Hablan los hechos

Caos en democracia

Por: Luis Beatón

A pocos días del final del mandato del presidente Donald Trump, los confidentes más cercanos y los funcionarios republicanos consideran medidas drásticas para detenerlo luego de una jornada violenta y sangrienta que conmocionó a Estados Unidos y al mundo.

Crece la certidumbre de que el asalto al Capitolio, sede del Congreso, el 6 de enero para evitar la confirmación de Joe Biden como presidente, fue una obra inaudita y macabra incitada por Trump, quien horas antes en un acto con seguidores estimuló a desconocer los resultados de las elecciones del pasado 3 de noviembre.

La irrupción en el Legislativo dejó un saldo de al menos cinco muertos, 14 heridos y 52 detenidos.

La gravedad de los hechos creó un panorama para avanzar medidas que incluyen la censura, el juicio político o la invocación de la 25 Enmienda, un movimiento, largamente desestimado como una fantasía liberal, en el que el vicepresidente Mike Pence intervendría si se encontrara a Trump incapaz de cumplir con sus obligaciones.

Muchos funcionarios renunciaron a sus cargos y reniegan de su lealtad al mandatario. Con su dimisión este jueves, la secretaria de Educación, Betsy DeVos, es la número 12 en apartarse del Gobierno de Trump tras los sucesos en el Capitolio.
Hay preocupación sobre si el país puede soportar otras dos semanas con Trump al timón, y qué caos y división adicional podría sembrarse.

En este escenario, los principales medios de prensa condenaron las acciones violentas de grupos incitados por el presidente contra la sede del Congreso.

De acuerdo con el diario The New York Times, lo que se desarrolló fue un cuadro de violencia y caos que conmocionó a la nación.

The Washington Post señaló que la presidencia de Trump termina en una carnicería a la cual prometió poner fin en su toma de posesión en enero de 2017.

El 5 de enero, Georgia ratificó la derrota del actual ocupante de la oficina oval con la elección de dos demócratas al Congreso para dar mayoría a esa agrupación y facilitar la futura agenda de Biden.

De esta forma el fiasco es total: perdió no solo la presidencia, sino también las dos cámaras del Legislativo.

Realmente a Trump no le queda más que hacer. Tuvo que admitir su derrota y aceptar, a regañadientes, la transición. El pleno del Congreso oficializó a Biden en la madrugada del 7 de enero como el mandatario 46 del país, pese a fallidos intentos de algunos republicanos por anular los comicios aduciendo un “fraude g e n e r a l i z a d o”.

El voto de los legisladores estuvo antecedido por la histórica elección en Georgia que daría el control del Senado y que muchos expertos calificaron de “sísmica” por su implicación para el entramado político de la nación norteña.

Un empate 50 a 50 daba a los demócratas la posibilidad de que la vicepresidenta Kamala Harris inclinara la balanza por los del partido que se identifica con el color azul, lo cual, sin dudas, allana el camino para la implementación de la agenda del mandatario entrante.

En este escenario, Trump era el elefante en la habitación y rompió la vajilla al impulsar el caos en el país. Hoy miembros de su partido, antes seguidores leales, lo consideran 100 por ciento culpable del fracaso de los rojos y de la impensable violencia desatada en Washington DC.

Para algunos observadores, el presidente 45 será pronto el amargo recuerdo de alguien que trató de crear una crisis constitucional y puso a Estados Unidos al nivel de los que ellos llaman una “república bananera”, término con el cual se refieren despectivamente a otros países a los que intentan exportar o imponer modelos.

Sin anticipar lo que vendrá hasta el 20 de enero, y después de una jornada sangrienta, ni la renuncia salvará a Trump. La Constitución estadounidense establece que un presidente “será destituido de su cargo si es acusado en juicio político y condenado por traición, soborno, u otros crímenes o delitos graves”. Para la mayoría él es culpable.

En cuanto a la insurrección —término empleado por Biden para tildar los hechos— fue la primera vez que el Capitolio de Estados Unidos era invadido desde que los británicos atacaron e incendiaron el edificio en agosto de 1814, durante la Guerra de 1812, según datos históricos.

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