Opinión

España, al igual que en otros temas cruciales, construyó un espacio de respeto y admiración al emerger de la nada, para constituirse en poco tiempo en un referente mundial en materia de seguridad en la circulación.

En el año 2002 la sociedad española inició un proceso cuyo norte era salvar vidas en la carretera. A partir del 2004, tomó forma de considerable proporción, cuyos éxitos revelaron que no habría barreras que pudieran detener esa determinación.

Pese al crecimiento del campo vehicular y sus condiciones de uso, las autoridades conjuntamente con todos los sectores sociales y empresariales alentaron las políticas de buenas prácticas para reducir las alarmantes tasas de mortalidad y morbilidad que vergonzosamente se registraban frente a las cifras de los demás países de la Unión Europea como parte de una estrategia de inclusión y transparencia.

Los resultados del año 2014 fueron una alarma para que los españoles abrieran los ojos y evitar lo que hoy ocurre.

A principio del 2015, nosotros advertíamos: “Las políticas de seguridad vial en España tienen que ser revisadas considerando que 1,131 muertes por esta circunstancias en el 2014 se tornan frustratorias”.

Esta reflexión era simplemente porque con relación al año anterior la diferencia solo era de tres víctimas mortales al alcanzar 1,134.

Algo sucedía que las estadísticas parecían involucionar, pese a que al finalizar el 2015 las fatalidades se redujeron a 1,126.

Ello significaba que se encontraban en un tiempo de estancamiento, y prueba contundente fueron los registros del 2016.

El año pasado evidenció en las víctimas fatales un crecimiento representativo de 121 muertes por encima de las anotadas en el 2015, la mayor en los útimos 18 años.

La situación ha oblicado a revisar no solo la estructura orgánica responsable de las políticas, sino las mismas políticas de seguridad vial, los planes y la ley, y por qué no, tambien las asignaciones de recursos.

Hoy día, los españoles reconociendo el fracaso de su modelo, que en el pasado reciente produjera momentos de gloria y de reconocimientos, están embarcados en una posible reforma para retomar las riendas del tema.

Motivaciones políticas tuvieron más fuerza que la voluntad de una sociedad por eliminar los siniestros de tránsito, lo que a fin de cuenta está pagando muy caro.

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