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Cuando los portugueses llegaron en 1590 por las costas de la isla Taiwán –bautizada por ellos como Formosa o Hermosa, en buen castellano– había transcurrido ya un siglo desde que el Almirante Cristóbal Colón arribó a una pequeña isla de Las Bahamas llamada Guanahani o quizá a otra islita llamada Samana, ubicada en el citado archipiélago, según recientes estudios realizados por investigadores de la revista National Geographic.

La competencia entre las potencias coloniales de la época también se reflejaba en la zona asiática. Durante el período 1624-1662 la entonces isla de Formosa (actual Taiwán) pasó a ser controlada por el gobierno colonial neerlandés (que, aunque no es sinónimo al holandés, para los fines de simplificación histórica así lo identificaremos), dejando atrás el dominio portugués y español sobre la isla (que se había establecido en la ciudad de Santiago Jilong), recuperando China el control de la isla durante el liderazgo del estratega militar Zhèng Chénggōng, conocido por la historia como Koxinga, quien perteneció a la dinastía Ming que gobernó a China durante el período 1360-1644. Así, se produjo su anexión en 1683, proclamándose oficialmente provincia de China en 1887.

Ocho años después el Japón derrota a China durante una guerra breve, pero intensa, pasando la isla de Taiwán al control colonial del país del Sol Naciente durante unos 50 años, hasta que, al concluir la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) fue devuelta a China. El 1º de octubre de 1949 se funda la República Popular China tras la victoria político-militar del Partido Comunista de China dirigido por Mao Tse-Tung sobre las fuerzas del Partido Nacionalista (Kuomintang) liderado por el general Shian Kai-Shek, quien ya se había trasladado a la isla de Taiwán para refugiarse de los embates bélicos maoístas pretendiendo dirigir desde allí el Gobierno de toda China.

Desde un primer momento el Gobierno de EE.UU. apoyó los planes organizativos del derrotado líder nacionalista. Así, Taiwán fue organizada tanto en el plano económico como en el político-militar a imagen y semejanza de los intereses geopolíticos de Washington. Justo es decirlo: Estados Unidos apostó al desarrollo económico de Taiwán como parte de un proyecto tendente a reducir influencia regional de la República Popular China.

¿Washington contra Pekín?

Pero en 1972 la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) aprobó una resolución donde se reconocía a la República Popular China como único representante legítimo del gobierno chino, viéndose Taiwán obligada a retirar su membresía de tan importante organismo internacional.

Así, el 16 diciembre de 1978 la Administración Carter rompió relaciones diplomáticas con Taiwán admitiendo que al reconocer al Gobierno de la República Popular China lo único que había hecho Washington fue interpretar “una realidad”. Al dar lectura al documento conjunto suscrito por Washington y Pekín, el entonces presidente Jimmy Carter afirmó: “Este cambio en la política norteamericana será beneficioso para los pueblos de Estados Unidos y China y para todos los pueblos del mundo”, y contribuirá “al bienestar de nuestra nación y a la estabilidad de Asia”.

En 1979 Estados Unidos estableció relaciones diplomáticas con la China de Mao Tse-Tung, quien había fallecido en la madrugada del 6 de septiembre de 1976 aquejado por la enfermedad de Parkinson, siendo su sucesor Hua Kuo-feng, alejándose del reconocimiento diplomático de Taiwán (o Taipéi, como se decía antes). Estados Unidos pasó a considerar a China no como un adversario, sino como un competidor en diversas áreas (sobre todo la económica) y socio importante en otras (comercio, por ejemplo).

El documento conjunto suscrito por los gobernantes de Estados Unidos y China en 1979 es categórico al revelar lo que sería el nuevo giro de la política exterior norteamericana: “Estados Unidos reconoce al Gobierno de la República Popular China como el único Gobierno legal de China”, reconociéndose en el documento que Washington podrá mantener “relaciones comerciales y culturales de manera no oficial con el pueblo de Taiwán”.

El tiempo de Taiwán

Las relaciones diplomáticas entre la República Dominicana y Taiwán datan desde los tiempos de la Guerra Fría. En efecto, se formalizaron el 21 de mayo de 1946 durante la época del dictador Rafael Leónidas Trujillo, autodefinido como “el campeón del anticomunismo”. El gobernante dominicano procedió a designar como embajador al abogado vegano Leonte Guzmán Sánchez, quien presentó cartas credenciales el 8 de octubre de 1947.

El Gobierno del Partido Nacionalista (Koumingtan) había promulgado una Constitución Nacional, trasladando su sede a la isla Taiwan al huír de tierra firme tras la victoria político-militar de Mao Tse-Tung sobre las fuerzas político-militares adeptas al general Chiang Kai-shek. Cuenta la historia diplomática dominicana que en esa odisea de huida del líder nacionalista chino a su refugió a la isla de Taiwán le acompañó el embajador dominicano Guzmán Sánchez.

Así, más de siete décadas de fructíferas y respetuosas relaciones diplomáticas transcurrieron entre Taiwán y la República Dominicana, pero los tiempos cambian y el actual mundo globalizado coloca a los Estados en situaciones de decisiones determinantes en materia de política exterior obedeciendo siempre a importantes razones de Estado y a la defensa de los mejores intereses económico-políticos del país en cuestión. Ha correspondido al actual presidente Danilo Medida haber tomado la histórica decisión de poner fin a las relaciones diplomáticas con Taiwán para dar paso a las que ya se han anunciado con la República Popular China.

El criterio de oportunidad

El pasado 30 de abril de 2018 el gobierno dominicano que preside Danilo Medina dio a conocer un documento que fue acogido con aire de realismo por la población y la mayoría de los sectores sociales y políticos del país: “Anunciamos a la nación dominicana que hemos tomado la decisión de establecer relaciones diplomáticas con la República Popular China, con el convencimiento de que esta decisión será extraordinariamente positiva para el futuro de nuestro país». Podríamos afirmar que estamos en presencia de una crónica de una decisión esperada.

El documento conjunto formalizado oficialmente en Pekín fue suscrito por el canciller dominicano, Miguel Vargas, y el consejero de Estado y ministro de Relaciones Exteriores de China, Wang Yi.

De manera inteligente y respetuosa de la relación diplomática República Dominicana-Taiwán que se mantuvo durante siete décadas, el gobierno del país caribeño “agradeció a Taipéi la cooperación mantenida durante años, que permitió el desarrollo de numerosos programas”, pero enfatizando que «la historia y la realidad socioeconómica nos obligan ahora a un cambio de rumbo. Nuestro gobierno confía en que la nueva situación producto de esta decisión se manejará de la manera más constructiva y fluida posible».

La importante decisión de disponer el establecimiento de relaciones diplomáticas entre nuestro país con la República Popular China hace recordar la adoptada en 1998 por el Gobierno del entonces presidente Leonel Fernández al disponer el restablecimiento de las relaciones al más alto nivel (con intercambio de embajadores) con la hermana República de Cuba. Que todavía se recuerda la expresión dicha por el Comandante Fidel Castro al ser recibido por primera vez a su llegada a la República Dominicana: “Ha sido una decisión muy valiente”. Como valiente lo ha sido este establecimiento de relaciones diplomáticas con China. Dos dignas y soberanas decisiones de política exterior adoptadas por gobiernos del Partido de la Liberación Dominicana (PLD). Enhorabuena.

¿Quiénes critican?

Tanto ayer, como hoy, se levantaron dedos acusadores contra los gobernantes que habían adoptado la decisión del establecimiento de relaciones diplomáticas con China.

Cuando Jimmy Carter, el presidente número 39 de Estados Unidos, aprobó el establecimiento de relaciones diplomáticas con China, voces discrepantes profirieron todo tipo de críticas contra el mandatario norteamericano. En efecto, senador Barry Goldwater, conocido por sus ideas ultraderechistas, declaró que la normalización de relaciones con Pekín era “uno de los actos más cobardes jamás realizados por un presidente”, agregando que el mismo era “una puñalada en la espalda” para el régimen de Taiwán, mientras otros afirmaban que Washington había dejado “camino real por vereda”.

Por los predios de la República Dominicana ya se levantan voces críticas contra la decisión del presidente Danilo Medina bajo el fundamento de “inventar otra opción con el totalitarismo”. Otras buscan inyectar presión al gobierno dominicano al tomar una decisión de política exterior que “podría no ser vista con buenos ojos por Estados Unidos, el cual busca evitar el incremento de la presencia de China dentro de la región latinoamericana y caribeña”, desconociendo el hecho cierto de que fue Estados Unidos quien trazó la pauta a la región al establecer en 1979 relaciones diplomáticas con Pekín durante la Administración Carter.

Oportunidades recíprocas

En la actualidad Estados Unidos ocupa el primer lugar dentro del mapamundi económico mundial (aunque es evidente su declive en esa importante esfera), mientras China avanza a pasos agigantados dentro de los flujos productivos, comerciales y financieros a escala planetaria, desplazando ya a Japón del segundo escalón en la escala económica global y con perspectivas de superar a EE.UU. dentro de las próximas tres décadas en los aportes mayores al Producto Interno Bruto (PIB) mundial.

Tanto con Estados Unidos como con China, así como con la Unión Europea, Gran Bretaña, Japón, Rusia y los países latinoamericanos y caribeños, para sólo citar algunos ejemplos, la República Dominicana debe continuar ensanchando sus vínculos diplomáticos y económicos convencido del pensamiento del cubano universal José Martí cuando sentenció: “El pueblo que quiera ser libre, sea libre en negocios” (1889).

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