Hablan los hechos

“En toda guerra, la primera y más importante víctima es la verdad” dijo hace 100 años en el marco de la Primera Guerra Mundial el senador estadounidense, Hiram Johnson.

Ya para el año 1942, durante la segunda Gran Guerra, dicha frase sufriría una leve variación en autoría, de Sir Winston Churchill, pasando a reflexionar que “en tiempos de guerra la verdad es tan preciosa que debería ser protegida por un guardaespaldas de las mentiras”.

Esto pareció haber querido recordar la República de Bolivia, cuando en momentos en que se celebraba el pasado viernes una sesión extraordinaria en el Consejo de Seguridad de la ONU, a propósito de los últimos acontecimientos en Siria, dicha delegación rememorara gráficamente cuando en el 2003 el entonces secretario de Estado en la primera gestión de George W. Bush, Colin Power, aseguró tener pruebas contundentes sobre la existencia en Irak de armas de destrucción masiva. Dicha aseveración sirvió de justificación a una acción unilateral que daría al traste con una de las guerras más largas y costosas de la historia; el desmentido de las supuestas armas de destrucción masiva en manos del régimen de Sadam Husein; y por si fuera poco, también devino en la creación de un vacío de poder que permitiría el surgimiento de nuevas agrupaciones terroristas, entre ellas el Estado Islámico.

Todo lo anterior nos retrotrae a la tragedia ocurrida la semana pasada en la localidad de Khan Sheikhoun, en el noroeste de Siria, donde tras unos bombardeos llevados a cabo el pasado martes por el régimen de Bashar al Asad a esta zona controlada por los rebeldes, comenzaron a surgir preocupantes imágenes de varias decenas de ciudadanos padeciendo claros síntomas de envenenamiento por algún tipo de agente químico. Según el Observatorio Sirio para los Derechos Humanos unas 89 personas perecieron, señalando al gobierno sirio como el responsable de un ataque con armas químicas, mientras las autoridades gubernamentales negaron dicho señalamiento.

De hecho, según el Ministerio de Defensa ruso y las autoridades militares sirias (países aliados en el conflicto), los bombardeos tenían como objetivo arsenales rebeldes, en especial Al Qaeda, siendo en una de estas fábricas donde se estima había una producción de armas químicas, lo que originó la explosión que produjo el esparcimiento del gas.

De inmediato se comenzaron a crear diferentes conjeturas, entre ellas, una indicando que pudo haberse tratado del letal “gas sarín”, un agente nervioso 20 veces más poderoso que el cianuro. Sin embargo, expertos de categoría mundial como Dan Kaszeta pidieron prudencia a la hora de sacar conclusiones, debido a que en el caso del gas sarín es casi imposible de detectar porque es incoloro, inodoro, sin sabor y sobre todo casi imperceptible visualmente. En otras palabras, se requeriría de un levantamiento sobre el terreno a fin de obtener resultados concretos, y esto tomaría tiempo.

No obstante, a menos de 24 horas, el mundo recibió con sorpresa y preocupación la decisión de Washington de responder militarmente a los supuestos ataques químicos por parte del régimen de al Asad, en lo que sería un giro de 180 grados a la política estadounidense respecto a Siria. En efecto, mientras el Consejo de Seguridad apenas comenzaba a discutir una posible resolución para condenar el ataque con armas químicas, nueva vez Estados Unidos se apresuró a atacar unilateralmente, esta vez bajo las órdenes de un Donald Trump que busca amortiguar a toda costa su baja popularidad.

Según declaraciones de los propios organismos de seguridad, los ataques del jueves por parte del ejército estadounidense se tradujeron en el lanzamiento de 59 misiles Tomahawk con destino a una base aérea de Shayrat, de donde se estima partieron los aviones a cargo del bombardeo en la localidad de Khan Sheikhoun. A su vez, el Pentágono alegó haber informado al Kremlin sobre su intención de atacar esta importante zona militar del ejército sirio.

A modo de aporte, es importante destacar que la base aérea de Shayrat fue el lugar donde hasta el 2013 el régimen de Bashar al Asad almacenaba su arsenal químico, que luego accedió a destruir con cooperación internacional tras la presión ejercida por el gobierno de Barack Obama, que le acusó de usarlas contra suburbios en la capital Damasco. A pesar de la disposición a destruir su arsenal, el gobierno sirio negó las acusaciones en aquel entonces, señalando a los rebeldes como los responsables del citado ataque químico, al tiempo que Estados Unidos pasó a asumir una postura pasiva respecto al conflicto.

Volviendo a lo ocurrido la semana pasada, las reacciones al ataque por parte del ejército de Estados Unidos fueron mixtas, donde por un lado el gobierno en Siria las consideró un acto de agresión, mientras aliados estadounidenses lo consideraron oportuno en vista de la tragedia humana que lo originó. Pero más allá de estas posturas, están las de las propias autoridades de la Casa Blancay el Kremlin, viejos conocidos que tras un breve coqueteo con el advenimiento de la presente administración Trump, hoy parecen volver a sus acostumbradas posiciones autodefensivas.

La rápida reacción de Estados Unidos resulta preocupante, toda vez que su trasfondo plantea un cambio de postura respecto al conflicto sirio, pero sobre todo hacia Rusia, en lo que podría ser una estrategia de Donald J. Trump de plantar frente a una nación de la cual necesita desmarcarse, ante las recurrentes acusaciones de infiltración que ponen en tela de juicio su legitimidad. Esta posibilidad se ve reforzada por las declaraciones emitidas por autoridades de la presente administración como el secretario de Estado, Rex Tillerson, quien llegó a declarar que “Rusia podría ser tildada de cómplice o incompetente, al no impedir que el gobierno sirio usara las armas químicas contra la ciudadanía”. Por su parte, el presidente Trump no perdió tiempo en sentenciar que “no había dudas de que Siria usó armas químicas”, a la vez que apelaba a una descripción gráfica de las efectos sobre las víctimas civiles que tuvo el supuesto ataque gubernamental, a fin de legitimar su decisión de usar recursos militares.

Como era de esperar, esta medida tuvo su respuesta por parte de Rusia, quienes calificaron el bombardeo a la base aérea de Shayrat como una agresión a una nación soberana, además de una “distracción por parte de Washington a su responsabilidad ante las bajas civiles que provocó en Irak”. A su vez el portavoz del gobierno ruso, Dimitriv Peskov, llegó a advertir del daño considerable que sufrirán las relaciones entre Washington y Moscú, a pesar de que Rusia no brindará respuestas que lleven a una intensificación de las acciones militares.

A estas alturas resulta imprescindible recordar que Trump se encuentra enfrascado en un proceso de investigación, en el cual hay quienes auguran un potencial juicio político que lleve a su revocación como mandatario, escenario que momentáneamente resulta poco probable dada la composición del Congreso estadounidense. Sin embargo, ya han sido afectados varios colaboradores de su entorno, quienes como el ex asesor Michael Flynn, están siendo investigados por sus contactos y vínculos con funcionarios rusos, antes y posterior a la campaña electoral pasada. En el caso de Flynn, se alega que este incurrio en una ilegalidad al conversar con el embajador ruso en Washington en lo que pareció ser una negociación sobre las sanciones que el entonces presidente Obama, había impuesto a Rusia por los ataques cibernéticos. De comprobarse la violación a la ley Logan Act, que data del 1799, esto podría arrastrar a todo aquel que tuviera conocimiento y resulte cómplice de tal acción, incluyendo al propio mandatario. Esto explicaría las tensiones que se ha generado en torno a la actual administración, una vez Flynn se ofreció a testificar a cambio de inmunidad penal, pudiendo abrir una caja de pandora que revele cuán permeada estuvo la candidatura de Trump por la influencia de Moscú.

Lo cierto es que mientras en Estados Unidos las autoridades hablan de “disuadir al régimen de usar armas químicas”, los expertos estiman apresuradas y poco confiables las conclusiones que se han vertido sobre el tipo de arma química usada, mientras el Consejo de Seguridad no muestra consenso alguno en torno a la proveniencia de dichas armas. Cabe a su vez recordar que un cambio desmedido en la política de Washington respecto al régimen sirio, podría irónicamente ir en contra del principal interés expresado por Trump durante su campaña de “derrotar al ISIS”, quienes se beneficiarían de un debilitamiento de las fuerzas de Bashar al Asad.

Es por ello que basándonos en el escaso tiempo de planificación y respuesta, los daños colaterales y un peligroso cambio que podría tener el actual curso de la Guerra Civil siria, resulta muy probable que la decisión de Trump de atacar posiciones del ejército gubernamental sirio, estuviera tomada incluso antes de producirse la tragedia del martes pasado. Si Estados Unidos no accionó en el 2013 cuando tenía posibilidades de hacerlo, es menos probable que pueda ejecutar una intervención ahora que Rusia tiene vasta influencia sobre el destino de esta guerra. Actualmente la oposición siria, entre rebeldes y grupos terroristas, se encuentra debilitada, por lo que un ataque químico que provoque tal cantidad de bajas humanas, no podría sino beneficiarles a ellos y atentar contra los intereses del gobierno.

Por lo pronto Trump gana un poco de tiempo e independencia respecto a su posición sobre Siria, mientras desvía levemente la atención del proceso de investigación que a lo interno de Estados Unidos se desarrolla en cuanto a la legitimidad de su gestión. Lo lamentable es que a lo largo de seis años de conflicto el número víctimas civiles no deja de aumentar, al tiempo que las responsabilidades pasan de un bando a otro, en un juego retorico donde la gran víctima es la verdad…

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