Opinión

Solo había transcurrido un lustro de haber botado desde el astillero 1973 a la nueva nave, flotando sobre un mar bravío de altas y peligrosas olas provocadas por el desembarco en caracoles.

Fue de ese modo, que al cabo de cinco años de la ida del otrora capitán de la formidable embarcación, un nuevo tripulante paso a ocupar el mando, convirtiéndose en inquilino de la casa de gobierno. El mar sintió un alivio, el océano se tranquilizó y el anciano ex gobernante se asiló en su residencia resguardada su paz por una mayoría senatorial capaz de evitar consecuencias a sus comportamientos. Pero al poco tiempo la nueva embarcación se recompuso y las aguas que la sustentaban volvieron a tomar su lugar, por el contrario los conflictos desde el poder anidaron en suicidio en un lugar de la casa presidencial, iniciándose cuarenta días de errores que pronto cimentarían fracasos y fue de esa manera que se arribó al 1986.

En esas calendas tres formidables naves discutieron el poder y la nueva súpera obstáculos para su avance en simpatías de votos, pero la vieja embarcación volvió a navegar triunfante, y a toda vela subía las escalinatas de la casa presidencial por segunda vez consecutiva.

Y fue de esa manera, como con una situación marítima de calma, otro inquilino se aposentó en la casa de gobierno, con una guirnalda civilista en la cabeza, muy preocupante para los ex inquilinos más recientes. Y fue sobre esa realidad con paradas del presidente en los semáforos en rojo que inició la ruta del fracaso de la formidable embarcación que transitaba casi ocho años en las rutas del inquilinato palaciego.

Entonces, echados a la mar aun en calma, tres naves volvieron al ruedo de las aguas y en no tan sorprendida poesía, el viejo caudillo navegó exitoso hasta las escalinatas de la casa símbolo del poder y se aposentó de nuevo ocupando la silla de los alfileres por infinita vez.

Y fue ahí donde la historia retorció su camino, marcando con sentencias a los salientes inquilinos y por 10 años volvieron los viejos cedros que parecían ya cortados a tomar nuevos brillos clorofílicos que parecía durarían para siempre, en una sepultura de pasados con grandes precedentes en nuestra historia.

En ese trayecto que contamos, la embarcación colorada salió ganando en una doble partida y aseguró su viaje sobre las calendas del año noventa, sobre las consecuencias de las luchas intestinas que se multiplicaban en la vieja embarcación; la que en mayúsculo error fue decretada en receso en las lides de la navegación, por breve tiempo.

Fue de esa forma, “mis pequeños querubines,” que se dieron a la luz dos nuevas embarcaciones, entrando así en la jugada de las navegaciones de los mares electorales.

Pero se hacía tarde, la nueva embarcación capitaneada por el experimentado capitán, antiguo primer tripulante que subiera las escalinatas de la casa del poder, ya estaba experimentada, aunque a sus marineros le faltaban las garras que forjan en los mares los corsarios… y fue pirateada, escamoteando su éxito con tanta fuerza, que marcó el destino de quienes se envolvieron en ese engaño.

Las cosas no fueron fáciles de ahí en adelante, la nueva embarcación fondeando en excelencias arribó de nuevo a los mares de las elecciones y pese a su forjamiento de golpes y de fuego, recibió una gran embestida…. y muchos creyeron en el fracaso de los propósitos que tenía el ya viejo capitán de la ya no tan nueva embarcación.

Fue en ese escenario que se cocieron las habas de los procesos futuros, sobre las calendas del vetusto capitán de las huestes coloradas.

Ya viejo y cansado, el capitán de la ya no tan nueva embarcación, pidió su relevo como capitán de acción y se puso en retirada con todos los honores del trabajo y de la sagacidad de cinco lustros de trajinar en su morada y amarilla nave.

Fue de esa manera, que la casualidad se vino a suerte, como resultado de un nuevo engaño, que procuró colocar al viejo capitán colorado a repetir su docena de años en la cosa pública, pero se acorto su tiempo a un decenio, bajo un acuerdo en que quedaban cerrados varios caminos y se abría otro en forma inesperada, bajo y sobre la argucia de la experiencia gobernante.

Fue de esa manera y no de otra, como se posibilitaron los cambios de una vez y para siempre en el puerto en donde atracaron las naves, solo logrando unas breves estadías en las amarras del poder.

Sobre ese escenario la nueva embarcación zarpa de nuevo a la contienda de un mar efervescente en olas espumantes de estelas blancas que presagiaban la apertura de ventanas para facilitar la entrada del capitán de la formidable embarcación construida a otrora en el puerto de La Habana.

Mientras en la nueva embarcación se traspasaba el mando a un nuevo capitán lleno de la energía de una juventud preclara que al poco tiempo en un segundo enfrentamiento en junio, se alzó con el éxito sobre la vieja embarcación. Es indudable, que para ello contó con la colaboración de los viejos capitanes ya rumbo al parnaso de la historia.

Y fue así, no de otro modo, como la nueva embarcación y su nuevo capitán subieron las escalinatas de la casa del poder. Parecía un milagro, solo posible en las vías y sobre las mañas del zorro capitán de casi un quinquenio de mandatos, en donde en los primeros tres decenios, al emprender su vuelo en ostracismo hacia el norte afirmara: “crucé por un charco de sangre y no manché mis manos.” Y al instante de finalizar yo les recuerdo nuevamente, a “mar revuelto, capitán tranquilo.”

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