Hablan los hechos

Dando continuidad al análisis del actual impasse que se ha gestado en Medio Oriente, el cual tiene a Qatar en el epicentro de disputas por el restablecimiento del viejo orden de las cosas, debemos retomar pues la reacción de Arabia Saudí al creciente peso geopolítico que estaba ganando el gobierno qatarí, en base a una “diplomacia de chequera”, que le permitió agenciarse apoyo a lo largo y ancho del escenario regional, y por qué no, hasta global.

Al tiempo que la monarquía saudí tejía la estrategia de contraataque, mediante la cual procuraba revertir la situación política en Egipto creada tras la Primavera Árabe, obró paralelamente para contrarrestar la creciente influencia de Qatar sobre el devenir de Libia y Siria. El mejor ejemplo yace en el decidido apoyo de Riad a yihadistas libios y sobre todo al general Jalifa Haftar, uno de los cuadros fundamentales del depuesto Gadafi en sus inicios, aunque luego le plantaría oposición desde el exilio en Estados Unidos, guiado por la CIA.

De hecho, Haftar ha contado durante los dos últimos años con el apoyo financiero y logístico, no solo de Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos, sino también de Francia, Rusia y el propio Estados Unidos. Todo esto bajo la difusa bandera del antiterrorismo, excusa que usaría Abu Dabi para violar el embargo de armas impuesto en Libia desde el 2011. En Siria por otra parte, la monarquía saudí contribuyó al desplazamiento del Consejo Nacional Sirio (integrado por células locales de los Hermanos Musulmanes), considerado primer gobierno de oposición externo con asiento en Turquía, y financiado por Qatar.

Esta puja soterrada, aunque evidente a los ojos de las grandes potencias, permitió a Riad dar forma a un movimiento anti-qatarí, teniendo por excusa la desestabilización creada por Doha durante la Primavera Árabe. Con esto los saudíes han buscado rescatar el terreno perdido durante la era Obama, tiempo en que sufrieron por la baja del precio del crudo; el acuerdo nuclear que trajo a Irán devuelta al escenario global; y el aprovechamiento geoestratégico de Qatar.

En cuanto a las denuncias de financiamiento de grupos yihadistas, lo cierto es que las monarquías árabes, en su mayoría, han hecho gala de estas estrategias de doble filo y moral, para ganar terreno en guerras subsidiarias que van moldeando el equilibrio de poder en la región. De ahí que no resulten novedosas las denuncias de apoyo a yihadistas sunníes, como Al Qaeda o el ISIS por parte tanto de saudíes como qataríes.

Resulta evidente que en el actual proceso, Arabia Saudí ha buscado desviar la atención, y en parte lavar su imagen internacional, sobre todo dada su forma literal, retrograda y severa de aplicar la ley islámica (sharia) a lo interno de su territorio, que tiende a desvirtuar al Islam. A lo anterior podríamos agregar que de los 19 terroristas que llevaron a cabo los atentados del 11 de septiembre del 2001 en Estados Unidos, 15 eran saudíes, lo que explica la importancia de un documento publicado por Wikileaks, donde el Departamento de Estado reconocía el apoyo sustancial de Arabia Saudí al yihadismo internacional.

Retornado al presente contexto, tras una leve arritmia geopolítica padecida durante la presidencia de Obama, gestión progresista con la cual la monarquía saudí no logró concitar ese apoyo incondicional de plena tolerancia a sus ambiciones y violación de los derechos humanos, hoy vuelve a tener un respiro. Resulta que con la presencia de gobiernos conservadores como Putin en Rusia, May en Inglaterra y Trump en EE.UU., está procurando recobrar el dominio casi absoluto dentro del mundo árabe, que se agenció por casi tres décadas. En efecto, el momento parece haber llegado con la visita de Trump a la capital saudí, donde el pasado 20 de mayo, frente a más de medio centenar de representantes de la Organización para la Cooperación Islámica, este invitó a los estados miembros a “liderar la lucha contra el yihadismo y acabar con el extremismo que amenaza a Medio oriente”. Un buen pretexto a usar por Arabia Saudí para dirigir su dura ofensiva contra Qatar. Dicho espaldarazo, estaría acompañado con la firma de un jugoso contrato por más de 100,000 millones de dólares, en venta de armamentos a la monarquía, convirtiendo a Arabia Saudí en el segundo importador de armas, solo superado por India. Esto a pesar de su población de apenas 28 millones de habitantes.

Con el anuncio de la ruptura diplomática contra Qatar, las naciones alineadas cerraron fronteras aéreas, terrestres y marítimas, lo que deja entrever una especie de “embargo oculto”, por las características de los puertos que compromete, sobre todo en términos energéticos. De ahí que es preciso destacar que Qatar importa más del 85% de sus alimentos, por lo que el gobierno de Doha no tardó en reemplazar las vías de abastecimiento existentes, teniendo a Irán como principal contribuyente, cuyo gobierno envió inmediatamente cinco aviones y tres barcos cargados de alimentos, acción que sin dudas tensó más las melladas relaciones entre Doha y Riad.

Por si fuera poco, Turquía y Marruecos también se sumaron al torrente de ayuda hacia Qatar, lo que en principio contrastaría con la posición de Washington, cuando Trump, mediante unos polémicos tuits se mostró a favor del bloqueo, lo que causó gran sorpresa dado que Estados Unidos tiene su mayor base militar de Medio Oriente en el golfo pérsico, en territorio qatarí. Sin embargo, la postura inicial de la Casa Blanca sería variada por el secretario de Estado Rex Tillerson, quien ofreciéndose como mediador, reafirmó el apoyo al compromiso conjunto que Washington posee con Doha, tras lo cual Qatar realizó una compra por valor de 12,000 millones de dólares a Estados Unidos, por concepto de adquisición de 36 aviones F-15. Dicha transacción, efectuada por los secretarios de Defensa de ambas naciones, se suma a la previamente aprobada en noviembre pasado, cuando durante la pasada administración estadounidense Doha adquirió 72 aviones F-15 por unos 21,100 millones de dólares.

Sin espacio a dudas, Arabia Saudí ha mostrado una aguda habilidad para aprovechar oportunidades y alardear de su aun prominente peso regional, lo que ha quedado patente con la reciente estrategia conjunta de bloqueo estratégico sobre el pujante y dinámico Qatar. Es en este contexto donde, como condición para restablecer las relaciones, la monarquía saudí y sus aliados han puesto sobre la mesa 13 demandas, en las que prácticamente exigen a Qatar volver a un estado de aislamiento geopolítico y subordinación ante Arabia Saudí.

Entre los puntos más controversiales de dicha lista, están: Reducir las relaciones diplomáticas con Irán y cerrar las misiones diplomáticas allí; Cerrar Al Jazeera y sus estaciones afiliadas; Terminar con la presencia militar turca en Qatar; Terminar la interferencia en los asuntos internacionales; Pagar reparaciones y compensaciones por las pérdidas financieras y de vidas ocasionadas por las políticas de Qatar en los últimos años.

Resulta muy probable que los qataríes se nieguen a asumir tan denigrante y desconsideradas demandas, para cuya aprobación solo disponen de diez días. Sin embargo, Doha parece estar cosechando buenos frutos de sus oportunas incursiones en naciones como las del norte de África, quienes no han titubeado en brindar su colaboración, además de su irrebatible reputación a nivel internacional.

Llegados a este punto, se puede inferir que algo comienza a quedar evidenciado en el actual devenir de la situación en Medio Oriente, una realidad que explica la compleja mezcolanza de intereses y doble moral de las naciones que inciden en el tablero geopolítico regional. Por un lado, es obvio que las naciones árabes, en base a sus petrodólares, procuren aumentar afianzar su poder sobre los demás. Mientras que, en el caso de Estados Unidos, que ya no depende de antiguas alianzas condicionadas al suministro de petróleo, la nueva realidad es que sus intereses se concentran casi exclusivamente en la preeminencia de la venta de armas y tecnología de guerra, industria de dominio mundial denunciada hace décadas por Dwight Eisenhower (quien la llamó Complejo Industrial Militar), y nuestro profesor Juan Bosch (quien la bautizó como Pentagonismo).

El actual impasse podría encontrar a corto plazo una solución alternativa, ya sea por la vía de la diplomacia internacional o por el nuevo pragmatismo algo errático de Washington. Pero si algo se puede evidenciar, es que más allá de elogios y críticas, Qatar ha demostrado ser “el pequeño gigante de la geopolítica”.

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