Opinión

Merecida reputación como excelentes biógrafos tienen los ingleses. Cuando ellos adviertan que en el Caribe anda ágrafa la más grande y hermosa biografía de un hombre que ejerció a partes iguales las artes dificilisimas de ser grande escritor y gran líder político y prócer de su país y de América, un biógrafo inglés vendrá solícito sin que nadie lo invite. En lo que los ingleses van y vienen, Matías Bosch ha dado con un método digno del mayor encomio: Juan Bosch, que nunca apartó un párrafo para escribir su autobiografía, concedió sin embargo innúmeras entrevistas a periodistas y académicos que sus opiniones recabaron. Con paciencia benedictina, Matías las ha coleccionado todas y las ha leído incluso con criterio cronológico.

Cronología que desde luego no se ciñe a las fechas en que fueron concedidas dichas entrevistas, sino a los años en que ocurrieron los hechos en ellas narrados. En el prólogo mismo al libro de Matías Bosch, la poeta y escritora Ángela Hernández Núñez ha señalado: “Ese ha sido Juan Bosch. Y esta es su singular e interesante vida, la cual, de tan bien relatada, nos hará creer a veces que leemos una novela, lo que se debe a que son las palabras de un narrador nato, contándose a sí mismo con asombrosa fidelidad e ignorando, curiosamente, que aportaba las piezas para un libro futuro, que se encargaría de configurar Matías Bosch, en el año 2016”.

En ese señalamiento de Ángela se descodifican las claves del acierto de Matías. La como dice ella singular e interesante vida de Juan Bosch, contada por él mismo con asombrosa fidelidad. Con esa misma fidelidad asombrosa que de manifiesto pone Ángela, narró siempre Juan Bosch todo lo que vieron sus ojos y oyeron sus oídos, los dos sentidos que más usó de los cinco que al mundo trajo.

La portentosa memoria de Juan Bosch era sólo un recurso puesto al servicio de su inquebrantable fidelidad a la verdad estricta. Nunca se acercó aquel hombre iluminado a hecho alguno con la deliberada intención de beneficiarse de él, por eso no lo tergiversó jamás a la hora de narrarlo. Hay mujeres y hay hombres así. El material humano es hoy más abundante que nunca lo fue en el pasado. Todo el que busque con detenimiento encontrará similitudes históricas.

Juan Bosch le pudo a la infamia que en política genera la verdad, porque sin duda había leído de la pluma de Martí, y a Martí le había creído: “Tener talento es tener buen corazón; el que tiene buen corazón, ése es el que tiene talento. Todos los pícaros son tontos. Los buenos son los que ganan a la larga”.

Pero para creerle a José Martí hay que traer de la casa a la política un hogar, y Juan Bosch lo trajo. Y para no ser tonto, hay que traer a ella talento. Y el talento se desvanece pronto si no está impulsado por un buen corazón.

Dedicó Juan Bosch toda su existencia laboral a dos actividades desde las cuales pensó echarle una mano a su pueblo: Literatura y política. Pronto en su devenir existencial descubrió que tanto en la una como en la otra se dejan las lágrimas en la casa. Como si jamás le hubiera pasado nada, nunca lloró en público ni en privado las adversidades consustanciales a su apego al bien y la verdad.

Tanto en Cuba como en cualquier país del llamado primer mundo, el niño que a temprana edad presencié junto a su hermanito desde debajo de un piso el hecho atroz de la decapitación de otro ser humano, merece y recibirá del Estado ayuda sicológica para salir a camino.
A Juan Bosch le tocó presenciar junto a su hermano Pepito la escena espantosa que narrada aparece en las cuatro líneas que preceden a este párrafo. Nunca vio un sicólogo, ni lo había en aquellos tiempos en el país dominicano. Papel importante jugó sin duda en favor suyo, y en favor de su hermano Pepito, la circunstancia de no haber tenido en el hecho participación de clase alguna distinta del infortunio de haberlo presenciado.

Hace ya largos meses que el compañero Víctor Tirado apareció en casa atormentado por el recuerdo inmediato de haber presenciado en la terminal de Union Station en Washington, DC, cómo a escasos metros de donde él estaba un pasajero de elevada estatura y marcada obesidad se había ido de bruces escaleras mecánicas abajo con resultados a todas luces traumáticos para su salud. Minutos después de haber presenciado el doloroso accidente, Víctor no le podía al recuerdo estremecedor de la angustia recién vivida: “Cálmate”, le pedí, “te ayudará a disipar la horrible vivencia la certeza de no estar vinculado en sentido alguno a su ocurrencia; así como no haber estado al alcance de tu mano impedir el accidente estremecedor”.

Muchísimo menos espantoso, desde luego, el desgraciado accidente presenciado por Víctor que el vituperable y deshumanizador crimen que les tocó presenciar de niños a Pepito y a don Juan, quienes tuvieron que ver la salvajada inenarrable de una cabeza humana que saltaba en el suelo para ignominia y mancha indeleble de la humanidad que nos contiene, y un cuerpo decapitado en el acto por un guardia constabulario al servicio de sabe Dios qué caudillo de la época. El crimen abominable había sido puesto por obra en la persona de un adolescente indefenso apresado en el colmado de enfrente. El cuerpo trepidante de la víctima trató en vano por instinto de dar un paso que lo condujo sin remisión al suelo. Su propio bracito infantil para la época es el marco de referencia que usa el compañero Juan para describir el grosor del borbotón luctuoso de la sangre que brotaba del cuello recién cercenado del joven asesinado de manera tan brutal. Un crimen neandertal, un crimen cromañónico, un crimen carpetovetónico en pleno segundo decenio del siglo XX.

En su largo interrogatorio hipotético con deliberada intención biográfica, Matías ha echado la zapata para ceñir a la verdad inapelable cualquier intento posterior. Ese hecho vale mucho para todos los que deseamos que el buen país de los dominicanos sepa un día lo que por él hizo Juan Bosch.

Queda pues de manifiesto nuestra deuda con Matías por tan encomiable trabajo. Lo dice un lector que no puede reunirse con él porque a poco se discuten entre sí; pero tan pronto nos distanciamos dos metros el uno del otro empezamos a querernos de nuevo. Ambos afectos convergen sin duda en la imponderable figura del abuelo grande, cariñoso y abnegado que tuvo Matías, y del incomparable líder, amigo y maestro que tuve yo. Hablamos de afectos primigenios y genuinos al mismo hombre. Bendita sentencia. Bendito lazo imperecedero. Para demostrarlo le pedí a Matías y obtuve de él una mañana permiso en el comedero El Malecón de la avenida Broadway en NYC para hacerle saber a la camarera Erika que él era nieto de Juan Bosch. Bastó y sobró. Simple comprobación de hasta qué punto somos todos legatarios universales de las mandas políticas, éticas y literarias que nos impone el inconmensurable sacrificio de aquel hombre irrepetible.

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