Hablan los hechos

Prudencia en el ejercicio del poder.

Una vez dijo José de San Martín: “La soberbia es una discapacidad que suele afectar a pobres infelices mortales, que se encuentran con una miserable cuota de poder”.

Aunque de difícil digestión, dicha reflexión nos recuerda el lado oscuro de la soberbia, una (in)conducta humana que analizamos con anterioridad, y cuyas características pueden ser comprendidas a través del síndrome de Hybris.

En el extremo opuesto, sin embargo, nos topamos con la prudencia, virtud ampliamente valorada que implica, entre otras cosas, obrar con cordura, buen juicio, precaución y sabiduría. De hecho, la importancia de la prudencia en nuestro diario accionar, es tal que se le refiere como la más importante entre los cuatro principios cardinales, seguida por justicia, la fortaleza y la templanza.

Según la etimología de la misma, esta palabra encuentra su origen en el término del latín “prudentia”, que aconseja actuar con comedimiento y apelando a la reflexión, con el propósito de sopesar los posibles efectos de decisiones que puedan afectar los derechos de los demás. En esa misma línea, pero retrotrayéndonos a una fuente más antigua, la prudencia era representada en Egipto como una “serpiente de 3 cabezas”, que encarnaban a un lobo, un león y un perro.

Lo interesante de dicha ilustración, era que para los egipcios toda persona que quisiera obrar de un modo prudente, debía ser capaz de conciliar la astucia de la serpiente, la agilidad de un lobo, la fuerza y coraje del león, y la paciencia de un perro. De lo anterior podríamos extraer que siempre hay que ser conscientes del terreno en que nos desenvolvemos, calibrando en cada toma de decisión nuestras propias limitaciones, potencial, oportunidades, y las consecuencias futuras de nuestros actos.

Esto adquiere una dimensión especial en el ejercicio de la política, sobre todo en lo que concierne al perfil de un gobernante. En efecto, la prudencia ha sido históricamente una cualidad atesorada por todo estadista que valore la estabilidad, bienestar y progreso de su nación, para lo cual sus decisiones son comúnmente acompañadas de características cultivadas como la humildad, en especial en lo referente a saber escuchar y dejarse aconsejar.

Una frase tradicional, que quizás pueda ser referenciada como un auténtico ejemplo de obrar con prudencia, es la que reza: “hay que aprender a ser humilde en el triunfo, grande en la derrota”. Su aplicación en el ámbito político, especialmente en un contexto electoral, suele ser una garantía de futuros entendimientos, concertación y gobernabilidad.

Un aspecto reseñable dentro de la prudencia en el accionar político, tiene que ver con la capacidad de discernir entre el bien y el mal, entre lo políticamente correcto o lo políticamente conveniente. Una abre las puertas a los atajos del oportunismo, mientras la otra reconoce límites propios y constitucionales, al tiempo que aspira a trascender más allá del contexto que le rodea.

Resulta evidente que toda acción imprudente genera rechazo, desconfianza y resentimiento social, sobre todo cuando se sustenta en la manipulación interesada de grupos particulares, por sobre el interés general. A su vez, un ejemplo de esto a lo interno de las organizaciones políticas se da en aquellas decisiones motivadas por el rencor, sentimiento de venganza, egoísmo, y ambición de determinados sectores, que tienden a producir tensiones internas en detrimento de la convivencia partidaria.

En esencia, es un deber de todo actor político con vocación de servicio y sentido de historia, reflexionar sobre la necesidad de apelar a la prudencia cuando el alcance de sus decisiones trasciende su propia orbita de influencia, afectando el devenir de la sociedad. Por ello, el buscar imponer una decisión por encima de circunstancias y variables políticas desfavorables, resulta en un lesivo acto de imprudencia de consecuencias insospechadas.

Si lo limitamos al escenario local, resulta evidente que estamos asistiendo a un período crucial para la configuración del escenario electoral, de cara a las elecciones generales del 2020. Ahora se hace más necesario que nunca apelar a la prudencia, a sabiendas de que es el único camino que facilitará el entendimiento, el respeto a las reglas de juego y la primacía de la verdad.

En nuestra nación siempre se hace alusión al “liderazgo”, pero quizás valga recordar lo que reflexionara Confucio cuando advirtió: “El buen líder sabe lo que es verdad; mientras un mal líder solo conoce lo que se vende mejor”.

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