Opinión

La mayor virtud de Juan Bosch radica, aparte de haber construido las dos fuerzas políticas más grande que ha conocido la sociedad dominicana, en haber asumido la responsabilidad histórica de darle continuidad a la revolución ética y moral que inició Juan Pablo Duarte y que luego fue seguida por Ulises Francisco Espaillat.

El PLD creció y se desarrolló con la autoridad moral que Bosch le impregnó desde su nacimiento. Cosa que, evidentemente, provocó que los diversos segmentos de la población reaccionasen dando muestra de aceptación y respeto a esa organización por el paradigma que representaba ante la sociedad dominicana.

En su obra “El PLD, un Partido Nuevo en América” Bosch dijo que: “Un partido político es el producto de la sociedad en que se halla, pero al mismo tiempo no puede dedicarse sólo a las tareas de cada día sino que entre sus obligaciones está la de contribuir al desarrollo de la sociedad en que actúa, y tiene que prepararse para ver con claridad no sólo lo que sucede en torno suyo sino además prever lo que sucederá para evitarlo si está llamado a ser dañino, o acelerarlo si está llamado a serle útil al pueblo.”

Sin duda alguna, la autoridad moral hizo grande al partido de Juan Bosch. Perderla significaría negar los principios que le dieron vida y fortaleza. Jamás olvidemos que hubo un tiempo en que en el PLD éramos sólidamente unidos y políticamente organizados.

Las actuales autoridades (políticas y altos funcionarios de la nación) están en la irrenunciable obligación de retomar el camino de Bosch. De lo que se trata es de volver y rescatar, simple y llanamente, el pensamiento ético-moral de Juan Bosch.

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