Opinión

Joaquín Balaguer, el confeso cortesano del dictador Rafael Trujillo, reasumió la presidencia de la República Dominicana en 1966 de la mano de las fuerzas interventoras estadounidenses tras una farsa electoral; pues ya había sido “presidente” durante la dictadura del Sátrapa, padre político del que aprendió a construir obras de infraestructura, sobre todo en la capital de la República, el que también alcanzó el poder mediante acciones de fuerza que quitaron legitimidad a los comicios en que participó como jefe militar.

Trujillo personificó las fuerzas dominantes que comenzaron a incidir de forma determinante en el destino de la República desde el mismo día en que se proclamó la independencia, pues Pedro Santana, líder militar independentista, o separatista, se convirtió desde el poder en el representante de los hateros, en oposición a la pequeña burguesía, encarnada en los ideólogos y padres de la nacionalidad dominicana, afianzada en la restauración de la República.

Los hateros eran las fuerzas conservadoras que crearon un evolucionado hilo histórico que llegó a penetrar las entrañas mismas de las fuerzas más avanzadas como el Partido Azul de Gregorio Luperón que alumbró a Ulises Heureaux (Lilis), el dictador que, gracias a su política de endeudamiento creó las condiciones que sirvieron de pretexto para la primera intervención militar de los Estados Unidos en el país, la que a su vez sembró las zapatas que servirían para el surgimiento del trujillismo donde se incubó el liderazgo de Balaguer que, con la instauración de una “democradura”, sentó las bases pasa despersonificar el poder de las fuerzas conservadoras.

Pedro Santana entregó la República a España, Lilís la soberanía económica, Trujillo manejó su régimen desde un fino olfato capitalista que le llevó a crear industrias, bancos, como el de Reservas, Agrícola, Central y la moneda; obras de infraestructura que permitieran la conexión y el control de todo el territorio nacional desde una visión estratégica, marcada quizá por el instinto, de cercanía y complicidad con los Estados Unidos, país sin el cual no hubiera logrado mantenerse en el poder por tres décadas.

Santana jugó con la soberanía del Estado que ayudó a construir a cambio de ser jefe, Lilís se enredó en empréstitos para afianzar su régimen; Trujillo en su indescriptible megalomanía, cedía lo que fuera a cambio de medallas en el pecho y toda la gloria personal que implicaba nombrar la capital de la República como Ciudad Trujillo, o al hospital más importante con el nombre de su hija predilecta, la auto designación como Padre de la Patria Nueva; y sobre todo, cedía a cambio de que se le permitiera ser el dominicano más rico en toda la historia republicana.

Balaguer estaba obsesionado con el poder y tenía conciencia de ser el representante de las fuerzas conservadoras que reorganizó tras la muerte de Trujillo. Quería influir en ellas, liderarlas; y para ello daba mensajes claros como el de colocar a Pedro Santana en el Panteón Nacional. Su conciencia o instinto le llevaban a entender que en el país no había una clase gobernante sino dominante dependiente de los Estados Unidos, de ahí su entreguismo y lisonjas que muchas veces le conducían a despreciar la dominicanidad y la latinoamericanidad.

Esto explica que la prolongación de la avenida Jiménez Moya, se llame Winston Churchill, y que las principales vías de la capital se bautizaran con nombres como Abraham Lincoln, George Washington y John F Kennedy, mientras callejuelas llevan el nombre de nuestros próceres.

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