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MUBARAK: Un antes y un después

El pasado viernes el mundo occidental despertó con la noticia de que tras 5 años de cárcel, el otrora “Rais” de Egipto, Hosni Mubarak, había sido puesto en libertad por el Tribunal Supremo del Cairo. La acción dejaría detrás una condena a cadena perpetua que le había sido impuesta en el 2012, cuando se le inculpó del asesinato de unos 800 manifestantes durante las revueltas que tuvieron lugar en esta nación árabe.

¿Quién fue Hosni Mubarak?; ¿Qué representó para Egipto?; y ¿cuáles fueron las razones que llevaron a su éxito y posterior caída en desgracia? Son algunas de las interrogantes que nos abocamos a analizar, con el objetivo de comprender a uno de los “hombres fuertes” típico de los regímenes autoritarios del Norte de África y parte de Medio Oriente en el último medio siglo.

Desde temprana edad Mubarak mostró notable inclinación hacia un perfil rígido, disciplinado y proclive al ejercicio de la autoridad, donde con 21 años de edad egresó de la Academia Militar Egipcia pasando posteriormente a la Fuerza Aérea. Habiendo probado liderazgo y destreza en su paso por esta institución, lo que incluye preparación en la antigua Unión Soviética, éste consiguió ascender progresivamente al punto de ser nombrado jefe de la Fuerza Aérea egipcia en 1969, y posteriormente recibiría máximos honores por su desempeño en la guerra de Yom Kippur (conflicto tras el cual Egipto retomó el control de la Península del Sinaí).

Este último acontecimiento impulsaría a Hosni Mubarak a dar el salto a la arena política, donde sería nombrado en 1975 como vicepresidente del país durante la gestión de Anwar al Sadat, el cual sería asesinado seis años después a manos de opositores islamistas en un atentado, que a pesar de casi costarle la vida a Mubarak, terminó por abrirle el paso a la presidencia.

Contrario a lo esperado, el nuevo mandatario continuó con la política de gobierno que habían llevado a los islamistas y gran parte de la población a oponer resistencia al ejecutivo egipcio, como lo fue los acuerdos de Camp David en 1978, donde esta nación árabe procedió a firmar la paz con Israel. Es preciso recordar que como resultado de estos acuerdos, Egipto se alejó progresivamente de la órbita soviética, a la vez que fue suspendido de la Liga Árabe, organismo regional al cual fue readmitido a finales de la década de los 80 con pleno derechos.

De manera concomitante el gobierno de Mubarak fortalecería las relaciones con Estados Unidos y demás potencias de occidente, en cuyos pilares sostendría su influencia regional a la par con otros regímenes de dudosa bondad gubernamental. En efecto, aprovechando la distracción de la prensa y organismos internacionales debido la relativa estabilidad social y económica del país, el gobierno egipcio llegó a incurrir en recurrentes violaciones a los derechos humanos, las cuales justificaba bajo el alegato de que era la forma de mantener a raya la amenaza de radicales islámicos. Tales medidas políticas de coerción interna le hicieron blanco de al menos seis intentos de asesinato entre 1992 – 2006, incluyendo uno que tuvo lugar en Etiopia en víspera de una Cumbre de Líderes Africanos.

La recurrencia y magnitud de estos atentados, que tenían como principal sospechoso a Los Hermanos Musulmanes, llevaron al régimen egipcio a instaurar un estado de emergencia que daría al traste con arrestos masivos y la aplicación de torturas.

En su afán de mantener el equilibrio social, el gobierno egipcio se abrió a un modelo liberal en materia económica que sin embargo no se tradujo en una correcta distribución de los beneficios, ahondando así el ambiente de desigualdad social y el establecimiento de una oligarquía económica afín al régimen. De modo paralelo se procedió a permitir cierto grado de oposición política, que sin embargo no contaría con opciones reales de competir con un gobierno, que a lo largo de cuatro procesos (1987, 1993, 1999, 2005) no hizo más que reafirmar su poder.

Como era de esperar, todas estas irregularidades que se presentaban a lo interno de Egipto, al igual que sucedía en Túnez y Libia (por ofrecer unos ejemplos), terminaban por ser ignoradas (intencional o tácticamente) por sus aliados en Washington, quienes prefirieron por décadas estos regímenes autocráticos a cambio de controlar el avance de fundamentalistas islámicos y otra teocracia. Esta relativa armonía internacional cambiaría tras el estallido de la Primavera Árabe, movimiento revolucionario de carácter social a inicios del 2011, que cambiaría para siempre el equilibrio de poder en la región.

Para Hosni Mubarak el ambiente de tensión había comenzado a tomar forma desde finales del 2010, cuando de cara a las elecciones legislativas del 28 de noviembre y 5 de diciembre de ese año, el gobierno puso en marcha una vez más sus artimañas electorales, a pesar del progresivo avance de las coaliciones opositoras. El descontento social iría aumentando hasta alcanzar el frenesí a raíz del suicidio de un joven frutero en Túnez, quien en protesta con el gobierno se inmoló, desatando las revueltas populares que culminarían con la salida de Ben Alí, el mandatario que dirigió esa nación por 24 años.

Cabe recordar que revueltas semejantes acabarían tiempo después con el mandato de Muamar al Gadafi en Libia, a la vez que el mandatario de Yemen tuvo que renunciar, y tanto en Marruecos como en Bahréin sus respectivos gobiernos tuvieron que aplicar sendas reformas. En cuanto a Siria, esta nación árabe habría de padecer un desenlace distinto y tortuoso.

Envalentonados por los acontecimientos en Túnez, los ciudadanos egipcios comenzaron a señalar a Hosni Mubarak como el siguiente a ser depuesto, amenaza que tomaría fuerza tras unos seis casos de inmolación que desatarían las protestas masivas a partir del 25 de enero. A modo de restar pujanza a las revueltas en el Cairo, el régimen egipcio procedió a bloquear el acceso a las redes sociales y los teléfonos celulares, a la vez que prometía reformas democráticas, todo lo cual solo contribuyó a aumentar el descontento.

Sería finalmente el 11 de febrero del 2011, cuando tras unas tres semanas de intensas manifestaciones, el mandatario se vio obligado a renunciar a la presidencia y ceder el poder provisionalmente a los militares, hasta tanto se celebraran nuevas elecciones.

Lo interesante, tanto del proceso egipcio como el de los demás regímenes víctimas de la Primavera Árabe es que, contrario a lo que se podría esperar en occidente, sus desenlaces fueron en gran medida adversos en términos de mejora y estabilidad.

En concreto, en Egipto resultarían electos “Los Hermanos Musulmanes”, representados por Mohammed Morsi, quien sería depuesto dos años y medio más tarde (13 de julio 2013), en un golpe de Estado a cargo del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, que pondría posteriormente en el poder al actual mandatario, Abdul Fatah al Sisi. Todo esto supondría un dilema para Washington que, a pesar de promover valores democráticos, no apoyó al gobierno legítimo de Morsi y en cambio ha contribuido con el actual régimen militar instaurado tras un golpe de Estado.

Al igual que el gobierno autoritario de Hosni Mubarak, el cual llegó a recibir más de 63,800 millones de dólares en contribución, el actual mandatario cuenta con el apoyo de gran parte de occidente, mientras los Hermanos Musulmanas pasaron nuevamente a la clandestinidad y son activamente perseguidos.

Ciertas semejanzas operativas entre los regímenes de Mubarak y al Sisi, hacen que seis años después de la deposición del primero, las transformaciones democráticas exigidas por la sociedad estén lejos de conquistarlas.

En definitiva, lo que pareció ser el fin de un ciclo dominado por un gobierno elitista y autoritario, que comprendió el inicio de una nueva era de reivindicaciones sociales para Egipto, devino en una agudización de las condiciones que habían impulsado las demandas de cambio aquel histórico 2011.

Amnistía Internacional tacha la actual situación egipcia de alarmante en materia de derechos humanos, mientras que los ataques terroristas vuelven a tomar la magnitud que fueron características de la aversión al gobierno del hoy liberado Mubarak.

A pesar de ello, el octogenario exmandatario no representa más que el recuerdo de un pasado que se quiso dar por superado, toda vez que su fantasma muta hacia una nueva variante de autocracia, donde no gobierna un partido político, sino un cada vez más intolerante régimen militar.

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