Opinión

En el año de 1955, conmemoramos los 25 años de la llamada “Era de Trujillo”, inmediatamente después de haber suscrito Trujillo “El Concordato” con la Iglesia Católica. Para ese momento Trujillo no era Presidente de la República y había asistido a firmar ese acuerdo con “El Vaticano”, luego de haber realizado una visita a España, que entonces era gobernada por Francisco Franco, que tenía una amistad al parecer muy estrecha con el dictador dominicano. Trujillo estuvo primero en España, acompañado de su esposa María Martínez de Trujillo y de una numerosa comitiva de funcionarios del más alto nivel entre los cuales figuraba el Doctor Joaquín Balaguer, Ministro de Relaciones Exteriores de nuestro país. “El Concordato”, que fue un grave error político de Trujillo, tenía como objetivo estratégico, convencer a la jefatura de la Iglesia Católica de que el dictador dominicano debía recibir como un reconocimiento el título de “Benefactor de la Iglesia”.

Esa propuesta absurda había sido planteada por Zenón Castillo de Haza, sacerdote nativo de Higuey que era profesor de la Universidad de Santo Domingo y como era lógico de esperar. “El Vaticano” no la aceptó, aunque Trujillo en un absurdo más grande que “El Concordato”, puso en manos de la Iglesia Católica la filosofía del Sistema Educativo Nacional, excluyendo total y definitivamente los principios de la Escuela de Eugenio María de Hostos, que estaban vigentes en el Sistema Educativo Dominicano desde hacía 50 años. Los estudiantes de todos los Liceos Secundarios de la República que se graduaron de bachilleres, grupo al que pertenecía el autor de esta columna en el año de 1954, fuimos los últimos bachilleres de la nación, formados en esa escuela extraordinaria que había fundado el gran maestro antillano y que le habían dado forma real y sustantiva Salomé Ureña y Ercilia Pepín, “Glorias indiscutibles y eternas de la Patria”. Esa decisión hoy más que nunca gravita en términos onerosos contra la realidad dolorosa de la escuela dominicana.

El autor de esta columna y un numeroso grupo de amigos de infancia y adolescentes que habíamos dado cumplimiento al Servicio Militar obligatorio, que la dictadura trujillista había impuesto y como había sucedido en ocasión anterior, participamos como conscriptos en los gigantescos desfiles militares que se realizaron el 20 de diciembre de 1955 en la inauguración de la llamada “Feria de la Paz y Confraternidad del Mundo Libre” que el gobierno de la nación había organizado, siguiendo los consejos del Papa Pío XII que había recomendado a Rafael Trujillo Molina, en su visita a “El Vaticano” en el año que firmó “El Concordato”. La presencia de Trujillo en Europa, particularmente en España, fue un acontecimiento espectacular porque llegó allí acompañado no solamente de altos funcionarios del régimen, sino también de una flota de la Marina de Guerra, integrada por tres naves que trasladaron un regimiento de soldados dominicanos, del Ejército, la Marina y la Aviación Militar, que desfilaron por las calles de Madrid, encabezados por una banda de 60 músicos, tocando pasodobles españoles y marchas dominicanas, dirigida por Bienvenido Bustamante.

Fuera del escenario donde el autor de esta columna había pasado el proceso de crecimiento de la niñez a la adolescencia, como en principio, éramos renuentes, acostumbrarnos al estilo de vida de la ciudad Capital, apresurado, no muy apegado a la verdad y las buenas costumbres que tenían los congloméranos urbanos y agrícolas del país. Continuaremos…

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