequilla.

El particular estilo de campaña inaugurado por Carter en Iowa terminó atrayendo a la gran prensa, gracias a la cual la gente en toda la unión supo de él, se aprendió su nombre y tuvo conocimiento de sus propuestas electorales. Con su éxito en este estado pequeño el político de entonces 51 años ganó prestigio y una imagen de candidato con potencial, lo que le ayudaría para el resto de la campaña. A partir de ahí tendría siempre a su alcance los grandes medios y, lo que es sumamente importante en Estados Unidos, el dinero empezaría a fluir.

El precedente sentado por Carter terminó convirtiendo a Iowa en un escenario de dura batalla electoral cada cuatro años, donde los aspirantes hacen un gran esfuerzo, presentan al electorado de toda la unión su rostro político durante un período de largas exposiciones mediáticas y gastan mucho dinero. Allí hay que conquistar el voto en contacto directo con la gente, incluso, en visitas casa por casa. La batalla por Iowa comienza siempre en el año anterior al de las primarias, en el mes de agosto, teniendo como escenario la feria estatal que dura once días, como lo hizo Carter en 1975.

La lucha política se hace más dura allí debido a que las primarias se celebran, como en otros estados de la unión, en forma de caucus, o sea, asambleas de los ciudadanos registrados que se celebran en iglesias, colegios y otros sitios públicos, incluso en viviendas particulares, para discutir y escoger al candidato. A diferencia de las primarias como tales, la única forma de votar es participando en estas asambleas, donde el método de votación varía según el partido. En las asambleas republicanas el voto es secreto, mientras en las del partido demócrata se vota levantando la mano o “con los pies”, o sea, ubicándose en un lugar específico dentro del recinto.

Es bueno dejar claro que en Estados Unidos cada estado tiene sus reglas. A veces, incluso, un mismo partido tiene reglas diferentes hasta dentro de un mismo estado. Iowa no es el único estado que celebra “caucuses” (el término significa “reunión de jefes” o algo así en el idioma de una de las tribus que poblaron Norteamérica) para elegir al candidato. También lo hacen Alaska, Colorado, Maine, Hawái, Kansas, Minnesota, Nevada, Dakota del Norte, Washington y Wyoming.

El aspirante a la presidencia de Estados Unidos que no tenga un desempeño aceptable en Iowa por lo general se retira, consciente de que nadie lo tomará en serio ni hará aportes económicos a su campaña. Eso lo acabamos de ver en en los casos de los republicanos Rand Paul, Mike Huckabee y Rick Santorum, así como del demócrata Martin O´Malley, que retornaron a sus hogares, como alguien dijo, “para buscar una nueva muda de ropa”.

Los resultados de Iowa pueden cambiar el cuadro político de forma más o menos importante dada su tremenda repercusión mediática. Por ejemplo, una encuesta publicada tres días después de las primarias de Iowa colocó a Donald Trump con nueve puntos menos que los que obtuvo en otra encuesta de la misma firma (Public Policy Polling) realizada a finales del mes de diciembre. Un bajón de nueve puntos en apenas unos cuantos días solo lo puede provocar un verdadero cisma político. En este caso, el revés sufrido por el multimillonario en Iowa, donde quedó en segundo lugar, a cuatro puntos de distancia de Ted Cruz.

Iowa no decide quién será el candidato y mucho menos quién será el presidente de Estados Unidos. Pero sí descarta a algunos y catapulta a otros, pese a no ser el más representativo de la unión desde el punto de vista del tamaño de su población, composición étnica o desarrollo económico. En Iowa se decide, como sostienen muchos entendidos en la materia, quién puede considerarse o no como un aspirante serio a la Casa Blanca.

Las encuestas en este estado muchas veces fallan. Dicen que esto tiene que ver con el hecho de que una gran cantidad de votantes se decide a última hora. Además, los caucuses republicanos son cerrados, lo que significa que solo votan los que previamente se han inscrito, mientras que en los demócratas son abiertos y puede votar cualquier ciudadano, se haya o no registrado como miembro del partido. Pero al final los que deciden son un puñado de militantes altamente motivados que concurren a los caucuses.

Conocedores de esta situación, los partidos invierten mucho esfuerzo y dinero para estimular a los votantes, que muchas veces son trasladados a los centros de votación por los activistas al servicio de los candidatos, que emplean para ello sus propios vehículos.

Dicen que Ted Cruz superó a Donald Trump porque logró desplegar un ejército de doce mil voluntarios, la mayoría de otros estados, que se dedicaron a estos menesteres. Además, el candidato de ascendencia hispana superó al magnate del sector inmobiliario en cantidad de apariciones públicas y en los contactos directos con la gente. Cruz, además, tiene afinidad religiosa con la mayoría de los habitantes del Estado, mientras que a Trump se le reconoce sobre todo por su habilidad para hacer dinero, y no siempre conforme a las normas de la ética.

Ahora bien, el controversial candidato republicano, pese a su revés en la primera prueba, es favorito en New Hampshire, un estado con características similares a Iowa, donde los resultados también tienen gran repercusión mediática. Si se cumplen los pronósticos de las encuestas, Trump quedaría en muy buena posición, si se toma en cuenta que aún después de su revés en Iowa ha continuado liderando las preferencias a nivel nacional.

Distintas están las cosas en el Partido Demócrata. Hillary Clinton se impuso sobre Bernie Sanders por menos de un punto. El senador por Vermont se ha esforzado por presentar este resultado como un empate que demuestra el alcance de sus garras políticas. Esa estrategia será reforzada por los resultados que se anticipan en New Hampshire, donde Sanders tiene una amplia ventaja sobre Clinton.

La exprimera dama y exsecretaria de Estado sigue liderando las preferencias entre los demócratas, pero ha estado expuesta por mucho tiempo a los ataques despiadados de sus rivales republicanos y su tasa de rechazo compite con su nivel de aceptación. Si se confirman los vaticinios sobre los resultados de New Hampshire recibirá un duro golpe. A partir de ahí su equipo de campaña tendrá que emplearse a fondo para evitar una caída estrepitosa de su nivel de aceptación y para neutralizar el avance de un hombre que, con su discurso antiestablishment y a favor de la justicia social seduce a cada vez mayor número de personas.

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