Opinión

Inspirado en su lar nativo, José Gautier Benítez, malogrado joven poeta puertorriqueño del siglo XIX, escribió: “Si me reserva mi destino impío/ Llorar tu ruina y contemplar tu daño;/ Si he de escuchar tus ecos/ Devolverme entre lágrimas y horrores/ El ronco acento de tus bronces huecos… Si ha de unirse mi nombre con tu historia/ Para ser el cantor de tu alegría,/ Para ser el heraldo de tu gloria,/ Dios me conceda al verte,/ De venturas y triunfos coronarte,/ ¡Una vida sin fin para quererte,/ y una lira inmortal para cantarte”!

En 1929, otra gloria borinqueña, don Rafael Hernández Marín, eternizaría esta poesía: <<¡Oh Borinquen! La tierra del Edén/ la que al cantar, el gran Gautier/ llamó la perla de los mares/ ahora que tú te mueres con tus pesares/ déjame que te cante yo también>>.

El canto del coquí, la danza y la plena, mezcladas con la bomba, la salsa y el béisbol, hicieron que desde mis años juveniles me convirtiera en un ferviente admirador de la soñada patria de Eugenio María de Hostos y de Pedro Albizu Campos. El jíbaro Luis Rodríguez Olmo fue por la década de los cincuenta uno de mis peloteros favoritos. No fue sino hasta la última semana de junio en el año de 1974 cuando pasé a residir a Puerto Rico por espacio de unos tres años. Laboré en el Instituto de Medicina Legal y coordiné el programa de residencias en Anatomía Patológica, Patología Clínica y Patología Forense de la Universidad de Puerto Rico, bajo la dirección del gratamente recordado, honorable patólogo Raúl Marcial Rojas. Aquella estadía me robó el corazón; la bondad de su gente, el calor humano, la solidaridad, el ¡ay bendito!, la hospitalidad, confianza, el cariño, y la fiel amistad, fueron los ingredientes del hechizo que unió todo el espíritu de mi ser al de la menor de las Antillas mayores.

Su tradicional época navideña, no tiene igual; allí la gente se entrega al sano intercambio social con sabor y calor, el día y la noche transcurren de modo continuo, sin intervalo de descanso. Recuerdo cómo nos dábamos cita médicos españoles, venezolanos, cubanos, nicaragüenses, mexicanos, bolivianos y otras nacionalidades, amén de muchos dominicanos. En esas trullas o parrandas de diciembre, amanecíamos cantando, bailando, bebiendo ron Don Q, y degustando los ricos manjares de la cocina criolla en cada hogar que visitábamos.

Cuando llegó el momento de la triste despedida, al retornar a la ciudad de los vientos, Chicago, no pudimos evitar que un nudo se nos hiciera en la garganta, y que copiosas lágrimas brotaran de nuestros ojos. Sentía que una parte de mi vida se quedaba sembrada en aquel pueblo, que sin pedir nada a cambio, nos acogió con beneplácito.

Otra vez me hago eco de Rafael Hernández: <>.

Vayan para ese país hermano la solidaridad y el aprecio inconmensurable. En esta hora de dolor, en la que la desolación causada por el huracán María ha puesto a prueba el arrojo y la valentía de 3.6 millones de almas valientes, desde Quisqueya te decimos: Puerto Rico tu no estás solo, una gran ola fraternal se mueve hacia tus orillas para ayudarte, sabedora de que, por encima de la furia de la naturaleza, triunfarás.

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