Opinión

En un tiempo lejano en el acontecer del hombre en la morada terrenal, sucedió que un ilustre capitán se hizo a la mar, probando su nueva embarcación. Hacía mucho tiempo en las calendas de sus afanes, en los astilleros de una isla grande y curva él se puso al mando del desarrollo de un formidable navío que había sido diseñado por unos cuantos marineros que se hicieron a la mar huyéndole a la ferocidad del contexto de sus lares. Allí desde donde todos habían salido con diferentes ardides, según notas que el “servicio secreto” había hecho difundir en sus oriundas lides.

Allá en su punto de partida hacia el ostracismo, las cosas se ponían cada vez más color de hormigas, con respeto al futuro de la libertad.

Zarpado a la mar con esa nave al que le asignaron como responsable, el capitán de quien les hablo, anduvo allende por las aguas de todos los océanos, buscando ayuda para sacar de la miseria al terruño de donde los diseñadores de la embarcación que dirigía, al igual que él habían salido. Allí, según los cantos de los poetas ni la tierra alcanzaba para tan poquísimos sembradores que deseaban producir sus viandas y legumbres, con el único propósito de saciar sus hambres.

Al transcurrir las décadas de las calendadas del crono, el formidable navío arribó a las costas de una tierra colocada en el mismo trayecto del Sol, como la había designado un tal Pedro. Y así atracó en el puerto de la capital aquella experimentada embarcación, que había recorrido muchos mares y océanos en búsqueda de solidaridad. Pero entonces las cosas no salieron como las previstas, aunque los acontecimientos premiaron con gran éxito al sabio capitán, su sabiduría queda corta ante la ambición de unos cuantos que le colocaron en acción de retirada.

Fue así como el periplo de una nueva historia se germina, saliendo a prisa de la tierra amada de vuelta a otras tierras, pero ahora con una horda de enemigos peligrosos que le impedirían a toda costa colocar en el camino del éxito, a ese barco que habían construido para alcanzar propósitos de crecimiento y desarrollo, como nunca antes se habían proyectado en esa tierra colocada por designios de ese Pedro que dijimos, en el mismo trayecto del Sol.

Sobre ese navío había un capitán que lideraba en interno sosiego, pero ese sosiego no imperaba en los tripulantes, algunos intrépidos, otros pragmáticos y los más desesperados por mejoras en sus modos de vida.

Todo eso junto, convirtió en fuego la vida en las calles de las ciudades, deviniendo en luchas tan feroces, que terminó la tierra por la que tanto habían luchado hacía décadas, vestida de sangre buscando a tiros, granadas y bombas, la dignidad que se había perdido.

Muchos murieron en esos momentos de gloria por donde transitaron, niños, jóvenes, ancianos y viejos de todos los sexos. Entonces la música recibió lo nunca visto, una millarada de tonadas de última generación, comenzaron a tocar, iniciando las desgracias más profundas en indelebles procesos que acabaron con el merengue, la mangulina y el carabiné; colocándose entonces una música de lengua extraña, en donde se tocaba para alegrar las terrazas recompuestas de la vieja oligarquía que nunca quiere permitir que bailen y se alegren los chiquitos.

Sobre esa sangre y montado en un navío de corsarios, arribó a esa tierra un personaje que hacía poco se había tenido que marchar a prisas. Fue así como para evitar más sangre, atraca de nuevo la formidable embarcación en el puerto conocido y ocurre lo que tiene que ocurrir, pero las cosas habían cambiado, ya nada sería igual. Al poco tiempo y después de algunos años, el músico que dirigió la orquesta e inicio la melodía que no le gustó a los que se opusieron al capitán que tuvo que marcharse a prisa con su macuto de sueños de bienes populares, volvió con el ímpetu de la esperanza y se aposentó en la media isla de los sueños rotos.

Si, en esa misma en donde Duarte se atrevió a rendir cuentas de los mil pesos fuertes que les fueron asignados para ir tras Santana hacia Sabana Buey; fue a ahí en ese segundo de la historia que recién iniciaba, cuando los que iban a entregar la recién nacida nación, vieron que el camino duartiano no les convenía y decidieron borrarlo de la conducta dominicana. Era la década de los años setentas y despuntaba el Sol en la génesis de una mañana, apareciéndose unos fantasmas vestidos de camuflaje en una playa poco conocida del mediano sur.

Y es así como la historia inicio de pronto unos acontecimientos que dieron al traste con la osadía. El coronel muere en Caracoles y -según algunos- todavía a casi cincuenta años no se sabe de sus restos. Fue en ese acontecimiento, donde se fundamenta el quiebre del capitán histórico y la formidable embarcación que en el lejano 1939, entre el bullicio de una Europa vuelta bélica, que se dio a la luz al viejo instrumento en la geografía de la egregia Habana.

No fue fácil para el diestro capitán abandonar tal embarcación, prestigiada en muchos lustros de combate pre dictadura y pos dictadura. Pero donde se destaca la formidable embarcación con una evaluación de A, es en tiempo de pos guerra de abril, en donde la vida se perdía con una facilidad olímpica y alegremente certificada desde el norte a causa de la guerra fría.

Fue así como la embarcación se engrandeció ante los ojos de los que siempre han deseado paz. Pero arribo 1973 y en afán de las luchas intestinas, harto de sofocar motines, el capitán decide bajar de esa formidable embarcación, para comenzar de nuevo en un proyecto para revivir en la historia, las ideas congeladas en el tiempo de aquel que con su gallardía se atreviera a fundar nuestra nacionalidad.

Y entonces, el ilustre capitán se hizo a la mar a la mitad de diciembre, probando la nueva embarcación.

En la nueva embarcación, el experimentado capitán se hizo de instrumentos de consolidación y de control; y de esa forma los que formaban parte se aprehendieron del “centralismo democrático” instrumento capaz de sostener toda la dirección de la nueva embarcación, en la unidad, pero llegó mayo del año 1978 y el capitán se vio debilitado ante algunos ojos que solo vieron lo que se veía a en la epidermis social y sus sufragios de oportunidad. Muchos marineros dejaron la nueva embarcación y el capitán volvía a una quedad que no le atormentaba, haciendo honor al dicho: “a mar revuelto, capitán tranquilo”.

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