Hablan los hechos

Hace apenas unos cuatro meses, dedicábamos unas páginas a analizar los resultados electorales de Ecuador, nación que acababa de elegir un nuevo presidente luego de 10 años de gestión del exmandatario, Rafael Correa. En aquel trabajo, titulado “Un voto de confianza al progresismo”, ponderábamos como una clara aprobación social la victoria de Lenin Moreno, quien representando al oficialista Alianza País, tendría a su cargo dar continuidad a la “Revolución Ciudadana”.

Superando a su más cercano rival, Guillermo Lasso, Moreno lograba dar un salto cualitativo a su carrera política y profesional, convirtiéndose a su vez en el primer presidente latinoamericano con algún tipo de discapacidad y en el tercero en la historia, después de Jorge VI de Inglaterra (tartamudo) y Franklin Delano Roosevelt de Estados Unidos (parálisis parcial por poliomielitis). Dichas características le habían revestido desde su nominación, en un vivo ejemplo de superación, carácter y optimismo.

El mandatario electo, quien se había desempeñado previamente como vicepresidente durante el primer gobierno de Correa, se enfrentaba de partida a una clara disyuntiva en la cual heredaba una gestión de gobierno exitosa en términos políticos, teniendo que decidir si continuar lo que está bien, mejorar o renegar de ese legado. Para tener una idea, en términos generales, los 10 años de gobierno presididos por Rafael Correa plantearon una ruptura con la inestabilidad política que caracterizó a Ecuador del 1978 – 2007, logrando implementar a partir de entonces sendas regulaciones estatales, mejoras económicas, justicia social, modernización, desarrollo, seguridad ciudadana, entre otras.

A pesar del entusiasmo inicial con la elección de Lenin Moreno, muchos nos planteamos hasta qué punto éste honraría el legado de su predecesor, en el entendido de que durante el proceso interno fue evidente que el favorito de Correa para sucederlo era Jorge Glas, pero este último no gozaba de tanta simpatía como Moreno. Dada esta realidad, la ausencia de un compromiso incondicional de parte de Lenin Moreno hacia el legado de Correa, llevó a que a lo interno de Alianza País se acordará presentar a Moreno y Glas como fórmula electoral.

Para muchos resultaba previsible que Moreno trataría tarde o temprano de imponer su propio sello presidencial, lo que inevitablemente le llevaría a causar fricciones y pugnas dentro de la organización oficialista. En efecto, una de las primeras medidas del actual mandatario fue reunirse con representantes de la oposición, además de acercarse a los medios de comunicación, y otros grupos que resultaron ser antagónicos de la pasada gestión, todo lo cual sería fuertemente denunciado por Rafael Correa como medidas que retrotraen a Ecuador al “viejo país”.

Según transcurrían los primeros meses, las medidas de la nueva administración iban adquiriendo lenta y sutilmente una nueva personalidad, sin embargo, la oportunidad que Moreno pudo haber estado esperando para desembarazarse finalmente de su antecesor, llegaría con la avalancha de escándalos de Odebrecht, donde según medios brasileños y ecuatorianos, pasadas autoridades como el ex contralor de la República y el actual vicepresidente estarían involucrados. Según datos de la empresa brasileña y el departamento de Justicia estadounidense, en Ecuador el pago de propinas alcanzó los 33.5 millones de dólares entre 2007 – 2016.

De hecho en las últimas semanas, lo que en principio fueron acusaciones exclusivamente por parte de la oposición contra Glas, pasaron a tener gran repercusión a lo interno del gobierno, obligando al vicepresidente a acudir voluntariamente ante la fiscalía. No obstante, el punto de inflexión llegaría a principios de este mes, ocasión en la cual haciendo uso de medios de comunicación masivos, Lenin Moreno alegó haber heredado de Rafael Correa un país endeudado, con una economía en estado crítico.

Las duras replicas no se hicieron esperar, siendo Moreno acusado de apartarse de la Revolución Ciudadana, postura que fue compartida públicamente por Jorge Glass. Ante esto, el mandatario procedió a emitir un decreto en el cual derogó toda facultad funcional al vicepresidente de manera indefinida. A pesar de la dura medida, la Constitución de Ecuador no prevé la destitución del cargo de vicepresidente por ser este un cargo electivo, lo que mantiene a Glass en su cargo, aunque marginado de la actual administración. Es preciso recordar que Glass, considerado un hombre leal al exmandatario, ocupó ya la vicepresidencia en el periodo 2013 – 2017, donde estuvo al frente de la agenda de gobierno en torno al sector energía, medioambiente, petróleo, minas y telecomunicaciones.

Algo que llamaría la atención de manera particular, sería el hecho de que casi inmediatamente después de conocerse la reacción de Glass a la medida ejecutiva, los medios volvieron a bombardear al vicepresidente, esta vez publicando una nota en la que un delator de Odebrecht afirma haber pagado 14 millones de dólares en coimas a un pariente de Glass. Todo esto ha devenido en un estrepitoso deterioro de la unidad del partido, donde algunos hablan de un rompimiento entre el tradicional correísmo y un advenedizo leninismo.

El exmandatario, quien ha venido criticando el que la presente administración se acerque sistemáticamente a sectores antagónicos de la “Revolución Ciudadana”, ahora ve con preocupación la escalada de las tensiones, a pesar de lo cual alienta a Glass para que se mantenga firme en su misión. En adhesión, ante la perceptible estrategia de distanciamiento de Lenin Moreno, Gabriela Rivadeneira, quien es la secretaria ejecutiva de Alianza País, enfatizó en que el pasado mes de abril “no ganó una persona, sino que triunfó un proyecto político, un programa y una causa”.

Más allá de la puja por crear un gobierno con marca propia en la actual coyuntura, las fricciones entre presidente y vicepresidente es una historia conocida con anterioridad en Ecuador, país donde los primeros mandatarios han dudado históricamente de su compañero de boleta, quien es visto como un silente y potencial conspirador.

Tras las actuales medidas, todo parece indicar que Moreno está resuelto a imponer su propia marca, en lo que sería una recreación perfecta de la Ley no. 41 del célebre, aunque política y éticamente cuestionable libro “Las 48 leyes del poder”, donde habla de la necesidad de “eliminar al padre dominante, renegar de su herencia y ganar poder por sus propios méritos”. Una escena que para muchos puede resultar familiar en diferentes países, épocas, contextos y escenarios…

Dado lo expuesto, las sospechas parecen haberse tornado en realidad, a sabiendas de que Moreno nunca gozó de la confianza plena de Correa, mientras Jorge Glass no logró ganarse el agrado del actual mandatario. Con las dudas despejadas, Lenin moreno busca hacer uso de sus nuevas alianzas para afianzar su popularidad, en parte potenciada por su notable simpatía para con los medios de comunicación.

Es obvio que la transición no devendrá en un matrimonio coordinado, como en principio mostraron Lula da Silva y Dilma Rouseff. La suerte ya está echada, por lo que cabe preguntarnos: ¿sobrevivirá la Revolución Ciudadana?, o ¿se convertirá Lenin Moreno en un instrumento de la derecha, donde el primero busca su propia gloria, mientras el segundo le usa como plataforma para asaltar el poder? Ya veremos…

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