Opinión

En el año 2006, mi amigo el filósofo y ensayista dominicano Luis O. Brea Franco terminó de armar su libro Espejo de Babel. Me pidió escribiese su epílogo, lo cual para mí fue un doble honor. Primero por mi admiración al gran pensador; y, segundo, porque mi texto sería la puerta de salida del libro, cuya puerta de entrada es un prólogo de otro compatriota cuya obra merece mi aprecio y valoración por su talento crítico y creativo: Juan José Jimenes Sabater, más conocido con el nombre de León David.

La obra fue puesta a circular el día 7 de agosto de ese mismo año en Santo Domingo, capital de la República Dominicana. El epílogo salió con siguiente título: Luis O. Brea Franco o las Utilidades del Pensar. Ahora, lo publicaré en esta columna Alerta en dos partes. He aquí la primera:

¿Para qué sirven los filósofos? ¿Qué sentido tiene investigar sobre la esencia del ser, el origen y destino del hombre, habiendo tantas urgencias inmediatas? ¿Para qué hurgar acerca del bien y el mal? ¿Qué ganamos con saber lo que pensaron unos viejos barbudos que conocemos sólo a través escritos y sus sobrias estatuas de ojos ciegos y sus pesados libros de tapa dura?

Parece un contrasentido plantearse estas interrogantes, sin embargo mucha gente simple se las hace. No obstante, hay profesionales de la economía, ingenieros, abogados, médicos, sociólogos, tecnócratas, que deciden el futuro de nuestros pueblos, a los que estas preguntas ni siquiera les pasan en vuelo rasante sobre sus cabezas. Muchos desprecian la maravilla del pensar, la belleza del pensar, el valor del pensar.

Lo consideran inútil, tal como ven inútil el arte, pues no se sobrecogen al escuchar una sinfonía de Beethoven ni se subliman leyendo un poema de Byron ni se estremecen frente a un cuadro de Goya. Tal vez porque ven estas obras como intangibles juegos, como si los números y figuras y cuadros con los que ellos trabajan no fuesen también intentos intangibles de acercarse a la intocable realidad, que además fueron creados en ese juego indispensable entre el filósofo y el creador.

Pero si de algo ha de servir este manojo de reflexiones de Luis O. Brea Franco es precisamente como demostración de que el filósofo realiza un trabajo harto útil a la sociedad, valioso para plantearse, definir y resolver problemas nodales de la existencia humana, la vida cotidiana y la conducta de los humanos en los procesos sociales y antropológicos.

Por ello, sería tan útil tanto para el dominicano sencillo como para los profesionales especialistas en las distintas áreas del saber, abrevar en las ricas aguas del libro que epilogamos.

LA DIVERSIDAD TEMÁTICA

Es la primera virtud que resalta en estos escritos.

En sus pasos como caballero andante del pensamiento, montado en su rocín de teclas y verbo al ristre, en el rol de antiguo y nuevo soñador platónico de que se realice la idea del bien en la sociedad dominicana, este gran pensador –para mí uno de los más cultos y preclaros de cuantos publican actualmente sus reflexiones en el país- recorre una multitud de temas que atañen a cada uno de nosotros los que habitamos este promontorio de tierra emergida que es la isla de Santo Domingo. Profundiza su escalpelo en el ser y devenir de la República Dominicana, sin olvidarse de la aldea global a la que pertenece. La política lo baña con sus pasiones sin impedirle ver claramente a justos y pecadores en este valle de lágrimas y flores que es nuestra época.

Consigue esto usando los lentes de distintos colores que la historia del pensar nos ha brindado para que reinventemos el mundo a cada instante, sin menoscabo de saber que ya ha sido y mirado, y que podemos revisitarlo desde esos distintos vehículos: Nietzsche, Kant, Aristóteles, Hegel, hasta los pensadores más actuales como Heidegger, Sartre, Derrida, Lacán, Negri, que son cuidadosamente estudiados, criticados y aplicados por el verbo de Brea Franco. Visualiza su relación con la ética, la estética, la óntica, con los problemas sempiternos del hombre, que algunas veces nos lucen como exclusivos de estos tiempos, cuando en realidad recorren –unas veces como tragedia y otras como comedia, al decir de Marx corrigiendo a Hegel- el devenir de la historia humana.

“Quien toca este libro, toca a un hombre”, ha dicho el inmenso Walt Whitman, nacido hace 200 años, para referirse a sus “Hojas de hierba”. Y “Quien toca este libro, toca al hombre”, podría decirse del de Luis Brea Franco, porque el autor hace una disección minuciosa (estructural y funcional, sincrónica y diacrónica) de los tópicos mediatos e inmediatos del ser humano nacional, sin desmedro del universal. A la manera del antiguo arúspice egipcio, abre y hurga en sus órganos para encontrar las enfermedades del presente social y sus proyecciones al futuro.

Es muchas veces duro en sus análisis, pero sin perder la esperanza. O quizás no es duro. Dura es la realidad que hemos vivido en nuestra arrítmica, irregular y contradictoria historia, en la que hemos dado tumbos como un ciego dentro de un cuarto oscuro, buscando puertas de salida hacia el progreso.

PLANTEA PROBLEMAS Y SOLUCIÓNES

Los problemas de la vida cotidiana de la humanidad actual envuelta y revuelta en las ciber-redes de los medios de comunicación, con su sarta de información sin formación, de información con deformación, son una preocupación vital en los escritos de nuestro autor. La polución, el genoma humano, el calentamiento global, la biodiverdidad, la muerte lenta pero sistemática de la capa de ozono que nos protege de los rayos solares ultravioletas, el despliegue de poder de una sola potencia intentando abrazar al mundo con sus tentáculos, la guerra de civilizaciones, el riesgo nuclear y otros temas actuales no escapan del laboratorio de ese analista pertinaz e inteligente, apasionado y frío que es nuestro filósofo. Y es que Luis O. Brea Franco es un hijo legítimo del siglo XXI que vivimos, al que analiza sin dejarse atrapar por sus trampas y minas. No hay tema fundamental de nuestro tiempo que escape a su diagnóstico, que no sea visto con sus ojos inquisidores. Ojos que, cual dios Jano, miran como eternos vigilantes, el futuro y el pasado, desde el vivo crisol del presente.

Siempre ha de hacer de buen esculapio, buen galeno, de buen hijo de Hipócrates. Nuestro pensador estudia la enfermedad y visualiza la medicina. Ve el mal y su remedio, ofrece el diagnóstico y su receta. Propone siempre soluciones. Cumple perfectamente con el aforismo empresarial de que: “Si no viene con una solución, usted es parte del problema”.

Luis O. Brea Franco es parte de la solución de nuestros males, los sempiternos y los del momento. He aquí la utilidad del filósofar como herramienta práctica en búsqueda de soluciones al drama humano.
En el próximo artículo, veremos otras utilidades del pensar, a propósito de esta valiosa obra

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