Hablan los hechos

(Análisis de Prensa Latina)

El 2019 transcurrió para Rusia y Estados Unidos sin la más mínima tregua para la distensión, pues Washington aumentó las sanciones unilaterales y reforzó el diferendo con este país sobre desarme, en Siria, Ucrania e incluso América Latina.

La vocera de la Cancillería rusa, María Zajarova, indicó en su momento que sólo desde 2014, la Casa Blanca aplicó al menos 50 rondas de sanciones unilaterales contra esta nación euroasiática, bajo los más disimiles pretextos.

Primero fue la supuesta injerencia rusa en los comicios presidenciales norteamericanos o, en general, en su política interna; después la supuesta responsabilidad de Moscú en el ataque químico contra el exagente Serguei Skripal; luego los ciberataques y, por último, la ayuda militar a Siria.

En todos los casos, esos pretextos fungieron como membretes de una página en blanco, bajo la cual se podía pegar cualquier texto, es decir, cualquier restricción, por cierto, en muchos casos, con fines económicos.

Washington dirigió su política de sanciones contra el sector energético ruso que, pese a las medidas punitivas de Occidente, construye los gasoductos Torrente Norte 2 y Torrente Sur, mientras que inauguró el ducto Fuerza de Siberia con China, para con ello diversificar su oferta.

Además, Rusia desarrolló con más fuerza la industria e infraestructura de producción de gas comprimido que se acerca a un punto donde los especialistas consideran podría competir con Estados Unidos y Qatar en ese mercado de alta tecnología.

La presión estadounidense en la esfera energética fue más clara en el caso de la construcción del Torrente Norte 2, en medio del creciente interés de Washington de abrirse paso en el mercado europeo con la venta del gas de esquisto, en su versión comprimida, para desplazar a Rusia.

Estados Unidos también empleó sus sanciones no solo contra las empresas rusas de la industria militar, bajo el supuesto argumento de que están presentes en Crimea o por su ayuda a Siria, sino también contra países deseosos de adquirir el moderno armamento ruso.

Tales fueron los casos de Turquía, por su compra de S-400, como mismo ocurrió con Arabia Saudita y la India, como los de Egipto e Indonesia, con intenciones de adquirir los nuevos cazas multifuncionales pesados rusos SU-35, empleados con éxito en Siria.

Además, Estados Unidos conminó a Europa para imponer sanciones contra Rusia, cuyo gobierno aplicó en 2014 contramedidas que hicieron caer el intercambio comercial con Europa de más de 417 mil 250 millones de dólares a 250 mil millones.

Sin embargo, resulta curioso que Estados Unidos, principal motor de las sanciones unilaterales contra Rusia, apenas bajó de 27 a 25 mil millones de dólares en su intercambio comercial con Rusia en ese lapso.

El diferendo, considerado por el ministro ruso de Asuntos Exteriores, Serguei Lavrov, más tenso que en tiempos de la Guerra Fría, pasa también por el tema del desarme, en especial, por lo relacionado con el Tratado de Armas Nucleares de mediano y corto alcance (INF).

Rusia se vio obligada a suspender su participación en el INF, después que la Casa Blanca había prometido hacerlo en agosto si el Kremlin se negaba a cumplir con su demanda de eliminar el misil empleado ahora por el complejo coheteril táctico Iskander, desplegado en Kaliningrado.

Moscú asegura que el Iskander apenas llega a los 470 kilómetros de alcance, mientras que Washington insiste en que este sobrepasa los 500 kilómetros y por ello viola el INF, el cual estipuló la eliminación de todos los misiles del referido rango hasta cinco mil 500 kilómetros.

El INF es el penúltimo paso en la eliminación paulatina por la Casa Blanca de todos los mecanismos de control del desarme global y de la reducción de las tensiones sobre un conflicto nuclear en el orbe.

Solo queda el Tratado de Eliminación y Limitación de Armas Nucleares Ofensivas (Start-3) que por el momento Estados Unidos muestra cero interés en discutir su prórroga a partir de febrero de 2021.

El Start-3 limita a 700 el total de portadores terrestres, navales y aéreos para un techo de mil 500 ojivas nucleares por cada parte.

Pero las diferencias de ambas naciones también pasaron por Siria, donde Estados Unidos mantiene su ilegal presencia militar y por Ucrania, cuando pareciera ser el país norteño el que dirige u orienta la política exterior de Kiev en sus relaciones, sobre todo, con Rusia.

Al mismo tiempo, pese a las acusaciones, sin prueba alguna, de la presunta injerencia de Rusia en comicios estadounidenses, fue en Ucrania donde aparecieron signos de que, a través de funcionarios ucranianos, el actual inquilino de la Casa Blanca intentaba influir en las presidenciales norteamericanas.

Otro punto que marcó el diferendo de Rusia y Estados Unidos fue la decisión de este último de incluir a esta nación euroasiática, junto a China, en su doctrina militar como uno de los principales enemigos y amenazas para el país norteño.

La única oportunidad de un diálogo directo entre el presidente ruso, Vladimir Putin, y su similar estadounidense, Donald Trump, fue la cumbre del Grupo de los 20, en Osaka.

Una reunión de media hora en la ciudad japonesa dejó muchas cosas pendientes por resolver entre Washington y Moscú, sobre todo, por la insistencia de Trump de incluir a China en el INF o en negociaciones para rubricar un acuerdo similar de control de armamentos.

El último acorde de la difícil música de los nexos ruso-estadounidenses fue el encuentro en Washington de Lavrov, con su similar norteamericano, Michael Pompeo, y con el mandatario estadounidense, Donald Trump, donde se intentó buscar un área para el trabajo conjunto.

Lavrov explicó que en las pláticas se reconoció la existencia de muchos problemas en el orbe, se constató la necesidad de una solución diplomática en Siria y se acordó evitar una escalada de la crisis tras salir Estados Unidos del Plan General de Acción Global sobre Irán.

El jefe de la diplomacia rusa constató, sin embargo, la insistencia de Washington en hostigar la construcción de los gasoductos Torrente Norte 2 y Torrente turco, así como en acusar a Rusia de injerencia en los asuntos internos norteamericanos.

Así, 2019 concluyó casi con más deuda que cuando empezó en cuanto a la perspectiva de una salida de la crisis en las relaciones entre las dos mayores potenciales nucleares del orbe.

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