Opinión

En su libro “Minucias del lenguaje”, José Guadalupe Moreno, reconocido lingüista mejicano fallecido en el año 2013 a los 73 años de edad -quien fuera miembro de la Academia de la Lengua en su país- se dedicó a diferenciar los verbos “ver” y “mirar”.

Él dice, con sobrada razón, que ambos verbos no son sinónimos, como comúnmente se deduce. Es que la etimología y el contenido semántico son diferente en cada uno de ellos, por esa razón es que debemos acotar esas diferencias al momento de utilizar dichos conceptos. Ver viene del latín “videre”, mientras que mirar viene de “mirari”, que significa admirarse.

El verbo “ver” significa en su primera acepción, percibir por los ojos los objetos mediante la acción de la luz”, (DRAE, 2001) y cuando vemos en el “Diccionario de uso de María Moliner, se califica el mismo verbo poseedor del “sentido de la vista”. De igual forma le define como la percepción de “algo por el sentido de la vista”.

Contrariamente, “mirar”, es “fijar la vista en un objeto, aplicando juntamente la atención”, (DRAE, 2001). Mientras que en María Moliner, se lee: “aplicar a algo el sentido de la vista para verlo”.

Entonces podríamos afirmar que “ver” es una determinada capacidad física, mientras que “mirar”, es una acción consciente y deliberada.

De esa manera, “vemos todo lo que miramos, pero no miramos todo lo que vemos; basta tener los ojos abiertos para “ver”, pero para “mirar” necesitamos ejercer, en alguna medida, la voluntad”, afirma José Moreno de Alba.

Hacemos todo ese preámbulo, para afirmar que en la actualidad en que vive el mundo que nos rodea se “ve”, pero también se “mira” a una humanidad pueril, porque se evidencia una falta de madurez en una cantidad considerable y preocupante calidad de adultos mayores, vacía en muchos de los sentidos de la existencia humana. Banal en su afán de aparentar lo que no son y hedonista, es decir, una persona que solo busca el placer, sin importar las consecuencias de sus egoísmos y por ende, de su comportamiento.

Pero lo que nos debe mover a preocupación y a reflexión se encuentra en el afán que tienen los seres humanos por brillar, como el polvo de las estrellas.

La gente común quiere resplandecer como átomos en una explosión infinita. El hombre de hoy tiene sed de fama, tiene hambre de importancia y para nada le interesa ser útil a la humanidad. En un punto de nuestra historia iniciamos este descenso desde la humanidad a la barbarie, en donde un malvado adquiere notoriedad a través de sus maldades.

Ser famoso es lo que cuenta para los egoísmos elevados del individuo humano del Siglo XXI. No importa que esa fama venga de lo irracional, del delito o de la maldad.

La sociedad necesita construir nuevos horizontes para el individuo humano que formamos en la sociedad, desde la familia y la escuela, pero en ambas entidades tenemos crisis perennes.

¿A dónde ha ido la esperanza de miles de jóvenes que sembraron sus vidas en el proyecto peledeísta que buscaba cambios sociales y procuraba equidad para los desposeídos?
La familia peledeísta debe volver al redil bochista, en donde los cambios de línea política se trabajan en equipo y las contradicciones se dilucidad en forma plena, coherente y sin imposiciones aventajadas en el interés particular.

Don Juan Bosch trabajó en el partido para dejar sus huellas en nuestra generación, huellas de servicio, nunca de servirse.

A nosotros nos tocaría, dejar nuestras huellas y para iniciar ese camino, deberíamos hacer introspección y entonces preguntarnos, cómo quiero ser recordado, qué se diría de mi cuando me vaya de esta tierra y mi cadáver desaparezca en el tiempo.

Hay quienes van a dejar muchos millones de dólares en un capital que servirá para desgracia de la familia, iniciando por la división de la herencia con todas las vicisitudes de una repartición inicua.

Al compañero Juan Bosch le costó mucho ser lo que fue, cuando vivió su hacer a plenitud de la ética. Mucho lo difamaron sus enemigos, pero nunca le pudieron probar nada de lo que decían de él. Todos tenemos un precio que pagar por lo que somos, yo por mi parte prefiero ser útil que importante, aunque la importancia también se consigue desde el ámbito del servicio, es decir, de ser útil en forma permanente.

El proyecto de partido que el compañero Juan Bosch inicio y construimos juntos, es un proyecto todavía salvable, sin tener que volver a ser el partido que fuimos. Solo tenemos que retomar la visión revolucionaria del maestro cuando se propuso completar la obra de Juan Pable Duarte.

El proyecto del PLD nació como un proyecto progresista de mejora del sistema capitalista, para convertirlo en un sistema de mayor éxito en cuanto a la mejora cualitativa de las personas que habitamos la nación dominicana.

Ese proyecto inicial lo merece todo.

No muchos peledeístas se han enloquecido de amor por la riqueza, olvidándose del compromiso con la sociedad y con la historia.

No soy enemigo de la riqueza material, pero ella debe servir para convertirnos en personas felices y eso no es lo que estoy viendo en algunos de mis compañeros huidizos, escurridizos e incapaces de saludar viéndote a los ojos en forma sincera.

Hace un tiempo que muchos compañeros del PLD viven su autodestrucción y arrastran con ellos todo el proyecto al servicio del pueblo que inició nuestro líder histórico.

Recobrar el proyecto de Bosch es un reto de subsistencia para el partido que una vez pretendió cambiar a la sociedad, para reconvertirla al servicio de los dominicanos de mayor marginalidad y así lograr la justicia social, por la que tanto lucharon nuestros fundadores y defensores posteriores de nuestra nacionalidad en los distintos estadios de nuestra historia.

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