Hablan los hechos

Contando con apenas unos 11,586 km2 de superficie (un poco más grande que Puerto Rico), Qatar pudiera considerarse geográficamente como una nación relativamente pequeña. Dicha noción pudiera verse reforzada al ponderar su población de apenas 2,7 millones de habitantes, una combinación asilada, que en términos básicos del ajedrez geopolítico mundial, le merecería un diminuto peso en su capacidad de incidir en la toma de decisiones a nivel regional. Sin embargo, la realidad en torno a este pequeño reino árabe resulta muy diferente.

Considerada según los estándares internacionales como una monarquía absolutista, Qatar ha sido históricamente gobernada por la familia al Thani, desde el siglo XIX. Como la mayoría de los países de la región, esta nación vivió bajo cierta precariedad económica hasta mediados del pasado siglo, momento en que las grandes reservas petrolíferas comenzarían a cambiar para siempre la realidad de estos reinados.

Hasta el 1995, Qatar era percibido como un Estado prominentemente aislado, cuyas ambiciones se limitaban a mantener la estabilidad y la paz hacia lo interno. Sin embargo, en aquel año asume el poder Hamad bin Khalifa al Thani, quien depuso a su padre, imponiendo en lo adelante una política internacional más agresiva e independiente de parte de Qatar, potenciando el desarrollo de sus reservas de gas natural, lo que comenzó a ser visto con cierto recelo por parte de Arabia Saudí, acostumbrada a su rol de hermano mayor.

Para tener una idea del cambio, haciendo uso de sus inmensos recursos energéticos, hoy en día Qatar es el segundo mayor exportador de hidrocarburos del mundo, el cuarto productor de gas natural y ocupa además el octavo puesto en producción de petróleo. Esto le ha permitido tener la renta per cápita más alta del mundo, y hacer de su capital, Doha, una de las metrópolis con las infraestructuras más modernas y sorprendentes jamás vistas. Por si fuera poco, su proyección internacional ha sido catapultada por una agresiva estrategia de marca país, con la aerolínea Qatar Airways como buque insignia, seguida por el financiamiento de grandes equipos deportivos. A esto se agrega que esta nación posee la sede de la Ronda del Desarrollo de la OMC, también conocida como “la Ronda de Doha”; en el 2012 fue sede de la conferencia sobre Cambio Climático de la ONU; y será sede de la Copa Mundial de Futbol (FIFA) del 2022.

Contando con tan envidiable currículo y estatus internacional, no puede ser casualidad que gran parte del mundo recibiera con sorpresa la decisión emitida por seis naciones árabes, las cuales anunciaron que habían cortado sus relaciones con Qatar el pasado 5 de junio.

Esta decisión, sustentada en una publica acusación por “crear inestabilidad en la región”, pasó a convertir al pujante Estado, en un paria del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), organismo regional del que forma parte junto a las naciones que hoy le dan la espalda. Los denunciantes del CCG, representados por Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, a los que se sumaron otras naciones como Yemen, Egipto, Libia y Maldivas, acusan a Qatar de apoyar a grupos terroristas, lo que incluye a Al Qaeda y el Autodenominado Estado Islámico.

A su vez, de manera particular, Arabia Saudí acusa a la monarquía qatarí de colaborar con los Hermanos Musulmanes y contribuir con Irán en el ámbito geopolítico. De hecho, Qatar e Irán comparten yacimientos de gas natural, lo que históricamente ha sido visto con recelos por los saudíes.

En lo que puede ser considerado como la gota que derramó el vaso, la trascendental decisión de bloqueo diplomático y económico, se produce luego de unas “supuestas declaraciones” reproducidas por la agencia de noticia estatal qatarí, Al Jazeera, en la cual se escucha al emir al Thani criticar a Arabia Saudí, poner en entredicho su relación con el gobierno de Trump, y mostrarse tolerante con las aspiraciones de Irán. Sin embargo, las autoridades en Qatar han hecho constar que fueron víctimas de un Hackeo, lo que fue confirmado por el FBI luego que esta agencia indagara sobre el impasse, señalando que tal acción pudo ser ejecutada por hackers independientes de origen ruso. Sin embargo, tras el vehemente desmentido público del gobierno ruso, se abre la posibilidad de que estos piratas cibernéticos, quienes suelen ponerse al servicio de gobiernos, pudieran haber sido pagados por autoridades saudíes o de EAU.

A pesar de la sorpresa inicial, la tensión entre estas naciones no son recientes, pues la creciente autodeterminación de Qatar le ha llevado a construir una agenda internacional aparte de la de sus vecinos, tejiendo relaciones pragmáticas pero poco comprensibles como ser aliado de Estados Unidos e Irán; y mantener buenas relaciones con Israel, mientras financia al grupo palestino Hamas. También es justo reconocer, que en contraposición a la imagen de nación prospera, cosmopolita y pujante que proyecta Qatar, esta siempre ha tenido un lado oscuro propio de sus ambiciones regionales, por lo que su apoyo a grupos subversivos y desestabilizadores es bien conocido dentro y fuera del mundo árabe. El poco peso que tiene la religión y la ideología al momento de definir su accionar geopolítico, ha hecho que la monarquía qatarí se resista a subordinarse al régimen saudí, lo que le llevó en su momento a apoyar y contribuir abiertamente a la “Primavera Árabe”, que dio al traste con el derrocamiento de los gobiernos de Túnez, Libia y Egipto, mientras detonó la sangrienta guerra de Siria.

Respecto a Egipto, tras ser depuesto Hosni Mubarak, asumieron los Hermanos Musulmanes, organización representativa del islam político que pasaba a gobernar de la mano de Mohamed Morsi, quien sería depuesto poco tiempo después por un golpe de Estado financiado por Arabia Saudí. Esta maniobra saudí respondía a la creciente amenaza que para su hegemonía representa esta organización fundamentalista, por lo que prefirió auspiciar el ascenso de Abdel Fatah al Sisi. Tras esta acción, el emir de Qatar dio acogida a los miembros de los Hermanos Musulmanes, quienes debido a la persecución política en su contra ganaron numerosos adeptos, lo cual sería contrarrestado con señalamiento como organización terrorista.

Como consecuencia de su apoyo a este grupo, en el 2014 Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos y Bahréin acusarían a Qatar de “interferencia y desestabilización”, retirando por varios meses sus misiones diplomáticas. Dicha acción, sumada a las presiones recibidas como consecuencia de su activa participación en la Primavera Árabe (movilización civil que las autoridades en Doha no permitieron que llegara a su territorio) hicieron que Qatar aceptara reubicar a los remanentes de los Hermanos Musulmanes en Turquía.

Como podremos ver en la segunda parte del presente trabajo, el peculiar apoyo de este pequeño emirato a agrupaciones fundamentalistas, en especial a los Hermanos Musulmanes, además de su relación con Irán, es lo que pondría en lo adelante a la ambiciosa nación en la mira de Arabia Saudí, la cual acudió a cuestionables estrategias de emergencia para preservar su primacía, dentro del tablero geopolítico de Medio Oriente…

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