Opinión

Notas de humor sobre el afán de fotos con famosos

ENCUENTRO CON EL CANTANTE MEXICANO ENMANUEL

Después de presentarse en nuestro país, el gran cantante Enmanuel esperaba su vuelo en el Aeropuerto Internacional de las Américas. Muchas jóvenes viajeras lo abrazaban, besaban, pedían fotos con él, y buscaban papelitos para que les grabara autógrafos.

Estaba asediado con aquel furibundo ataque de sus fans entregadas, enfebrecidas, locas. Casi le pasa como al famoso intérprete argentino Sandro, a quien le mordieron los labios hasta sangrar, en una playa dominicana.

Hubo una hermosa joven mulata que no se interesó en acercarse al cantante azteca. Entonces, al observar ese detalle, él levantó la cara por sobre la multitud de seguidoras, y le dijo: “Joven: ¿Usted no quiere autógrafo y foto conmigo?”. Ella le respondió: “Enmanuel: Me encantan tus canciones, pero no estoy en eso”. Entonces le insistió: “Pero ven, bella, que soy yo quien está interesado en darte un autógrafo y fotografiarme contigo”.

En esa actitud salía a relucir una de las características de los seres humanos: Buscamos más a quien no nos pide cosas ni nos anda detrás. Es decir, el desinterés puede ser tan atractivo como el interés.

FOTOS CON CARLOS FUENTES

Ya he contado lo ocurrido con don Carlos Fuentes, el excelente novelista, cuentista, ensayista y antropólogo mexicano. La Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra convocó al acto en que le otorgó el doctorado honoris causa, en ocasión de estar aquí invitado por los organizadores de la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo. Estuve presente. Al finalizar la parte protocolar vino el brindis. Ahí le fueron encima escritores, profesores, público en general, al gran autor a pedirle fotos con él, autógrafos y dedicatorias de libros.

Yo, como de costumbre, nunca busco fotos con los famosos. Entonces, solo fui a saludarlo y comentarle sobre cosas que me gustaron en su novela “Terra Nostra”, y otros textos suyos.

Enseguida me despedí, y me dijo: “No te vayas. Sigamos conversando”. Evidentemente, estaba asediado por tanta gente tras él, y la conversación conmigo era como un descanso.

Luego se produjo una graciosa curiosidad. Que la poeta Romina Bayo nos fotografió sin que nos diésemos cuenta don Carlos y yo. Vine a saberlo unos años después, cuando con motivo del lamentable deceso del maestro de las letras, ella se acordó de las fotos y me las envió.

TIENEN DERECHO A FOTOGRAFIARSE, Y YO A CRITICARLOS

No le veo sentido a fotografiarse con una persona famosa que ni siquiera recordará que estuvo junto a uno. Pero les reconozco el derecho a buscar fotos, autógrafos y dedicatorias de famosos a todos que aman esa vanidad. Y así espero se me reconozca a mí el derecho de criticarlo y convertirlo en motivo de buen humor.

Muchos jóvenes escritores (y no tan jóvenes) son generalmente enfermos por atesorar imágenes junto a personalidades reconocidas y escritos de su puño y letra. Pueden servirles como vanidad personal ante sus hijos, nietos, etc. Pero de poco valdrá si el famoso no tiene ni mínima idea quién se fotografió con él.

No le veo importancia a eso. Por ello, me reuní e interactué con Juan Bosch casi diariamente por 10 años consecutivos. Primero como redactor y luego cuando pasé a dirigir el periódico Vanguardia del Pueblo. Nunca le pedí foto, autógrafo ni dedicatorias.

Solo tengo un libro dedicado, y fue por solicitud de él. Al visitar la oficina del semanario del Partido, vio en la mesa su libro “De Cristóbal Colón a Fidel Castro: El Caribe, Frontera Imperial”. Dijo: “Oh, qué bueno que están leyéndome. ¿De quién es este ejemplar?”. Le respondí que mío, y dijo: “Voy a dedicártelo, Juan Freddy”. Con estas hermosas palabras: “Al poeta Juan Freddy Armando, de su lector Juan Bosch”.

Ni siquiera me interesé por fotografiarme con las personalidades que vinieron a celebrar de el 70 cumpleaños de Bosch: García Márquez, Guillén, Otero Silva, Debrait. Eso, aun sabiendo que si hubiese pedido esas fotos, las obtendría.

Igual, en una Feria Internacional encontré al gran poeta Juan Gelmán sentado solo en una mesa del Bar del Teatro Nacional. Le pedí me permitiera sentarme junto a él y hablar de su poesía. Asintió con mucha cortesía, y disfrutamos la conversación. Luego vinieron sus anfitriones, y se lo dejé.

Días después, me preguntaron por qué no me fotografié con él. Les respondí: “¿Para qué?”

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