Opinión

Desde la fundación de la república hasta el presente los dominicanos y dominicanas hemos vivido en una atmósfera de superstición. De niño recuerdo que al cantar del gallo mañanero se le agregaba el aroma del café criollo, los cuales se mezclaban con una entretenida narrativa matutina colectiva de familiares y allegados. Los madrugadores se sentaban en el patio cercano a la cocina, en donde se turnaban para contar con lujo de detalles sus desvaríos nocturnos, achacados a las actuaciones de los difuntos, quienes se aprovechaban de los vivos profundamente entregados en los brazos de Morfeo. Habían expertos en analizar y arreglar sueños cuyas conclusiones tenían la expresión matemática de un número de la lotería nacional. Al mayor nivel de pobreza también le correspondía el máximo de creencia en la certeza de lo revelado por los muertos. Si alguien soñaba con una vaca, o una gallina, el analista preguntaba si la especie animal estaba delante o detrás en el escenario, a fin de saber dónde colocar, sumar o restar el valor del animal. Los fallecidos nunca se equivocaban; cuando había pasado la lotería se confrontaban los sueños y se revisaba dónde se había cometido el error en el cálculo, de tal forma que en una próxima ocasión no se repitiera la pifia. Algunas personas hacían sueños exitosos con más frecuencia que otros, por lo que el conglomerado siempre vivía atento a sus memorias nocturnas.

Seis días de la semana vivía nuestro campesinado anhelando un golpe de suerte. Llegaba el domingo, y con él también llegaba el amargo desengaño que lo dejaba la más de las veces en un profundo nivel de pobreza. Jugar quinielas y billetes, o las rifas de aguante, al igual que las peleas de gallo representaron la forma expedita de salir del estado de miseria campesina.

La otrora predominante población agrícola ha dado paso a una rápida urbanización, adornada con numerosos barrios en los que abundan las precariedades, y donde vegeta una juventud ociosa, muy proclive a los vicios y a la delincuencia. Sin contar con un concreto plan de desarrollo, vemos atónitos, cómo adolescentes de ambos sexos deambulan por calles, callejuelas y patios desde que amanece hasta que anochece. Se trata de jóvenes que ni estudian, ni trabajan y que están listos para hacer cualquier cosa con tal de sobrevivir en un medio hostil. Es un potencial ejército de desocupados que pronto se integrarán en bandas de asaltantes, usuarios y vendedores de drogas.

Lo triste y lamentable del caso es que ante tan grave problema social la tendencia es a la represión solamente. Un problema complejo no puede resolverse con simples medidas. Debemos pensar en acciones a corto, mediano y largo plazos, tomando como eje central el ataque a la pobreza y a la desigual distribución de los bienes y servicios. Educación, salud, alimentación y vivienda deben ser responsabilidad fundamental del Estado. La práctica deportiva y el sano entretenimiento ayudan a reducir la drogadicción juvenil. El porvenir de la nación se empieza a construir en el presente. El país está sumergido en una difícil situación social con altos niveles de inseguridad y pérdida de fe en los valores éticos y morales. Es deber de todos contribuir a rescatar la patria antes de que sea tarde.

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