Hablan los hechos

A finales de abril del presente año, tuvimos la oportunidad de analizar ciertas particularidades del régimen norcoreano, el cual aprovechando la celebración de aniversario del natalicio de su líder fundador, Kim Il-sung, llevó a cabo un ostentoso desfile militar, además de una prueba fallida con un misil balístico de largo alcance.

Estas acciones, las cuales han adquirido cierta cotidianidad, dada la recurrencia de Pyongyang a este tipo de tácticas disuasivas, pareció ser tan solo un capítulo más en la larga lista de provocaciones que la dinastía hoy presidida por Kim Jong-un ha patentizado en su aversión hacia Estados Unidos y aliados en la región. De hecho, Corea del Norte ha acelerado su temido programa nuclear durante los últimos tres lustros (aspiración que ha ambicionado desde principios de los 90), lo que terminó por costar su inclusión en el eje del mal, convertirse en un Estado paria del mundo, y sufrir asfixiantes sanciones internacionales.

La creciente retorica belicista de parte de los dos últimos líderes norcoreanos, en especial del actual, ha provocado interesantes debates en torno a la posible “irracionalidad” de tal postura. No obstante, es posible que al dar un vistazo al destino que corrieron regímenes invadidos y derrocados por Estados Unidos en el pasado reciente (como Sadan Husein y Muamar Al Gadafi), nos resulte convincente la lógica de supervivencia tras las ambiciones de esta hermética nación, por acceder a armas nucleares. Dicha hipótesis cobra especial valor con el advenimiento de Donald Trump a la Casa Blanca, mandatario con posturas contradictorias y una política exterior errática desde la lógica geopolítica, que retrotrae a Washington a los días en que el “poder blando” era muestra de debilidad, y las exhibiciones de poder un privilegio de pocos.

Muestra concretas de estas conclusiones, yacen en el preocupante incremento de poder que están adquiriendo los militares dentro del aparato Estatal estadounidense, donde el Pentágono, la Secretaría de Defensa y Seguridad Nacional han gozado de un aumento en recursos y el apoyo político, mientras el Departamento de Estado sufre una especie de aislamiento sistemático. Por ello no sorprende que, a raíz de los lanzamientos de misiles de parte de Pyongyang el 8 de abril, el vicepresidente estadounidense, Mike Pence, hiciera constar el “fin de la paciencia estratégica” de Washington, al tiempo que Trump realizó una falsa amenaza con el supuesto envío del portaviones USS Carl Vinson a la Península coreana. Tal acción terminó por provocar la mayor escalada en las tensiones en la Península en los últimos 70 años, llegándose a equiparar a la “crisis de los misiles”.

En cuanto al nuevo modus operandi en política exterior de la administración Trump, desde su condición de candidato presidencial, este hacía constar la necesidad de hacer a “América Grande de Nuevo”, pero dado su falta de coherencia en el ámbito internacional, pocos pudieron descifrar cómo haría para conseguir tal objetivo. El poder militar ha sido la respuesta.

Al parecer, su controversial forma de actuar, basada en la toma de decisiones emotivas, improvisadas y bajo escasa ponderación analítica, requieren de funcionarios dispuestos a acatar órdenes y hacer cumplir los requerimientos del ejecutivo con inquebrantable disciplina. Esto le ha hecho preferir militares para dirigir su nueva diplomacia de mano dura, designando a antiguos generales en posiciones antes ocupadas por funcionarios civiles, lo que puede significar una vuelta al estado de las cosas de la era “W. Bush”.

La retórica y accionar del mandatario estadounidense, ha surtido efecto para con aliados tradicionales de Washington, como es el caso de la OTAN, sin embargo, en el caso de adversarios como el régimen norcoreano, no ha hecho más que envalentonar a Kim Jong-un, dándole en parte razones para aumentar sus maniobras grandilocuentes.

En efecto, el martes de la pasada semana, aprovechando el aniversario de la independencia de Estados Unidos (4 de julio), las autoridades norcoreanas lanzaron con éxito un misil balístico de largo alcance, volviendo a elevar las tensiones a nivel regional e internacional. Dicha prueba, vendría a confirmar algunas viejas sospechas, en torno a los avances que ha logrado Pyongyang en la potencia y alcance de sus misiles. Según datos ofrecidos por los medios Estatales en Corea del Norte, KCNA, y corroborado por la prensa internacional, este último lanzamiento alcanzó una distancia de 930 km; con una altitud de 2,800 km, logrando alcanzar el Mar del Japón. Estos detalles han puesto sobre la mesa la posibilidad de que, bajo determinadas circunstancias, se pueda alcanzar parte del territorio estadounidense, como Alaska.

La acción provocó la previsible réplica de parte de Washington, dónde además del esperado mensaje de Twitter del presidente Trump, la embajadora de Estados Unidos ante la ONU, Nikki Haley, dejó sobre la mesa del Consejo de Seguridad la posibilidad de nuevas sanciones, además de una respuesta de carácter militar. A su vez, sumado a declaraciones de la Casa Blanca que tenían por finalidad presionar al hermano mayor de Corea del Norte, China, Washington y Seúl llevaron a cabo maniobras conjuntas consistentes en el lanzamiento de un misil. Esto fue seguido de un comunicado conjunto de los mandatarios Xi Jinping y Vladimir Putin, en una movida de notable peso geopolítico, abogaron por una contención en las tensiones, comenzando por una moratoria de parte de Corea del Norte en sus pruebas nucleares y lanzamientos de misiles. A su vez, rechazaron “los intentos de cambio de régimen”, mientras adelantaron su oposición al uso de la fuerza y sanciones económicas propuestas en el Consejo de Seguridad por parte de Estados Unidos. Especial alusión hicieron estos mandatarios al escudo antimisiles THAAD, desplegado por el ejército estadounidense en parte del sureste asiático, pero sobre todo el instalado en Corea del Sur, lo que preocupa a Beijing, a pesar de que actualmente no está en el pleno de su capacidad.

Al igual que ha ocurrido en pasadas ocasiones, una respuesta militar de parte de Washington es en cierta forma imposible, dado por un lado a la capacidad disuasiva de Pyongyang, pero sobre todo a aspectos geopolíticos como su cercanía a China y Rusia, naciones que no permitirían la posibilidad de una Corea unida bajo la órbita estadounidense.

El cambio en la estrategia exterior de Washington, propiciando una política militarizada por sobre el uso de la diplomacia, no ha logrado mellar la voluntad de Kim Jong-un, mucho menos evitar que este régimen reiteradamente viole la “línea roja” trazada por las autoridades estadounidenses.

Como consecuencia de esta invariable realidad, Trump tiene tres opciones: la primera, es apelar a una unión estratégica y empática a las presiones conjuntas con Rusia y China; la segunda es redefinir la famosa “línea roja”, ignorando en parte las acostumbradas maniobras de Pyongyang; o tercero, adentrarse a una peligrosa e impredecible aventura militar, lo que le llevaría a una confrontación a gran escala de magnitudes insospechadas.

En cuanto a Corea del Norte, seguiremos viendo cómo fluctúa constantemente su estrategia disuasiva, entre exhibicionismo y supervivencia…

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