Opinión

Luego de una pesada jornada lectiva en la Facultad de Humanidades de la UASD yo abordé en los albores del decenio de los 70 un carro del transporte público de Santo Domingo. La tarde capitalina se había vuelto de estaño derretido en la fragua grande de las esquinas desiertas. Mi viejo condiscípulo de bachillerato en el Liceo Dominicano Jorge Luis Peña había abordado junto a mí el asiento trasero del mismo concho. La interminable siesta de salitre y yodo del malecón se volvía más densa y lenta ciudad adentro. Un viejo conocido sorprendió a Jorge Luis con un saludo maldito que al sacarlo de sopetón de su siesta móvil lo condujo en el acto a sus raíces bonaenses: “¡Adiós, coño!”, le agradeció Jorge Luis al amigo transeúnte la insensatez de despertarlo.

Ya despierto mi antiguo condiscípulo se desmontó a mitad del trayecto mío. Tres manzanas de casas calle abajo abordó el carro en que viajábamos un señor de aspecto venerable y voz reposada. Conocía a fondo cada palabra que pronunciaba, pero no tenía prisa alguna en decir nada. Era el sumo pontífice del postumismo dominicano. Contra la portezuela del concho opuesta a la mía, trataba él sin éxito pero con loable finalidad de girar el manubrio desencajado en su centro para desatascar el cristal a medio trayecto de su nivel más bajo.

Yo deseaba que los minutos en aquel viejo concho de la marca Austin se volvieran días. Era mi segunda oportunidad al lado de un grande de la poesía de mi país. El propio León David me había presentado meses antes en el paraninfo de la Facultad de Ingeniería y Arquitectura de la UASD a don Pedro Mir. Tuvo el poeta social y grande aquel día la generosidad de regalarnos varios minutos en medio de su apretada agenda de creador y docente en momentos de mucha crispación en la UASD. Nos distinguió con su valiosísimo tiempo pero era a todas luces evidente que andaba perseguido de cerca por una preocupación inmediata. Quise quererlo en el acto; pero no hubo cómo ni por dónde porque ya lo quería hasta siempre por sus letras, y no le vi en persona nunca más.

De vuelta al asiento trasero del viejo carro del transporte público capitalino, se vuelve evidente que nos referimos al respetado y fino poeta don Domingo Moreno Jimenes, primo y tío segundo de mis maestros y amigos Juan Isidro Jimenes Grullón y de su hijo Juan José Jimenes Sabater. Conocido este último entre poetas, lectores y amigos respetuosos de su libérrimo albedrío onomástico más allá de lo consignado en su partida de nacimiento, como León David.

A la gallarda y justiciera péndola de León David no ha de escapar poeta grande nacido en tierra dominicana. Menos por su puesto había de escapársele la egregia figura de su tío Domingo. El propio don Juan Isidro, genio de la filosofía, erudito de todas las ciencias e hiperestésico de todas las manifestaciones artísticas al alcance de su vista, sentía por el primo poeta una profunda admiración.

Por las razones que ya hemos apuntado arriba, el hondo, siempre analítico y cada vez más prometedor cálamo de León David, trae al nacer resueltos todos los problemas semánticos que tanto nos agobian a los que sin el idioma bien aprendido embadurnamos cuartillas. Por oposición a León hemos llegado a viejo antes que pudiéramos andar con el diccionario de la RAE prendido a la pretina del pantalón en el mismo adminículo electrónico que alberga nuestro teléfono móvil. León David es un escritor que nunca padeció la ausencia del diccionario. Le bastaba con abrir la boca para saciar su sed semántica en la fuente inagotable de la erudición de su padre cariñoso y manirroto de saberes y de materialidades, cuando estas últimas tuvo. Y si se ausentaba su padre, y aun con él presente, estaba de manera permanente el regazo cálido y acogedor de su madre doña Amada, actriz y declamadora en su natal Bayamo de Cuba, que en el ejercicio de su profesión conquistó las exigencias gruñonas y exquisitas de don Juan Isidro.

En el segundo lustro del decenio de los 70 ya mencionado, yo me había detenido en la plaza de recreo del municipio puertorriqueño de Barranquitas en busca de un lugareño que pudiera tener memoria de la estadía en aquel pueblo de mi maestro y amigo Juan Isidro Jimenes Grullón. En aquel lugar había ejercido el sabio dominicano su primigenia profesión de médico egresado en su juventud de La Sorbona de París: “Yo lo conocí y lo traté de cerca. Era un fugitivo de la tiranía de su país. Buen médico, y excelente ser humano”, me confesó un anciano quijotesco de pocas carnes, piel canela y considerable estatura que me dijo llamarse Toto Droz. Cuando regresé a San Juan, guiado por la sonoridad monosilábica de su apellido se lo comenté a mi amiga la poeta vegabajeña Vanessa Droz, quien emocionada se valió de su oralidad desenfadada y dulce para celebrarlo:

— ¡Mierda! ¡Mi tío Toto! ¿Dónde coño has conocido a Toto?

— En la acepción más popular de tu interjección al preguntármelo.

Los alumnos y los amigos de León David, legatarios universales del privilegio grande y enaltecedor de tenerlo cerca, hemos disfrutado a nuestras anchas de la página abierta justo en el hueco de nuestra ignorancia, muchísimo antes que la moderna cibernética plagiara a León sin la ventura de su fraternal sonrisa y el carácter didáctico del timbre inigualable de su voz elocuente y magistral de piano medio.

Son todos esos los atributos que sobre el papel y debajo del lápiz pone León David cuando escribe Domingo Moreno Jimenes o la glorificación de lo minúsculo.

Evoco la ocasión en que el cientista catalán Eduard Punset no pudo evitar el estremecimiento que en él produjo la lectura del cuestionamiento impreso en la camiseta de un adolescente que apareció enfrente suyo en una boca del Metro de NYC: “Is there life before death?”

— ¡Oye lo que le preocupa a este tío: Que si hay vida antes de la muerte! —pensó Punset.

¿Acaso lo pensaría antes que el adolescente neoyorquino el poeta Moreno Jimenes cuando escribió el verso XXI de su Poema de la hija reintegrada: “Miserable hombre que osa creer que después de la sombra la vida es vida”?

Leer con detenimiento lo que sobre Moreno Jimenes ha escrito León David en su nuevo libro sobre el fundador más perseverante y prominente del postumismo, nos vuelve de plomo el cursor intermitente de la pantalla de la computadora: ¿Cómo referirse uno a lo que está tan bien pensado y mejor escrito? Inducido por la hondura de los juicios emitidos por León David he tenido que volver la vista a los poemas más celebrados de Domingo Moreno Jimenes, así como a los ensayos críticos sobre postumismo, sobre vedrinismo, sobre modernismo. Como el centro de mi quehacer lectoral es el libro de León, cuanto más leo más presiento que pierdo el amplio conocimiento que sobre el tema me daba un mayor grado de ignorancia.

No se trata de que a ritmo de merengue le concedamos a León David su no-sé-qué, y que admitamos que nació con su qué-sé-yo. No. Lo que sucede es que cuando una persona trae al mundo las condiciones al poeta consustanciales, cuando nace además en el hogar apropiado para el cultivo de tales condiciones, cuando no se ve forzado a ejercerlas desde la clandestinidad que al hecho poético impone la inmediatez social de lo rentable, esa persona no descuella porque lo desee, sino al revés: Descuella muy a su pesar, atenazada su garganta por el espanto cruel e infecundo de la lente pública.

Al trabajar en sus ensayos críticos las letras dominicanas con tanto apego a lo bien dicho, León David no aparta tiempo siquiera para imaginar cuán alto podrían su prosa y sus versos catapultar en un futuro no muy remoto la musa de otros artistas. Tampoco imaginaba Antonio Machado cuando escribía y arrumbaba por ahí sus versos con alas de mariposa y timbre de ruiseñor en los tiempos de aquella República española traicionada y moribunda, que un Joan Manuel Serrat había de catapultarlos a la vuelta de pocos decenios hasta los cinco sentidos de quien se dejan ganar por el embrujo poético.

Por hacerle justicia a los versos de León, alas les ha puesto ya y hace decenios, el destacado y sobrio cantautor dominicano Manuel Jiménez.

Cuando el peso edificador de lo que León ha predicado en su cátedra de cuatro decenios consecutivos, cuando el tiempo crítico y orientador que al trabajo ajeno ha dedicado bajo su sabia aprehensión de que nada se sabe bien en la vida hasta tanto hemos intentado enseñárselo a los demás, cuando su obra poética, ensayística, narrativa, crítica ha crecido pareja a su infatigable praxis didáctica, ese hombre aparece en los umbrales de su mejor prosa y de sus mejores versos donde mismo lo dejó en su momento el bardo patriota puertorriqueño don Juan Antonio Corretjer: “Curado ya de espantos y de elogios”.

De la mano de un texto de tanto crédito como Historia de la literatura española e hispanoamericana de Diez-Echarri y J. Franquesa nos saca León David de la enrevesada maraña de opiniones infundadas acerca de la cuna del versolibrismo, desde el sin duda incipiente si bien pionero trabajo de Vigil Díaz en los albores del segundo decenio del pasado siglo XX, ocurrido en un momento en que, como lo señala con precisión León: “Todavía Moreno no había garrapateado sus aurorales versos libres”.

Con la única intención de arrojar luz sobre el tema, nos somete pues León David a la docta opinión de los dos autores citados en el párrafo precedente: “Antes que el ultra en España, aparece en Santo Domingo el vedhrinismo, inventado por Vigil Díaz, figura de escaso relieve, pero que tuvo un seguidor de cierta importancia en Zacarías Espinal. Del vedhrinismo quieren hacer arrancar algunos el postumismo, corriente mucho más poderosa inaugurada en 1921 por Domingo Moreno Jimenes”.

Pero León no sólo arroja luz sobre los puntos postumistas que de manera directa atañen a Moreno Jimenes, sino que además su vista de águila divisa de igual manera desde los albores del siglo XX, que sorprendió niño a Moreno Jimenes, hasta los decenios posteriores en los cuales se consolida su respetable quehacer poético.

Con la marcada intención de contrastarlo con el poema de Moreno Jimenes El haitiano, nos convierte en su estudio crítico León David en lectores de lo que él mismo describe como: “El joyel poético Mi vaso verde, de la desventurada Altagracia Saviñón, que se presta como anillo al dedo a nuestro propósito:

‘Mi vaso verde, pálido y amado,
donde guardo mis flores predilectas,
tiene el color de las marinas algas,
tiene el color de la esperanza muerta…
Las flores tristes, las dolientes flores,
con el agua del vaso se refrescan,
y bañan sus corolas pensativas
en una blanca idealidad de perlas.
Y luego se van lejos… se marchitan
abandonadas, pálidas, enfermas,
muy lejos del cariño de ese vaso
que es del color de la esperanza muerta.
Y cuando sola, pensativa, herida
por la eterna nostalgia
siento un perfume triste, moribundo,
que llega hasta mi alma…
pienso en mis flores, las marchitas,
las enfermas, dolientes y olvidadas,
que antes de marchitarse se despiden
tristísimas y trágicas
de ese vaso de pálidos reflejos
que es del color de las marinas algas…’”

Al referirse al poema de Saviñón en el texto sobre Moreno Jimenes que comentamos, de nuevo añade León David salmos a las sagradas letras de la poesía en lengua española: “Por poco que haya desbastado su sensibilidad estética, a ningún aficionado a la poesía podrá escapársele que Mi vaso verde es creación que nació perfecta, y cuya melancólica elegancia de inequívoco visaje modernista, su lenguaje culto y natural a la vez, de acariciante eficacia evocadora, y su suave musicalidad atribuible al empleo del endecasílabo y el heptasílabo asonantados, prendas son, incuestionables, que dan cumplida explicación de que, transcurridos más de cien años de que fuera hecho público el referido poema, no haya perdido ni un ápice —como la más distraída lectura bastaría para corroborar— de su nostálgica frescura y su crepuscular y femenil belleza”.

A poco discurrir del texto que nos ocupa, León David trascribe el poema El haitiano de Moreno Jimenes precedido de la siguiente observación:

“En orden a poner de resalto la nota de dominicanidad que introdujo Moreno Jimenes en el ámbito de la poesía culta de nuestro país, novedad que a todos sorprendió, siendo acogida con beneplácito por muchos y constituyéndose en piedra de escándalo para otras tantas figuras del mundillo intelectual vernáculo, procederé, sacándolo de la pendura, a contrastar las embelesadoras imágenes de la composición Mi vaso verde, con un poema memorable, de vigorosos perfiles, que el numen del maestro postumista nos ofrendara, tesoro lírico que hubiera bastado a cualquier aedo para tocar las puertas de la posteridad; me refiero al poema El haitiano, que a continuación traslado a la cuartilla:

‘Este haitiano que todos los días
hace lumbre en mi cuarto
y me llena las fosas nasales de humo;
este haitiano
que no puede prescindir de la cuaba,
y prefiere tabaco del fuerte
y aguardiente del malo,
es bueno a su modo
y a su modo rico
y a su modo pobre.
¡Bendito los seres que maltrata el hombre!
¡Bienaventuradas las cosas humildes
que se yerguen siempre sobre el polvo frío de todas las cosas!’”

Al contrastar joyel y joya de nuestra literatura, León, sin perder de vista el fiel de la balanza, añade a un platillo y otro los dardos certeros de sus palabras que prestadas toma a Temis, diosa de la justicia en la mitología griega: “Nadie a quien asista un adarme de sensatez y cuyo gusto en materia estética no haya sido estragado por el facilismo de baja ralea que acostumbran asestarnos los sedicentes bardos de la tardo-modernidad, osará escatimar al poema que acabo de transcribir sus descollantes méritos artísticos”.

La norma que de manera invariable sigue en sus textos críticos León David consiste en no acercar tanto el candelabro al santo que lo queme, ni retirarlo tanto que no lo alumbre. Esta regla básica de la justicia, que hizo que los antiguos griegos la distinguieran de los juzgados cuya diosa es Iustitia, que no Temis, no siempre le ha ganado afectos a León en la cotilla de lo que el mismo define como sedicentes bardos de la tardo- modernidad.

Conocedor de que tiene de frente la sabiduría que proviene de la ignorancia, se ocupa León cada vez más de redondear sus juicios críticos: “Mas en lo que hic et nunc deseamos hacer hincapié no es en la pujante belleza de la expresión —obvia por demás—, sino en cómo, prevalido de los elementos más humildes y ordinarios del ambiente rural (cuarto, humo, cuaba, tabaco fuerte, aguardiente malo), elementos en verdad escasamente prometedores salvo para el látigo virulento de la sátira, cómo auxiliado de tan pobres recursos, decía, merced a una mirada zahorí es capaz de columbrar Moreno Jimenes bajo la apariencia de lo anodino y despreciable la hermosura, de convertir una realidad misérrima y sombría en poesía entrañable volcada hacia lo sagrado e incognoscible”.

Dice León David todavía más al comparar ambos poemas, pero lo dice todo guiado por el principio de justicia que ya hemos ilustrado de manera fehaciente.

Pide nuestro autor en el último parrafito de su hondo y bien documentado estudio sobre Moreno Jimenes merecido descanso para su propia pluma que prevalido de inusual modestia estima tambaleante. Y pide también reposo para el lector inconforme cuyas expectativas las según él menguadas facultades suyas no supieran colmar.

Un saludo cordial a ese lector inconforme; y el más breve de los merecidos descanso a la pluma inquieta y vigorosa de mi maestro León David, que no hay en el mundo discípulo más ingrato que quien abandone la condición de tal frente a la insuperable pluma de maestro impar. Con breves y luminosas palabras lo consagra Juan Bosch en su prólogo a la edición puertorriqueña de Hostos, el sembrador. Nos disculpamos en adelanto con el lector si en algo cambiamos los signos de puntuación porque no tenemos al calor de estas líneas el párrafo de mi otro maestro, pero así va el contenido de algunas de las oraciones que sobre Hostos escribiera Bosch: “No soy el idealista que salió de sus manos; pero no tengo duda de que si él viviera estaríamos en las mismas filas. Naturalmente, él como jefe, y yo como soldado”.

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