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Habiendo valorado el contexto en que se ha estado desenvolviendo el actual proceso electoral en México, parece ser un hecho que por primera vez en más de ocho décadas, las elecciones de este domingo no solo traerán consigo un cambio de jefe de gobierno, sino que podríamos estar frente a un giro trascendental en la historia política de esta nación.

Bastaría recordar que desde que en 1928 México acabó con el caudillismo, fundando en lo adelante bajo las directrices de Plutarco Elías Calles lo que pasaría a ser el Partido Revolucionario Institucional (PRI), los mejicanos vieron desfilar durante poco más de 70 años a numerosos mandatarios priistas, que eran designados de forma directa por el presidente saliente, en lo que más bien parecía ser un régimen republicano con particularidad hereditaria.

Con el inicio del siglo XXI, tras años de desgastes, escándalos y crisis económica, México creía haber puesto fin a la supremacía del PRI al decantarse por una nueva organización, pero las presidencias de Vicente Fox (2000-2006) y Felipe Calderón (2006-2012) por el Partido Acción Nacional (PAN), a pesar de constituirse en un nuevo respiro, no pudieron presentar un balance positivo que impidiera el retorno del PRI al poder.

Al día de hoy, los candidatos de estas dos organizaciones que desde el año 2000 se han alternado el poder vuelven a medirse, pero esta vez no como favoritos, sino como los llamados a frenar las aspiraciones de quien ha sido un incansable crítico de la partidocracia tradicional mejicana, Andrés Manuel López Obrador. Encabezando la coalición “Juntos Haremos Historia”, todo indica que AMLO, como popularmente se le conoce en las redes, será el nuevo presidente de México tras una larga cruzada que le ha llevado a convertirse en el candidato del pueblo.

Desde sus orígenes como delegado del Instituto Nacional Indigenista, en la ciudad de Tabasco, AMLO es poseedor de una dilatada carrera política que le ha llevado desde el PRI, donde se opuso a la candidatura de Carlos Salinas de Gortari en 1988, lo que le valió expulsión y dio paso a la fundación del Partido Revolución Democrática (PRD), partido que presidio con éxito en los 90´s e inicio del 2000, cuando resultó electo Jefe de Gobierno del Distrito Federal y se convirtió en el político más popular de México, con un 80% de aprobación. Desde entonces, al presentarse a la presidencia López Obrador ha sido objeto de fuertes críticas y campañas sucias por parte de sectores conservadores e intelectuales, que le han calificado como “peligro para México”, “gemelo de Hugo Chávez”, todo lo cual contrasta con las medidas que llevó a cabo en su gestión presupuestalmente responsable y moderna frente al DF.

Esto no ha cambiado actualmente, sin embargo en esta ocasión AMLO parece contar con el apoyo excepcional de sectores que previamente le adversaron, pero que en esta ocasión demandan un cambio significativo en el rumbo de México. De ahí que jóvenes, campesinos, pequeños y medianos empresarios, profesionales liberales, ciudadanos del norte del país (tradicionalmente conservadores que votan por el PRI y PAN), vean en López Obrador una alternativa a los problemas sustanciales que afrontan los mejicanos y que los partidos tradicionales no han podido corregir, en especial la violencia y corrupción. Pero ¿qué ha pasado con los otros dos aspirantes, Ricardo Anaya y Antonio Meade, quienes a pesar de contar con sendas maquinarias electorales tras de sí, no han podido concitar un apoyo tan heterogéneo y amplio como el de AMLO?, veamos.

En el caso de Meade, candidato oficialista por el PRI y representante de la coalición “Todos por México”, que reúne a los partidos Nueva Alianza (PANAL) y Verde Ecologista de México (PVEM), este parecía ser el candidato más potable para los sectores de poder, pero ha tenido que cargar con los escándalos de corrupción e las altas tasas de rechazo de Enrique Peña Nieto, lo que le ha relegado a un tercer lugar en las encuestas. Más allá de los intentos de mostrar un perfil distanciado de la vieja guardia priista, Meade no pudo desligarse durante toda la campaña de las acusaciones de corrupción, en especial la llamada “Gran estafa”, una trama que desvió más de US$450 millones de dólares en contratos irregulares de varias Secretarías de Estado, en especial aquellas que él dirigió como Desarrollo Social, Hacienda y Asuntos Exteriores. A esto se han sumado los escándalos protagonizados por dirigentes del PRI en todo el país, donde unos 22 gobernadores han sido acusados de desvío de fondos públicos.

En cuanto a Ricardo Anaya, candidato del PAN y responsable de la coalición “México al Frente”, es un joven tecnócrata de astronómico ascenso político dentro de su organización, quien a raíz de los escándalos del PRI, se ha agenciado el favor de los poderes facticos de México, en especial los sectores más poderosos del espectro empresarial, que ven en AMLO como un peligro para el statu quo. Sin embargo dentro del ámbito político, Anaya se ha abierto varios frentes simultáneos a raíz de un pragmatismo que le ha llevado a confrontarse con el actual gobierno y con su propia organización, donde dentro de esta última jugó un papel estelar en la confrontación que devino en la salida de Margarita Zavala del PAN (esposa del expresidente Felipe Calderón), dividiendo a la organización.

Ha sido patente las tentativas contra el candidato favorito a lo largo de las elecciones, donde sectores de poder apuestan a reedituar los resultados del 2006 y 2012, que llevaron a López Obrador de favorito en las encuestas a perder las elecciones bajo condiciones poco fiables. Las sospechas de una nueva trama se ven basadas en las recurrentes denuncias por compra de votos, que se estima proviene en su mayoría de fondos públicos desviados y no declarados, de más de 6,000 programas sociales del gobierno, donde el precio por voto es fijado entre US$20 y US$145 según la demarcación.

Esta actividad ilegal, pero socialmente tolerada, que suele incidir sobre unos 30 millones de potenciales votantes, ha sido acompañada del robo de boletas de López Obrador, así como agresiones contra su equipo político a nivel nacional. Pareciera no ser sorpresa, que en un país donde en los últimos 12 años han muerto más de 250,000 personas y con más de 30,000 desaparecidos, se den altos niveles de violencia en campaña electoral, pero el medio millar de denuncias por agresiones registradas, además de los 133 políticos asesinados en su mayoría de oposición, representan un 450% de aumento de la violencia respecto a procesos pasados.

No obstante la suerte está echada, y con un margen de diferencia que ubica la aceptación de AMLO a un 25% por encima de su más cercano adversario, medición que se percibe en todas las encuestas, resulta un hecho que de sobrevivir a esta odisea, México podría estar resurgiendo de sus cenizas tras esta prueba de fuego.

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