Opinión

DESCUBRIMIENTO, CULTIVO Y COSECHAS DEL INCONSCIENTE

Obviamente, las obras de Iván Tovar son casi siempre juego, divertimento, y creo que ahí reside su genio principal: en esa libertad mental de dejar que mano, mente, colores y formas se pierdan por las maravillas del inconsciente y como el mejor de los magos, nos regalen esos ilógicos paisajes interiores, inconcebibles para el pensamiento lógico, pero muy ciertos y encantadores para el creativo. Logró así el ideal surrealista, quizás llegando más lejos que todos los maestros de ese emblemático movimiento artístico.

Aprendió a viajar por esa maravillosa maraña señalada por el dedo del genio del maestro Sigmund Freud, y que permitió a los artistas franceses e italianos, y luego de todo el mundo, ingresar a esos nuevos territorios y paisajes de un nuevo mundo mental. Revolucionaron el universo creativo en una aventura equiparable a la de Cristóbal Colón cuando descubrió sin descubrir que lo descubrió e hizo que los pobladores originarios del Nuevo Mundo descubrieran lo que él les descubrió, valga el trabalenguas.

Es decir, el padre del psicoanálisis nos hizo conocer el campo de juego (inconsciente, el subconsciente, consciente) y los maestros surrealistas lo conquistaron y cultivaron y dieron existencia física eterna a los extraños seres que trajeron como resultado de sus viajes a esa onírica, alucinada, loca y enajenada zona. Ampliada luego por los estudiosos de la Gestalt y los genios de la Programación Neurolingüística, (conocida como PNL) quienes enriquecieron la cosecha al explorar otro Nuevo Mundo Mental o Hemisferio Psíquico, penetrando abisales áreas de las caras ocultas del planeta psicológico, tan útil para el análisis de la conducta humana y el aprendizaje a manejar los estados interiores y exteriores de la gente.

Es claro que esas profundidades, esas simas y cimas habían sido visitadas ya por los grandes maestros científicos y creadores de la antigüedad, edad media, renacentistas, barrocos, clásicos, premodernos, pero eran visitas inconscientes, sin saber todavía dónde estaban ni cómo se llamaban aquellas claras oscuridades a las que eran arrastrados por sus sueños, locuras, alucinógenos, o la simple inspiración.

EL DIVERTIMENTO EN OTROS ARTISTAS

Son muchos los que usan, de vez en cuando, la sola diversión como arte. Muchos llamaron a esas piezas con el mismo calificativo: divertimentos. Típicos resultados de cuando el músico, escritor, dramaturgo, coreógrafo u otro descansan libres del deber de complacer al príncipe en su cumpleaños o al comerciante cultural, quienes les pagan lo que necesitan para comer, parrandear y cumplir sus compromisos sociales, económicos familiares o profesionales.

Por eso, me pregunto: ¿y si el autor no buscaba lo que halla el analista? ¿Si pasa como con Gabriel García Márquez, quien señalaba que los críticos veían en “Cien Años de Soledad” un sarcasmo a las atrasadas sociedades latinoamericanas, pero que él simplemente escribió una novela sobre la historia de una rara familia de gente solitaria?

A mí, por mi parte, me gusta hacer el ejercicio de interpretar las obras tratando de descubrir lo que pensó el artista al momento de crearlas. Con frecuencia apuesta a inventar algo que responda al reclamo de Julio Cortázar a los escritores latinoamericanos: divertirse, salir de casillas académicas o políticas, olvidar la seriedad de llevar ideas, valores, y simplemente solazarse en solazar al lector escribiendo o pintando lo que les dé su real gana, valga o no valga para ideologías, premios, academias o comercio de industrias culturales.

NEGOCIO IDEAL DEL ARTISTA: VENDER, DIVERTIRSE Y DIVERTIR

Si lo hacen, pueden encontrar a lectores y espectadores que, dentro de la libre elección de la sociedad, quieran disfrutar esos divertimentos de Tovar, Miró, Picasso o Cortázar, García Márquez, Gómez de la Serna o Bach, Mozart, Chopin. Aunque, tal vez, la mayoría de los millonarios que las compren no lo hagan por eso sino simplemente porque los críticos han visto en esas obras lo que quieren ver sus ojos cubiertos de lentes culturales, académicos, sociológicos, psicológicos y de marketing.

He aquí el negocio ideal para esos artistas: lograr complacer a críticos y comerciantes, y vender sus piezas; y al mismo tiempo haberse divertido en divertir a espectadores lúdicos como yo, que solo quieren jugar, divertir el imaginario y el sentir, solazarse en un momento en que no quiera pensar en la fama del que pintó ni el precio del cuadro o el libro, ni le interese dar cátedras en reuniones de alta sociedad sobre por qué goza con las obras, sino simplemente disfrutar el hedónico placer de ver, oír y leer.

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