Opinión

El cambio en reglas del Festival de Cine de Cannes que a partir del 2018 no permitirá la participación de películas que no hayan sido estrenadas antes o después en salas en salas francesas, ha levantado una polvareda a la que se ha sumado el Presidente del jurado de la competición oficial, Pedro Almodóvar. Esto ha creado una tormenta perfecta en el complicado negocio del cine, por ser la punta de lanza que usan determinados países para imponer su presencia económica y cultural en dicho festival.

Cuando la Francia del General Charles De Gaulle creó el Ministerio de Cultura, dotándolo de un presupuesto que le permitiera apoyar desde el Estado a este sector, estaba iniciando una revolución y un marco de referencia para unos tiempos que, lamentablemente, han llegado. El de la relatividad y del “todo se vale”.

No es tan simple como lo afirma Mario Vargas Llosa, que “a la cultura no hay que defenderla”. Aunque en eso estemos de acuerdo, creemos que hay que apoyarla, promoverla y dotarla de recursos. No es dejando a los creadores o a las instituciones a merced del mercado o de los productos culturales de esas potencias, que sí defienden y financian lo suyo.

La lectura más simple es ver el enfrentamiento como un episodio entre una compañía como Netflix y un prestigioso festival como Cannes, que reproduce la vieja batalla de lo viejo y lo nuevo, del acceso de las nuevas tecnologías contra el rancio pensamiento conservador. Quienes así lo ven desconocen el trasfondo y solo observan la punta del iceberg.

Francia se bate de nuevo contra el arrollador impulso de un EE. UU. Estos acuden al discurso del libre comercio para el resto del mundo, mientras tratan de cerrar a cal y canto su mercado interior a los bienes y servicios del exterior. No está de más echarle un vistazo a las negociaciones del Tratado de Libre Comercio entre la UE y EE. UU., en donde los galos defendieron con uñas y dientes la excepción cultural.

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La industria, el arte y la cultura

Almodóvar cree que “…las nuevas plataformas deben asumir y aceptar las reglas de juego ya existentes, lo que implica respetar las actuales ventanas de los diferentes formatos de exhibición, así como las obligaciones de inversión que actualmente rigen en Europa”. Una posición bastante institucional y nada estridente del realizador manchego.

Sin embargo, para el actor norteamericano Will Smith, “…son dos formas completamente diferentes de ver cine. Netflix permite ver cosas que de otra forma no se verían”. Un argumento válido en su primera instancia, pero que no va al fondo pues nadie en su sano juicio cuestiona los aportes de ese formato.

Cannes ha adoptado reglas similares al Oscar, donde para acceder a la nominación, la película tiene que haber sido exhibida en una sala de cine. Sin embargo, en EE. UU., esa regla no se cuestiona, mientras que la tomada por el país galo si, en una muestra de cinismo o doble rasero, o quizás ambas cosas.

La historia, que es una gran maestra, nos hace recordar que se reconoce el nacimiento del cine cuando se proyectó en una pantalla grande, con la sala colmada de espectadores y no los intentos de los “peep shows”, donde se depositaba una moneda y un único espectador observaba el contenido a través de una ranura, accionando una manivela.

El cine es una experiencia colectiva, pensada para ser expuesta en una sala grande y oscura, en compañía de un número nutrido de personas con una proyección continua que no se detiene a menos que ocurra algún accidente o inconveniente en la proyección.

Estamos de acuerdo en que Netflix y otras plataformas contribuyen a la difusión del cine. Quienes centran la discusión en ese punto, se equivocan largamente pues están simplificando el problema, ya que este es económico y de cuotas de mercado y no de un formato contra otro.

Libre comercio, mercado y cine

Luis Buñuel escribió en sus memorias que “la cultura norteamericana no sería nada sin sus cañoneras”. Y aunque los tiempos han cambiado, las intenciones suelen ser las mismas. La invasión pacifica de los mercados en nombre del libre comercio suele ahogar a las industrias, imposibilitadas de competir por su tamaño e inferioridad de recursos.

La excepción cultural francesa, ideada por Jack Lang, Ministro de Cultura de Francois Miterrand en 1981, garantiza a las obras nacidas de la imaginación y la sensibilidad humana, no competir con las mismas reglas aplicadas a las mercancías industriales en razón de su natural delicadeza. El éxito en la recuperación del mercado francés fue evidente y en el 2016 la cuota de mercado dentro del país fue de un 36.2%, muy lejos de los otros socios de la UE.

El “affaire” no ha hecho más que volver a poner sobre el tapete la lucha librada por los apetecibles mercados cinematográficos y su importancia para la estrategia comercial de las naciones. El cine es un caballo de Troya para publicitar las ideas, los gustos y los valores de una cultura, por lo que su ingenuidad, por más divertida que sea, es una mascarada.

Cannes-Almodóvar y Netflix-Will Smith-, han expresado sus puntos de vista en las redes y los medios, vistiendo sus diferencias con el ropaje de los formatos de exhibición, en un discurso perfecto que propicia la confusión de las audiencias. Pero en el fondo, todo se resume en el lema de los creativos de la campaña de Bill Clinton: “Es la economía, estúpido”.

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