Opinión

El Partido Socialista Unificado de Venezuela, PSUV, me invitó a participar en calidad de acompañante a las elecciones que se celebrarían el 15 de octubre, como en efecto se celebraron después de meses de protestas callejeras que cobraron la vida de más de 100 personas, algunas de ellas consumidas en las llamas tras ser incendiados sus cuerpos por manifestantes que celebraban la acción como un acto legitimo contra el Gobierno.

El llamado a una asamblea constituyente frenó las hordas, y la destrucción y la muerte abandonaron las calles para dar espacio a la acometida civil que, en medio de la lucha política, procura, de acuerdo a mi punto de mira, establecer un orden de garantías, en el que los derechos y deberes no respondan a la visión clásica de los tradicionales grupos de poder que encuentran resquicios en la actual constitución, redactada con el espíritu que mueve la nueva acción.

De esta convocatoria se desprendió el llamado a elecciones de gobernaciones en un ambiente de ánimo participativo en que las fuerzas del oficialismo y la oposición se concentraron; los primeros para retener su mayoría, y los segundos para convertirse en poder dominante, teniendo claro que el resultado de esta consulta popular podría marcar el camino del éxito o la derrota en el certamen que decidirá el próximo presidente de la República.

Con estos presupuestos marcharon hacia las urnas, y la madrugada del 15, funcionarios electorales, testigos de los partidos y activistas comenzaron a movilizarse por todo el país. A las 6 ante meridiano el ejército de acompañantes electorales nacionales e internacionales de diferentes corrientes de pensamiento, peinaba los centros de votación para ver de cerca la apertura de las mesas y el inicio de las votaciones.

Máquinas, baterías de emergencias, urna; en fin, todo lo indispensable estaba a mano para la instalación en forma y el tiempo que permitieran las habilidades de los funcionarios de Concejo Nacional Electoral, entrenados para conducir un proceso sin que se presentaran incidentes de importancia o dar respuesta rápida en caso de presentarse, cuestión que lograron gracias a un sistema bien pensado y a electores que lo conocen.

Seguimos el proceso hasta el final sin que cuestiones de importancia lo enturbiaran, porque uno que otro volante de la oposición distribuido fuera de los recintos, no constituía una acción que pudiera alterar el desempeño siempre ordenado y fluido, de acuerdo a lo que pude ver y vieron los demás acompañantes, algunos de los cuales llegaron con la idea de que «la cosa no estaría fácil» y que los pronósticos de fraude de la Unión Europea se cumplirían.

La decepción fue total para los que querían un proceso menos aburrido, más a lo Cataluña y la represión de Rajoy que, tras declarar ilegal la consulta independentista catalana, puso a la guardia civil a reprimir a los electores para impedirles el voto. Pero a diferencia de Europa no apareció la violencia ni la sangre para lograr la supuesta abstención que quería el Gobierno de Maduro, como tampoco apareció durante la consulta popular de la oposición venezolana que las autoridades consideraron ilegal.

El fraude colosal denunciado por los europeos tampoco apareció, pues comprobamos, como dijo Jimmy Carter, que el sistema electoral venezolano es el mejor del mundo, acorazado y cuasi inviolable. Por esa razón algunos de los candidatos perdedores de la oposición han admitido la derrota.

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