Opinión

La democracia es un sistema que va más allá de la formalidad del voto y la urna, del ejercicio ciudadano que se expresa en la elección de las autoridades llamadas a representar al pueblo que les escogió; ella supone un estado de madurez en el que los individuos organizan sus intereses a través de reglas claras y justas, en las que los derechos se ejercen, respetan y garantizan para asegurar la armonía y la convivencia en un esquema que ofrece igualdad de oportunidades a cambio del compromiso con los deberes y la recompensa al esfuerzo individual y colectivo.

En ningún caso sería justo recompensar a un individuo con el esfuerzo ajeno. No es un valor democrático, por ejemplo, que un amante de la contemplación de la naturaleza cuya fuerza de trabajo descanse durante el tiempo que un jornalero dispone de ella para generar riquezas, reclame el salario o parte del que lo ganó sudando para ser honrado monetariamente. La solidaridad es un valor de la democracia, pero ésta es una respuesta para aquel a quien el espacio de las oportunidades se le niega, ya sea por las injusticias que genere el sistema o por condiciones que impidan a un sujeto aprovecharlas en las mismas medidas que las mayorías.

Reducir el papel de la democracia a una participación abierta sin que medien los deberes y los compromisos que implican sacrificios y esfuerzo, es estimular la creación de sociedades fallidas y desarticuladas, porque el deseo de reconocimiento es condición natural de los seres humanos y los animales. Un entrenador de estos últimos no puede prescindir de la recompensa para que ellos obedezcan sus órdenes; un patrón, un estado y una formación política no pueden dejar de recompensar a sus trabajadores, ciudadanos y militantes sin que se produzcan descontentos que terminen en huelgas o protestas, estallidos sociales o guerras, rebeliones, disidencias o desmembramientos.

La democracia es un complejo armazón con puertas abiertas y cerradas; ofertadas respectivamente a los que se acogen a las oportunidades entregando su esfuerzo y dedicación, y a los que son indiferentes a los procesos que paren oportunidades de crecimiento y participación. Los artesanos y los artistas no invitan a sus potenciales compradores al taller para participar en la creación de sus obras, porque ellos no comparten sus destrezas y, por lo tanto, el producto final no tendría la calidad que demandarían como clientes.

La política, sin embargo, no es un negocio, aunque la analogía del párrafo anterior resulte válida, pues algunos de los que la ven como tal piensan que pueden jugar con sus valores como juegan con las mercancías. Y es que, desde su óptica empresarial, y desde su lógica de maximización de las ganancias, piensan que los fenómenos sociales y políticos se pueden manejar como el mercado, en el que la ley de oferta y demanda puede manejar el precio de las mercancías, olvidando que el ñame no piensa ni responde a estímulos sociales que se derivan de las fuerzas que mueven los intereses determinados por las condiciones materiales del individuo.

La política está determinada por los procesos sociales y las complejidades que de estos se desprenden, por lo que, como sabemos, en ella el resultado de dos más dos no es cuatro, y comprar y vender (o venderse), no es opción histórica. ¡La historia acecha, castiga y premia!

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