Opinión

Con un astronómico presupuesto que alcanza los 1,3 billones dólares, la Administración Trump ha decidido apostar al fortalecimiento de la economía militar en desmedro de la economía civil (destinada a la producción de bienes y servicios a consumir por los ciudadanos norteamericanos y del resto del mundo), pues las partidas de los gastos militares se sitúan en los 700 mil millones de dólares.

Fíjense que para el resto del Gobierno quedarían unos 591mil millones de dólares, lo que significa que la economía militar recibirá alrededor de 109 mil millones de dólares más que el resto del conjunto gubernamental. Durante el pasado año 2017 Washington destinó unos 600 mil millones de dólares a los gastos de defensa.

No hay dudas de que para la Administración Trump su decisión de poner énfasis en los gastos de defensa va de la mano con su visión geopolítica de hacer valer la cuestionada hegemonía económica a través de la economía militar afirmando que posición constituye «un mensaje al mundo, en estos tiempos peligrosos, de la fortaleza, la seguridad, y la determinación de Estados Unidos».

En la era Trump el fortalecimiento de la economía militar hace recordar los tiempos de Ronald Reagan (1981-1989) cuando se puso en marcha una estrategia de estimular la carrera armamentista para socavar las finanzas públicas de sus principales adversarios político-económicos.

Un puñado de selectas empresas transnacionales está de pláceme con el incremento del presupuesto militar, así como con los conflictos bélicos que puedan desatarse en diversos puntos del globo terráqueo. Entre las principales transnacionales clientes del Pentágono se encuentran Lockheed Martin, Boeing, BAE Systems, Northrop Grumman, Raytheon, General Dynamics, Honeywell y Dyncorp, las cuales se llevan la gran tajada del pastel presupuestal de los gastos militares de Estados Unidos.

Más que prestar atención a nuevas conquistas de los trabajadores estadounidenses la Administración Trump dirige sus ojos hacia los hombres y mujeres que forman parte de las fuerzas armadas auspiciando el mayor aumento salarial registrado en los últimos siete años.

Se recuerda que el énfasis del discurso electoral del actual presidente de Estados Unidos estuvo puesto en centrar la atención hacia el fortalecimiento de la economía interna, dando a entender que pondría el acento en la producción de bienes y servicios destinados al consumo civil, pero en la práctica se ha evidenciado como cultor de la economía militar.

A pesar de sostener un discurso de campaña adverso a las iniciativas bélicas para imponer estructuras gubernamentales en países dotados de una política exterior independiente la comunidad internacional ha estado presenciando a un Donald Trump muy activo en las ejecutorias bélicas.

El incremento del gasto militar como una palanca dinamizadora de la economía civil por su efecto multiplicación en los niveles del consumo interno suele ser un mecanismo de política pública que algunos analistas avalan, pero si se descuida la renovación tecnológica y las inversiones en la economía civil la salud de las actividades productivas, comerciales y financieras de un Estado estaría en peligro.

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