Hablan los hechos

La vida con el pasar de los años y la experiencia que nos va legando, nos enseña con cierta insistencia que nada es estático en el tiempo, que todo en algún momento cambia, evoluciona e incluso se transforma. Una constante que se adapta no solo a nuestra naturaleza humana, sino que también es vinculante al ejercicio propio de poder.

Es así como a lo largo de la historia, la humanidad ha sido testigo del advenimiento de grandes personajes y transformadores procesos sociales, que de manera conjunta han dejado una huella indeleble en el ADN de sus respectivas naciones, constituyéndose en lo adelante parte intrínseca de su idiosincrasia y cultura como carta de presentación ante el mundo.

Como sabemos, durante el siglo XX llegamos a contar con notables ejemplos, entre los que podríamos citar en la India a Mahatma Ghandi, en China a Mao Zedong, en Rusia a Vladimir Ilich Lenin, Sudáfrica a Nelson Mandela, y en Cuba a Fidel Castro Ruiz. Hoy en día ninguno de ellos está entre nosotros, y en el caso específico de Cuba, donde por limitaciones de salud de Fidel su hermano Raúl había asumido las riendas del Estado, primero de manera interina en el 2006 y ya como presidente a partir del 2008.

La semana pasada marca en lo adelante el punto de partida de una nueva era, donde tras seis décadas de haberse consumado aquella emblemática revolución ningún apellido Castro estará al frente del país. Sucede que, a propósito de la conmemoración del triunfo de “Playa Girón”, el pasado 19 de abril se celebró en Cuba una Asamblea que tenía por encomienda elegir un nuevo presidente.

En este caso, quien estuvo perfilado desde el primer momento para suceder a Raúl Castro fue Miguel Díaz-Canel, quien en su condición de Primer Vicepresidente, era el siguiente en la línea de mando. Con unos 58 años recién cumplidos (es parte de la nueva generación que no participó de la Revolución). El nuevo mandatario hereda una nación con grandes retos, tanto en el plano local como internacional, en tiempos donde se demanda la concreción de reformas sustanciales que permitan a Cuba plantar frente a los desafíos del siglo XXI, con un Estados Unidos no tan empático como durante el gobierno de Obama y una región latinoamericana que se inclina a la derecha ideológica.

Con este proceso Raúl Castro, quien se mantendrá como primer secretario del Partido Comunista de Cuba, cumplía con uno de sus apostolados anunciados en el 2013, de poner un límite de 5 años a los altos mandos, incluyendo el presidencial, a la vez que podrán ejercer solo por dos mandatos. De hecho, desde su asunción al poder, el ahora exmandatario estableció su propia agenda de gobierno, iniciando un pragmático proceso de transformación por etapas, que dieron paso a la distención y reanudación de relaciones entre la Habana y Washington.

A parte de aquel anuncio histórico del 17 de diciembre del 2014, en el que Obama y Castro anunciaban el fin de una icónica enemistad entre ambas naciones, Raúl también propició otras medidas trascendentales, que estimulaban la moral de una nación que había sido injustificadamente aislada y vilipendiada por décadas, entre las que citamos el derecho a la iniciativa privada “cuentapropistas” en el 2010; la autorización de compra y venta de vehículos o casas en el 2011; la eliminación de restricciones para viajar que tenían los cubanos en el 2013; la socialización del acceso a internet en plazas públicas y parques a partir del 2013; el permiso para hospedaje en hoteles nacionales para la ciudadanía; y quizás el más simbólico ha sido el proceso de repatriación evidenciado, en especial tras la flexibilización social y económica, que ha llevado a decenas de miles de cubanos a retornar a la isla.

Un dato interesante que se suma a las citadas medidas reformistas, y que de hecho complementa la decisión de limitar los mandatos a 5 años (regulación a la cual se acogió), el mandatario saliente también limitó a 70 años la edad para poder optar por algún cargo oficial, lo que deja sin posibilidades futuras a compañeros de armas de la Revolución que se perfilaban como posible relevo a los Castro. Ello explica el que entre los candidatos a dirigir la nación, perfilara con posibilidades reales toda una nueva generación de funcionarios nacidos en posterior a la gesta de enero del 1959, tales como Bruno Rodríguez, Josefina Vidal y Miguel Díaz-Canel.

Para el proceso recién culminado, el cual se ha regido bajo los preceptos de la Constitución y régimen Electoral establecidos a partir del 1992, tras el inicio del período especial, se tenía prevista la elección del presidente del Consejo de Estado (funge como mandatario del país) por medio de una Asamblea Nacional compuesta por 605 diputados, quienes a su vez son el resultado de las Asambleas municipales celebradas el pasado noviembre del 2017, donde hubo más de 12,000 candidaturas propuestas a nivel nacional. Esto sería refrendado por las elecciones generales celebradas el 11 de marzo, donde los ciudadanos podían respaldar o no las candidaturas. A su vez, han de elegirse entre los miembros de la Asamblea los 6 nuevos vicepresidentes y los 23 miembros del gabinete, a ser propuestos por el nuevo presidente.

Según palabras del propio Raúl Castro, Díaz-Canel no es ningún advenedizo, apreciación positiva que encuentra sustento en la experiencia adquirida por el nuevo mandatario, pues este político ha forjado su autoridad a lo largo de los años asumiendo responsabilidades como la misión internacional a Nicaragua en los 80´s, donde se distinguió por formar cuadros del Partido Comunista. De igual forma también en 1993 había sido electo Secretario del Partido en su demarcación; llegó al Buró Político del Partido en el 2003; en el 2009 asume como ministro de Educación Superior; y fungió como Primer Vicepresidente y sucesor natural desde el 2013.

Un aspecto importante a destacar y que le valió a Díaz-Canel su ascenso al poder sin mayores contratiempos, ha sido su especial cuidado de no asumir actitud desafiante, optando en cambio por un perfil bajo y leal a la causa comunista. De hecho, se comenta que su relación con Raúl Castro es “maestro y alumno predilecto”, lo que no permite vaticinar qué clase de gobierno Cuba tendrá en lo adelante, si será uno reformador o continuista de las doctrinas castristas, un dilema inquietante que desde ya divide tanto a la sociedad como a las altas esferas del partido.

Por lo pronto un capítulo más en la historia latinoamericana termina, y con el recuerdo simbólico de las figuras del Che Guevara, Camilo Cienfuegos, Fidel y Raúl Castro a cuestas, Cuba se debate ante los desafíos de una nueva era.

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