Opinión

A raíz de la intensa crisis financiera internacional, iniciada en el 2007 en USA, se sancionaron rígidas restricciones al sector bancario de ese país como respuesta al desagradable evento que estremeció los mercados financieros globales. En tal sentido, las autoridades se trazaron como objetivo desarrollar severas normativas orientadas a suprimir ciertas prácticas de las que contribuyeron a gestar y propagar la crisis de las hipotecas de alto riesgo, o subprime, que alimentaron la crisis financiera sistematizada en los mercados financieros internacionales. La aspiración legítima de todo regulador ha de ser siempre la búsqueda de la eficiencia en la regulación, sin perjuicio de las entidades reguladas ni que se descuiden los elementos establecidos para la protección de los usuarios de los servicios financieros ante cualquier eventualidad de una nueva crisis. Pero resulta que si bien es cierto que para alcanzar este objetivo, las consecuencias de la misma implican una merma en la rentabilidad del capital para el sector, lo que en la práctica se traduce de manera favorable para la estabilidad de las entidades bancarias y la economía.

Es en ese contexto se puede interpretar las sendas modificaciones reglamentarias puestas en marcha en USA con el estallido de la crisis subprime, cuyo impacto inmediato afectó a los préstamos hipotecarios, provocando una amplia reforma de la normativa bancaria que culminó con la aprobación de la Ley Dodd-Frank en 2010 y de todos los reglamentos. Sin lugar a dudas, este nuevo marco normativo más estricto dio lugar a un aumento de la carga reglamentaria, puesto que las entidades bancarias debían adaptarse a los nuevos requisitos, modificando sus procesos, lo que conllevaba costos de operación adicionales. A la luz de la razón, los cambios en las reglas de juego del sistema bancario de USA implicaron un crecimiento reprimido del sector frente a la situación pre-crisis, en la que los requisitos reglamentarios eran muy flexibles. Las incógnitas derivadas de esta observación fue el impacto que tenían sobre los acuerdos internacionales, explícitamente en lo relativo a la revisión de Basilea III. Pero en virtud de que en la reunión del G-20, efectuada de manera urgente en Toronto, en plena crisis, no se llegó a ningún acuerdo que comprometiera a las partes involucradas. Entonces, a escala planetaria lo que ha ocurrido es que se ha registrado una sucesión de reacciones en términos de aversión al riesgo, colapso de liquidez y desconfianza generalizada en el sistema bancario global. Pero preocupa aún más las posiciones encontradas entre la reserva federal de USA, Fed, y la decisión del Banco Central Europeo, los cuales han decidido orientar la regulación bancaria con esquemas distintos, que envían señales de confusión a los mercados.

Mientras que al Banco Central Europeo le ha sido asignada la tarea de implementar una mayor actuación en la regulación bancaria, creando un mecanismo único de supervisión bancaria para la zona Euro en USA con la nueva administración. El gobierno federal ha encomendado a la Fed un cambio drástico y flexible en la regulación financiera, esto es, impulsar la desregulación. Pues las autoridades están convencidas que la regulación financiera impone una carga y una restricción al acceso al crédito y es aquí donde se origina el dilema de la regulación bancaria en EE.UU. Hay que recordar que aún está latente que la progresiva desregulación de los mercados financieros, orientada en principio a evitar distorsiones en la determinación del precio de los préstamos que pudieran afectar negativamente la asignación del crédito y del ahorro, debilitó el control ejercido por los supervisores, que hubiera podido neutralizar algunas de las dinámicas que auspiciaron el estallido de la crisis financiera. Además, los bancos incurrieron en excesos en prácticas especulativas sin enfrentarse a serios controles patrimoniales y de capital, en razón de sus operaciones, fruto de que la respuesta de las autoridades competentes al desarrollo de los nuevos productos financieros y a las nuevas prácticas de intermediación financiera fue muy limitada.

Tal situación puso al desnudo que los fallos en los sistemas de evaluación de los activos y entidades por parte de las agencias calificadoras impidieron anticipar los desfases patrimoniales. En adición, está el hecho de que la política monetaria predominante, básicamente expansiva, generó un extraordinario volumen de liquidez y deuda familiar en las principales economías mundiales lo cual se convirtió en la tormenta perfecta por donde se expandió la crisis global. Los modelos de gestión del riesgo de los bancos basados en la teoría de los mercados eficientes, causante primario de la crisis financiera global, aparentemente se quiere reproducir bajo el alegato de que los factores de crisis han desaparecido. Sin embargo, dada la vulnerabilidad y riesgos potenciales en la economía se interpreta que incurrir en la desregulación o preservar la regulación financiera es el dilema que está en discusión en el mercado bancario de USA, en momentos en que es notorio un estancamiento en el avance de la supervisión bancaria global.

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