Opinión

Los venduteros formaban coros de vocingleros, copaban todas las aceras con sus ofertas gastronómicas matutinas. El olor a toda suerte de sazones se esparcía por los alrededores del centro, tan fuerte era que llegaba a los pasillos y las aulas dejando la impresión de que los ciudadanos que acudieron a ejercer el sufragio desayunaban mientras hacían colas, y los funcionarios de las mesas disfrutaban de un gran banquete.

Toda Quito estaba despierta. La gente se desplazaba hacia los recintos de votación sin la algarabía del votante dominicano; iban en silencio abriéndose paso entre los ofertantes de comida y los cerdos asados exhibidos sobre grandes bandejas de madera, tostados y olorosos, con sus bocas abiertas y como si miraran a sus potenciales compradores caminando sin apuros entre mesas con inmensas ollas de caldos, de bolsas llenas de semillas, o de máquinas plastificadoras.

Aunque no es tarea de un observador electoral preguntar sobre la oferta gastronómica, la curiosidad comenzó a conspirar contra la agenda de trabajo, solo que, el cuestionario extraoficial terminó convirtiendo en oficiales las preguntas, pues resulta que además de dirigir mis averiguaciones hacia la variada oferta de platos, también la conduje hacia las máquinas que mostraban improvisados letreros que decían: “Plasticamos sus documentos”. El comerciante que estaba detrás de la plastificadora repetía de viva voz el texto escrito.

¿Qué pueden plastificar? Me pregunté para luego averiguar con la joven que servía de guía al grupo de observadores, integrado por ciudadanos de México, Paraguay y República Dominicana. En su respuesta encontramos un elemento útil para entender posteriormente el alto porcentaje de votación y otra cuestión que nos llamó poderosamente la atención y que tiene que ver con algunas detenciones fuera de los recintos de votación.

Curiosidad satisfecha: se plastificaba un documento poco más pequeño que la cédula de identidad que certifica que el portador ejerció su derecho al voto. Es un carnet con la foto y los datos personales del votante, necesario porque el voto es obligatorio para los ciudadanos entre 18 y 65 años de edad. De esta obligatoriedad se desprenden una serie de consecuencias para el que no acuda a votar, las que le generan dificultades en el desempeño de su vida cotidiana.

Después de mis averiguaciones a la entrada del centro de votación comenzó mi labor oficial de observador. Lo clásico estaba en mi carpeta de preguntas. La rutina comenzó a las 6: 45 de la mañana y me acompañaría todo el día, pero antes fue interrumpida por un curioso señor que andaba con un papel en la mano de mesa en mesa. Nos llamaba la atención su recorrido, pero antes que nos acercáramos a él para inquirirle sobre su actitud extraña, llegó hasta nosotros para pedir orientación.

Nos explicó que lo que llevaba en la mano era una orden judicial para detener a una persona prófuga de la justicia. El individuo le había estafado. La respuesta sobre la plastificación me ayudó a entender sin necesidad de mucha explicación, la presencia de aquel señor, también me ahorró posibles preguntas posteriores cuando en más de una ocasión vi detener a individuos tras el ejercicio del voto: Si no votan, no tienen la certificación que les permita realizar sus actividades civiles, por tanto los prófugos se arriesgan a votar y ser apresados.

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