Hablan los hechos

Muchos son los cambios que en términos de imagen, percepción, liderazgo e influencia internacional ha venido experimentando China en los últimos 6 años, desde que en noviembre 2012 Xi Jinping asumiese la Secretaría General del Partido Comunista Chino y posteriormente la presidencia del país en marzo del 2013. No obstante, es a partir del XIX Congreso del PCCh celebrado el pasado mes de octubre, cuando Xi Jinping materializara sus aspiraciones, consolidándose como un nuevo líder global.

En efecto, una vez despejados los temores en torno a posibles fricciones durante el Congreso, que comprendió una reestructuración de los órganos directivos del partido, el presidente Xi ha logrado crear las condiciones para llevar a cabo lo que él ha llamado el “sueño chino”, basado en un amplio proceso de modernización, relanzamiento de la nación, y un impulso sustancial al rol de China en el mundo. Esto viene acompañado de un cambio estratégico e ideológico, donde China se presta a cerrar la etapa relativa a la filosofía de Deng Xiaoping, para adoptar el xiismo (pensamiento de Xi Jinping) como nueva guía operacional, una especie de nuevo socialismo con particularidades chinas.

Lo que se infiere del nuevo proceso que se avecina, es una defensa férrea de los valores socialistas, la corrección de los excesos propios de 36 años de crecimiento económico sin controles claros, un mayor control sobre el aparato estatal (incluyendo al PPCh y al ejercito) y el establecimiento de un proceso de desarrollo compartido con las demás naciones, basado en el multilateralismo.

No obstante, la apuesta de Xi va de la mano con un marcado cuestionamiento al orden establecido, y lo que considera como las debilidades de orden mundial occidental, lastrado por las desigualdades sociales, las crisis económicas, el populismo político y la injerencia externa. Por ello, lejos de copiar la práctica de las instituciones europeas y norteamericana, China apuesta a la vía propia en la cual hace hincapié en que la legitimidad política se construye sobre la experiencia y las competencias.

Superado este proceso, en lo adelante el gigante asiático tiene por delante un plan a mediano y largo plazo (2035 y 2050), en el cual proyecta poder dar forma a una sociedad china prospera y con probada calidad de vida, al tiempo que dicho desarrollo se ha de producir de manera sostenible, garantizando la administración responsable de los recursos naturales y preservación del medioambiente. Agregado a esto, los nuevos lineamientos trazados por el presidente Xi procuran hacer de la nación una potencia en materia militar y económica, a la vez que recele cada vez más de su espacio vital o zona de influencia, pero sin ánimos de convertirse en una potencia hegemónica a diferencia de lo que representó Estados Unidos tras la caída de la Unión Soviética.

Este notable ascenso ha coincidido con un declive sistemático de la influencia estadounidense en el mundo, que durante los últimos años ha visto cómo el orden mundial imperante tras la Segunda Guerra Mundial tiende a peligrar, dando al traste con el descredito de instituciones bajo la órbita de Washington y Europa, que por décadas han decidido el rumbo del mundo. Ciertamente la globalización fue la base para la diseminación del modelo neoliberal alrededor del mundo, pero su vinculación condicionada de éste al sistema democrático, fue lo que hizo que las debilidades del primero terminaran contaminando las bondades del segundo, por lo que los excesos del mercado corrompieron las instituciones y relegó a un segundo plano el estado de bienestar.

A pesar de las evidentes asimetrías en el desarrollo, la globalización permitió el aprovechamiento de economías emergentes como India y China, que lejos de cuestionar el sistema, optaron por ganar influencia hasta poder convertirse en el caso chino, en una alternativa al orden imperante. Evidentemente, el repliegue de Estados Unidos del escenario global tras la llegada de Trump a la Casa Blanca, no ha hecho más que fortalecer la posición de Pekín, que estratégicamente ha ido ganando influencia a medida que Washington se ha retirado del Acuerdo de Paris, del Acuerdo Estratégico Transpacífico (TPP); las amenazas de retirada del TLCAN, la OTAN, entre otros.

Vale destacar que a pesar de las debilidades y cuestionamientos que a nivel mundial ha suscitado la globalización, que por demás representó en su apogeo el periodo de mayor crecimiento económico de la humanidad, para China el problema de este esquema comercial yace en la manera que se ha administrado, ya que ha sido excluyente, inflexible y altamente centralizado en la órbita de poder de Washington.

La apuesta está sobre la mesa, y el contexto geopolítico actual parece favorecer a las aspiraciones chinas de convertirse en una gran potencia, lo cual se desprende la visión asumida tras el pasado Congreso.

En la próxima entrega estaremos poniendo en balanza las bondades de esta nueva era que se avecina.

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