Opinión

El pasado viernes 16 del corriente mes, celebró y conmemoró el pueblo dominicano el 156 aniversario de la Restauración de la República, episodio histórico de extraordinaria importancia, al cual el autor de esta columna hace años ha bautizado como “La Gran Epopeya” militar y política de la historia de la nación dominicana.

No tenemos ninguna vacilación en resaltar la importancia de esa epopeya, porque en sus orígenes y cientos de años después, fue a través de la violencia militar que sentó sus raíces, se formó y consolidó, la nación dominicana en un proceso tan viril y admirable, que no tiene igual en toda la historia de las naciones que conforman el continente Americano; creemos en el orden amenazador que se vislumbra en el futuro de nuestra patria, no tan pronto como pensaban muchos, estaremos obligados a recordar, en lo más lejano de nuestra génesis a los héroes, próceres y mártires de nuestra historia.

Ya no se celebra ni se conmemora la epopeya restauradora, como se hacía antes, hace muchos años, inclusive en el largo período de la dictadura de Rafael Trujillo Molina, cuando con tropas de las instituciones militares y en el orden escolar, se organizaban desfiles, en todos los municipios cabeceras del país, en la mayoría de los cuales no solamente se exhibía la calidad de las bandas de música militares y municipales; junto a las bandas de cornetas y redoblantes que entusiasmaban en la mayoría de las calles de los pueblos de la República, a los admiradores de esas exhibiciones que aplaudían con entusiasmo los desfiles, verdadera expresión del recuerdo de ese hecho histórico.

Los meses en los cuales se hacían ese tipo de manifestaciones eran febrero, agosto y noviembre. Por esas razones, queremos recordar los nombres de los hombres que hicieron posible ese episodio, que admiró a muchos de los pueblos hispanoamericanos y que repercutió inmediatamente después, con el inicio de la Guerra de los 10 años, en Cuba, que era territorio colonial de España.

Para el 16 de agosto de 1863, el estatus de nación, en el orden histórico, se había profundizado y consolidado en la inmensa mayoría de la parte oriental de la isla de Santo Domingo, que estaba integrada, como hemos citado, por aproximadamente 180 mil habitantes, que hablaban el idioma español, que tenían los mismos hábitos de vida y las mismas costumbres y profesaban en su mayoría la religión católica; y queremos hacer esos señalamientos porque el pueblo dominicano en su totalidad no habla dialectos ni jergas de ninguna otra naturaleza; y esa es una distinción que establece la diferencia de nuestro pueblo, con otros de América.

Por eso es necesario, como piensa el autor de esta columna, recordar siempre que, en la parte oriental de la isla de Santo Domingo, no existió la esclavitud tan profunda y cruel como existió en la parte occidental de la isla de Santo Domingo, Cuba, Puerto Rico, Venezuela, Centroamérica,y otras naciones americanas y en Estados Unidos.

Recordemos siempre a Santiago Rodríguez, Pedro Antonio Pimentel, Pepillo Salcedo, Benito Monción, Gaspar Polanco, y Gregorio Luperón, que salió de esa guerra restauradora admirado y respetado, no como el paladín de la misma, sino como el más joven de los Próceres Restauradores; no olvidemos jamás a Francisco del Rosario Sánchez y Matías Ramón Mella, fundadores de la República y los mártires de Santiago, Eugenio Perdomo, Pedro Ignacio Espaillat, José Vidal Pichardo, Carlos de Lora, Ambrosio de la Cruz, Pierre Thomas y Antonio Bautista.

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