Opinión

El ritmo de actividades sobre temas multilaterales al interior de la Organización Mundial del Comercio (OMC) ha venido decrecido desde el momento mismo en que subió la escalinata de la Casa Blanca el presidente número 45 de Estados Unidos, Donald Trump, quien introdujo sensibles modificaciones a la política comercial exterior de Washington, impactando su accionar dentro de la economía global.

Durante años el escenario de la archiconocida Sala Verde, situada dentro del despacho del director general de la OMC, fue el lugar preferido por importantes actores comerciales (Canadá, Estados Unidos, Japón y Unión Europea, entre otros) para analizar sus respectivas posiciones sobre complejos temas comerciales.

La Sala Verde se conocía como un lugar que inducía a la búsqueda de acuerdos globales entre las grandes potencias comerciales en medio de fuertes contradicciones con las posiciones sustentadas por los países emergentes (que representan a las economías más avanzadas dentro del mundo subdesarrollado).

Pero con el retorno del proteccionismo en sus diversas formas y prácticas comerciales a raíz del accionar gubernamental de la Administración Trump y la adopción de recurrentes medidas de penalización arancelarias contra China, Rusia, Unión Europea, Japón y Canadá, entre otros actores comerciales, el mundo ha penetrado dentro de las turbulentas aguas de la incertidumbre económica.

Y es que las medidas restrictivas a los flujos comerciales internacionales se han estado incrementando en los últimos dos años, a pesar de que haya entrado en vigencia el 22 de febrero de 2017 el Acuerdo sobre Facilitación del Comercio (AFC) de la OMC.

En efecto, un estudio de la OMC ha puesto en evidencia que los países desarrollados han estado implementando numerosas trabas y obstáculos al libre movimiento de bienes y servicios, entre los cuales destacan incrementos arancelarios, prohibición de importaciones y derechos de exportación.

A finales del pasado año 2018 el director general de la OMC, Roberto Azevedo, expresó su preocupación en torno al aumento de los obstáculos que se ha estado aplicando al normal movimiento de los bienes y servicios dentro de la economía global.

Evidenciando su impotencia ante el resurgir de las prácticas proteccionistas el máximo gerente de la OMC no ha vacilado en advertir: «Si continuamos por el sendero actual, los riesgos económicos se incrementarán con potenciales consecuencias para el crecimiento, los empleos y los precios al consumidor en todo el mundo».

Y aunque desde sus orígenes la OMC se concibió como un foro de negociaciones comerciales multilaterales la entidad parece estar arropada por las iniciativas unilaterales impulsadas por importantes actores comerciales.

Así, EE.UU parece decidido a situarse en el vórtice de la estrategia comercial global, tratando de hegemonizar las prácticas proteccionistas en los intercambios de bienes y servicios a escala planetaria, postergando a un segundo plano el uso de los instrumentos de solución de controversias en el marco de la OMC.

Definitivamente, la OMC luce debilitada y desconcertada transitando por un oscuro túnel institucional que le resta capacidad de acción en la búsqueda de soluciones multilaterales a los problemas globales y en un entorno global donde se respira una atmósfera cargada de proteccionismo comercial.

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