Opinión

Thomas Woodrow Wilson fue el vigésimo octavo presidente de los Estados Unidos de América. Hijo de un pastor protestante, estudio en la Universidad de Princeton, donde de 1902 al 1910, seria profesor de derecho constitucional y luego rector. Miembro prominente del Partido Demócrata, fue gobernador del estado de Nueva Jersey entre 1911-1912.

Tanto en la política como la educación, Wilson es considerado un reformista tanto por sus reformas políticas y sociales aplicadas en el estado de Nueva Jersey como en la reforma pedagógica implementada en Princeton.

Mas adelante, como presidente de los Estados Unidos reorganizaría el sistema bancario con la creación de la Reserva Federal, los impuestos progresivos sobre la renta personal, la elección directa de los senadores por sufragio universal, el voto para las mujeres así como medidas destinadas a controlar el creciente poder de los oligopolios y el consumo de alcohol por vía de la famosa “ley seca”.

Wilson era el hombre adecuado para una época caracterizada por el crecimiento del capital monopolista en los Estados Unidos. Moderar los “excesos” de los monopolios, fortalecer el sistema capitalista norteamericano, expandir la influencia imperial en la América Latina y el Caribe y articular un nuevo orden mundial adaptado a las necesidades del joven imperialismo norteamericano fue parte de su histórica misión.

Pero es en la política exterior donde asumió los mayores retos. Trazo las líneas generales de las relaciones internacionales de los Estados Unidos la que fue, modernamente, aislacionista como resultado del deseo de los ciudadanos norteamericanos de mantenerse alejados de la Primera Guerra Mundial, a pesar de existir alguna simpatía a favor de Francia e Inglaterra, considerados “países democráticos” en contraste con Alemania, el Imperio Austrohúngaro y Rusia, la imagen misma del absolutismo y autoritarismo.

Los historiadores tradicionales a menudo silencian otro factor de política interna que tuvo en consideración Wilson para su “aislacionismo”: el ascendente movimiento socialista encabezado por Eugene Debs, opuesto radicalmente a la guerra desde una posición clasista que repetía el planteamiento de Lenin de transformar la guerra imperialista en guerra civil de obreros contra capitalistas.

La predica revolucionaria y clasista de Debs en contra de la Primera Guerra Mundial tuvo como resultado la violación al derecho de expresión en los Estados Unidos de los que se oponían a la guerra y 10 años de cárcel para el insigne socialista norteamericano.” Para hacer el mundo seguro para la democracia” consigna que el Presidente Wilson utilizo para vender las bondades civilizatorias de la política imperialista, había que aniquilar las voces disidentes que surgían el naciente movimiento obrero socialista norteamericano. Debs tuvo que hacer campaña por el Partido Socialista Norteamericano desde la celda de una cárcel, lo que demuestra que la burguesía norteamericana sabe muy bien donde comienzan y donde termina los límites de la “democracia”.

Algunos historiadores e internacionalistas analizan la Primera Guerra Mundial solo como un “conflicto”, “la gran guerra para acabar todas las guerras”. Sin embargo, el análisis cuidadoso de los hechos, partiendo del materialismo histórico como herramienta nos permite interpretar ese relevante acontecimiento como el resultado de una feroz lucha de clases entre las potencias dominantes de la época.

La Primera Guerra Mundial decidió cuál de los grandes poderes imperiales asumiría el dominio global. Los viejos poderes europeos habían consolidado su control colonial asegurándose de áreas bajo su “protección” y esfera de influencia. La Alemania de los Káiseres llego tarde al reparto y, en consecuencia, se propuso una radical redistribución del mundo.

Gran Bretaña, Francia y Alemania se despedazaban en una prolongada y sangrienta guerra bajo la mirada atenta de Woodrow Wilson quien, a pesar de predicar un “aislacionismo” en la política exterior norteamericana con respecto al conflicto bélico europeo, fue preparando las condiciones internas en los Estados Unidos para intervenir justo en el momento en que las potencias antagónicas europeas se hubieran desgastado lo suficiente para asegurar la victoria norteamericana.

La política imperial norteamericana se debatía entre dos tendencias: aislacionismo o expansión. El creciente desarrollo industrial que experimentaron los Estados Unidos después de la guerra civil que resolvió la contradicción entre el Sur esclavista y el Norte industrial empujaba de manera natural hacia el expansionismo.

Una mirada al sur del Rio Grande nos permite ver con más claridad los designios “aislacionistas” de Woodrow Wilson. En el ocaso del siglo XX, las ambiciones imperialistas de la clase dominante norteamericana habían llevado a la anexión de facto de Cuba. Los primeros documentos que marcan el inicio de la política exterior norteamericana como la Doctrina Monroe delineaban ya las ambiciones norteamericanas de impedir la intrusión europea en la América Latina y los países del Caribe.

El “calentamiento” muscular del joven imperialismo había comenzado en México. Es conocida la expresión del dictador mejicano Porfirio Diaz que al referirse a su vecino expresaba: “Mala suerte la de México. Tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos”.

Los territorios de Alta California, Nuevo México, Texas y parte de Sonora fueron anexados por los Estados Unidos en virtud de la guerra mejicano-estadounidense que inicio en 1846 y termino en 1848, ¡despojando a la patria de Benito Juárez de cerca de tres millones de kilómetros cuadrados!.

La tradición intervencionista continuo aun en la administración aislacionista de Woodrow Wilson. El imperialismo norteamericano no ceso de intervenir en los asuntos internos de México. Basta recordar la ocupación de Veracruz y la irrupción en territorio mejicano con el propósito de capturar al legendario Pancho Villa en 1916.

En el caso de la región caribeña, en 1915, en un momento en que toda la atención se concentraba en los campos de batalla de Europa, los Estados Unidos se propusieron invadir Haití. La razón de esa conquista era la creciente influencia alemana en nuestro vecino país con la presencia de comerciantes alemanes que crearon toda una red para dominar las operaciones comerciales de Haití.

La excusa fue el asesinato del presidente haitiano Jean Vilbrun Guillaume Sam. De nuevo el pacifista y aislacionista Woodrow Wilson envió los marines a Haití con la excusa de prevenir un estado de anarquía. En realidad, la administración de Woodrow Wilson estaba protegiendo los intereses norteamericanos y previniendo una posible invasión alemana hacia Haití.

En el fondo la política imperial norteamericana tenía los ojos puestos en Haití mucho antes de la primera ocupación de ese territorio. En la estrategia geopolítica de los Estados Unidos, tanto Haití como la Republica Dominicana eran lugares ideales para el establecimiento de bases militares.

Tan temprano como en 1868, el Presidente Andrew Johnson sugirió la anexión de la isla de la Hispaniola para asegurar los intereses económicos y de defensa norteamericanos en las Antillas. De 1889 al 1891, el Secretario de Estado James Blaine intento sin éxito arrendar la Mole-Saint Nicolas en Haití para establecer una base naval. En nuestro caso, conocidos son los intentos del Presidente Buenaventura Báez de arrendar la bahía de Samaná a los Estados Unidos con los mismos propósitos. (continuara)

Noticias Relacionadas