Hablan los hechos

El desmoronamiento del sistema socialista trajo consigo un renacer de las ideas liberales, que interpretaron esta implosión como un triunfo del mercado. Las reformas que inspiradas en esta concepción se impulsaron desde entonces, casi siempre con gran resistencia, provocaron severos desequilibrio políticos que impactaron negativamente la distribución de la riqueza en favor de los más pudientes, generando unos niveles de desigualdad nunca antes vistos en el mundo.

Con el paso del tiempo esta situación se revirtió en términos político, siendo América Latina la primera en experimentar sus efectos con el ascenso al poder de numerosas fuerzas de izquierda, todo un ciclo progresista que inauguró Hugo Chávez en Venezuela.

Fue precisamente en nuestra región donde por primera vez se aplicaron en forma descarnada políticas de ajustes neoliberales, desregulación económica, privatizaciones y sobredimensionamiento del rol del mercado en todas las áreas, para lo cual se tomó de pretexto la crisis de la deuda. Organismos como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, herramientas fundamentales en la aplicación de las políticas que inspiraron Margaret Thatcher y Ronald Reagan, se convirtieron en malas palabras a nivel de toda la región.

En el mundo desarrollado, también sometido a las políticas desreguladoras, sobre todo a partir de la caída de la Unión Soviética, las conmociones políticas comenzaron luego del estallido de la crisis en el 2007. La primera de ellas tuvo lugar un año después en Estados Unidos, donde por primera vez en la historia de este país un afroamericano pudo llegar a la Casa Blanca. El discurso de Barack Obama, que se centró en la denuncia del excesivo poder de Word Street en la política, en la necesidad de regular los mercados financieros y de crear un contrapeso al poder de las grandes corporaciones dándole voz a los que no la tienen, capitalizó el descontento. Su eslogan de campaña (“Sí podemos”) movilizó a millones de norteamericanos en lo que a muchos pareció un movimiento de asalto del poder por los desposeídos.

La corriente de entusiasmo provocada por el cuestionamiento al establishment norteamericano y las ideas antibelicistas de este político hasta entonces desconocido desbordó las fronteras de Estados Unidos, haciéndole merecedor del otorgamiento, menos de un año después de haber asumido la presidencia, del Premio Nobel de la Paz por darle al mundo “esperanzas en un futuro mejor”.

El gobierno de Barack Obama incorporó algunas ideas del keynesianismo al abordaje de la crisis en Estados Unidos (de ahí el mejor desempeño de la economía norteamericana). Esto, sumado al hecho de que los republicanos, con gran cuota de responsabilidad en el estallido de la crisis, jugaron a entorpecer las iniciativas del gobierno encaminadas a mejorar la situación de las grandes mayorías y a crear nuevos impuestos a los que más tienen, explica que Barack Obama se reeligiera cuatro años después. Pero el revés sufrido por los demócratas en las elecciones de medio término se encargó de evidenciar luego que la inconformidad con Washington se mantiene.

Europa, a diferencia de Estados Unidos, optó por la austeridad pura y simple frente a la crisis, lo que se ha traducido en un desmonte total del denominado Estado del bienestar garantizador de los derechos sociales de toda la población, que en su momento, junto con el New Deal de Roosevelt, se presentó como la mejor prueba de la superioridad del sistema capitalista sobre el socialista.

Los europeos han escogido fórmulas políticas distintas con la intención de hacer abortar las políticas de austeridad y forzar un cambio de rumbo. En algunos de ellos se observa una tendencia a la radicalización, de derecha o de izquierda, al calor de la crisis. Francia, por ejemplo, tuvo con Nicolás Sarkozy un gobernante conservador, que fue sustituido posteriormente por el socialista François Hollande. Como no ha habido un cambio de rumbo real, la popularidad de Hollande se ha visto seriamente afectada, siendo el principal beneficiario del descontento en estos momentos el Frente Nacional, de extrema derecha.

En España la crisis sorprendió en el poder José Luis Rodríguez Zapatero, del Partido Socialista (izquierda), que inició la política de austeridad. Fue sustituido por Mariano Rajoy (derecha), quien volvió a ganar recientemente las últimas elecciones, pero sin alcanzar la mayoría suficiente en el Parlamento para formar gobierno. El grupo Podemos (ubicado a la izquierda del PSOE), creado al calor de la crisis, había venido en ascenso hasta lograr desbancar, alcanzando la tercera posición, el sistema bipartidista español vigente por más de tres décadas. España sigue hoy a la espera de que un eventual acuerdo entre distintas fuerzas políticas permita la formación del gobierno o que, en caso contrario, se convoquen nuevas elecciones.

Pero el gran problema que confronta la Europa comunitaria es que en su rumbo actual muy poco incide la política local y la voluntad de los pueblos que la integran. El triunfo de la izquierda en Grecia, que logró desplazar a los dos partidos que por más de cuatro décadas se intercambiaron el poder en este país, se encargó de demostrar que el poder real quien lo ostenta es la denominada “troika”, el triunvirato integrado por la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional. Y lo que es más complicado aún: en la Unión Europea nada se decide sin la anuencia de Alemania. La crisis, por tanto, ha estado acompañada de un cuestionamiento a las políticas comunitarias y de un creciente “euroescepticismo” por la incapacidad de las estructuras comunitarias de generar soluciones y la excesiva influencia en las mismas de uno de sus miembros.

La crisis ha golpeado duramente a los pueblos y estos sienten que no pueden derrotar con el voto el poder de los que la provocaron y que gracias a alianzas que se han tejido a escala planetaria aún siguen decidiendo sus destinos con políticas que no logran sacar a flote las economías y que continúan profundizando las desigualdades, como indican todos los estudios que se han hecho al respecto.

Es en este contexto en el que hay que analizar la marcha del actual proceso electoral en Estados Unidos, notoriamente marcado por el rechazo creciente a todo lo que huela a establishment.

Es lo que ha servido de combustible para el ascenso de Bernie Sanders, un hombre viejo, sin dinero y hasta hace poco desconocido para la inmensa mayoría de los estadounidenses que seduce cada vez más al votante con su idea de poner fin al predominio de los multimillonarios en las decisiones sobre el futuro de la nación.

El discurso de Sanders ha contribuido a darle sustancia al debate electoral en Estados Unidos, donde según las encuestas las principales preocupaciones del votante giran en torno al tema económico.

En Inglaterra ya ocurrió que un desconocido, Jeremy Corbyn, logró alzarse con el control del Partido Laborista luego de desbancar en la convención interna a los candidatos de los grupos más influyentes de la organización, para lo cual contó solamente con pequeños aportes económicos de la militancia.

La astuta Hillary Clinton, que tiene entre sus asesores a su propio esposo Bill Clinton, que gobernó la nación durante ocho años, ha tenido que introducir cambios en su discurso de campaña, sobre todo después de lo ocurrido en Iowa y New Hampshire, para evitar ser aplastada por el discurso socialista del senador por el estado de Vermont, quien la acusa de ser un producto de Wall Street.

Hillary se ha defendido diciendo que se trata de una “habilidosa difamación”, produciendo al mismo tiempo un viraje hacia posiciones progresistas. El último debate que sostuvieron ambos precandidatos del Partido Demócrata puso en evidencia ese giro táctico.

El problema que confronta actualmente doña Hillary es el cuestionamiento a su autenticidad. Sanders, que renunció desde el principio a las contribuciones económicas de los poderosos para su campaña, juega un poco con esto y le enrostra a la exprimera dama, exsenadora y exsecretaria de Estado que son los poderosos del establishment estadounidense los que soportan económicamente su campaña.

El rechazo al establishment en el actual proceso electoral norteamericano se expresa también en el lado republicano. Donald Trump es un poderoso multimillonario y, por tanto, un hombre del establishment (la traducción literal de este término como “establecimiento” no refleja para nada su contenido, que se asemeja más a grupo con influencia o poder en la sociedad, o sea, los que deciden). Sin embargo, a Trump se le percibe como un rebelde contra el cual ha arremetido la cúpula en pleno del Partido Republicano.

A diferencia del Partido Demócrata, que en su momento dio a luz a Barack Obama, cuyas ideas inspiraron al movimiento Occupy Wall Street que luego lo atemorizó a él mismo, y que ahora cuenta con dos aspirantes a sucederle en el cargo que intentan capitalizar el deseo de cambio del pueblo estadounidense, el Partido Republicano como estructura partidaria insiste en sus viejos postulados, responsables muchos de ellos de la situación que vive el país y en gran medida el mundo.

Los ciudadanos que simpatizan por este partido, aun formando parte del sector más conservador de la sociedad norteamericana, entienden que el país necesita definir nuevos rumbos. De ahí la poca popularidad de los candidatos de los clanes más influyentes dentro de la organización, como el señor Jeb Bush, exgobernador de Florida, hijo de un expresidente de Estados Unidos y hermano de otro, pero con un discurso totalmente vacío.

Pudiera parecer contradictorio que los más populares entre los republicanos sean Donald Trump, que causó revuelo por sus pronunciamientos contra la inmigración, a pesar de que él mismo es hijo, nieto y marido de inmigrantes, seguido de Ted Cruz, de ascendencia hispana.

El denominador común que existe entre los dos aspirantes es que ambos permanecen, como alguien dijo, en la periferia de la ideología republicana y atizan al mismo tiempo el resentimiento contra las élites.

Según el reciente informe de Naciones Unidas “Situación y perspectivas de la economía mundial 2016”, la economía mundial, siete años después del inicio en el 2008 de la crisis financiera global, siguió tambaleándose en el 2015.

La caída desde entonces en la tasa media de crecimiento de las economías desarrolladas es del 54%, según dice este informe, que calcula en 44 millones la cantidad de personas actualmente en paro. Y lo peor es que reputados especialistas de las ciencias económicas, como el premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz, advierten hoy de los altos riesgos de una nueva crisis financiera y la posibilidad de que la economía norteamericana entre en recesión.

Según Stiglitz, las principales políticas puestas en práctica por los países avanzados frente a la crisis financiera de 2008 en vez de mejorar la situación, han empeorado las cosas.

En los países afectados por la crisis la gente percibe que desde el poder se carga sobre sus hombros todo el peso de la crisis. Los pueblos, cada vez más irritados, buscan salidas que hasta el momento no han podido lograr con el voto. De ahí la tendencia al castigo y su creciente inclinación por los rebeldes.

últimas Noticias
Noticias Relacionadas