Opinión

¿Tendrá razón Borges en no soportar a Tolstoi y Dostoyesky?

El poeta y periodista argentino Esteban Peicovich autoretrató excelentemente a Borges a través d sus propias palabras en su libro titulado “Borges, el Palabrista”, colección de citas notables del genial maestro porteño, quien pidió ser enterrado en Ginebra, “con el expreso fin de que la gente no fuera a pensar que soy argentino”. Debo aclarar, estimad@s lector@s, que el entrecomillado es un invento humorístico mío. Aunque es muy propio del maestro de las letras, que era descarnado, irreverente gracioso. Lo muestra esta burla a sendos famosos narradores rusos de feos apellidos.

Aquí va la cita exacta, pues su ingenioso despropósito me motivó a ir a mi biblioteca a copiarla al pie de la letra. Sabía que si me proponía deformarla para divertirme no lograría el encanto que contiene. Veamos la burla de genio a genios:

“Empecé a leer ‘Guerra y Paz’, y de repente me di cuenta de que los personajes no podían interesarme. También de Tolstoi he leído algunos cuentos… pero me veía a mí mismo haciendo un esfuerzo. Y no me gusta eso cuando leo. Es decir, si leo un libro de matemática, o psicología, o ciencia, entonces debe ser así, pero con una novela o un cuento no deseo esforzarme. Quiero divertirme. No veo la razón por la que un escritor de cuentos o de novela deba causar ningún problema. Recuerdo que George Moore dijo que Tolstoi hizo la descripción de doce hombres de un jurado tan minuciosamente que, al llegar al cuarto, ya había olvidado todo sobre el primero. Y añadió que seguramente Tolstoi cuando escribía una novela se despertaba por las noches y decía: ‘Bueno, todavía no he escrito nada sobre una carrera de caballos, ni hay la descripción de un baile ni nadie que juegue a las cartas’. Y eso no está bien, desde luego. Si tuviese que elegir entre la literatura inglesa o la literatura rusa, entre Dickens o Dostoyevky elegiría a Dickens”.

Esto nos prueba que no solo de jóvenes autores vive el disgusto ante algunos creadores.

Entonces, me pregunto: ¿Cuáles factores hacen que un texto hecho para gozar no pueda transportar a ese distinguido y avezado lector en vuelo por los altos montes del placer, o hacerle nadar entre las estigias aguas del vinoso ponto, o embelesarlo como los cantos de las sirenas al preclaro Odiseo?

QUIZÁS UNA FALACIA REPETIDA IMPIDA VER LA VERDAD

Las razones falsas o verdaderas por las que a Borges no soporta a estos prestigiados narradores rusos es un tema digno de discutirse entre autorizados críticos y creadores en busca de la causa perdida de este propósito o despropósito, acierto desacierto.

Quién sabe si le ocurra algunos de los fenómenos mencionados en mi artículo anterior: problemas personales que inciden en el gusto del lector, la preferencia de un estilo de escritura o escuela literaria sobre a otra.

O, (aunque parezca un anatema decirlo) simplemente porque tal vez ambos autores no son tan grandiosos como la repetida tradición ha establecido. A lo peor resulte que la mayoría de personas tampoco los soportan, pero temen confesar que no gozan leyéndolos por temor de ser calificados de incultos, maleducados, lerdos o de pésimo gusto.

Entonces, tal vez ocurre con las preferencias literarias algo parecido a lo que pasa muchas veces en la ciencia y la opinión común de los humanos: la tesis de Goebels; es decir, que una mentira se repite de forma tan constante y persistente que nadie se atreve a cuestionar lo que todo el mundo afirma como verdad de Perogrullo, pero que en sus adentros niega y sufre.

A propósito de esto, recuerdo el cuento aquel que está, me parece que en las “Mil Noches y Una Noche”, en la que el más destacado diseñador de modas de la corte presenta públicamente al rey vistiendo el nuevo traje que ha creado para él. Habla de su fina tela, perfectas costuras, corte con hermosas líneas e innovador y revolucionario estilo nunca visto. El efecto de la autoridad del brillante artista hace que todo el mundo crea lo que dice, a pie juntillas, de forma absoluta. Y los presentes solo salen del encantamiento, de la falsía, cuando un niño dice:

–Pero yo no veo el traje que usted dice. El Rey está desnudo.

Volvamos a estos autores, a ver si Borges necesitaba psiquiatra.

Seguiremos el tema.

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