Opinión

Ritmo circadiano

Todo lo que sentimos al ver aurora son expresiones de las neuronas

El 28 de diciembre de cada año la comunidad católica conmemora el Día de los Inocentes. Fue tres días después del nacimiento de Jesús cuando Herodes, rey de Judea, ordenó la decapitación de los recién nacidos, pensando que así lograba deshacerse del nazareno. Para ese día, pero en 1968, este servidor volaba a Chicago, la ciudad de los vientos, lugar donde haría mi entrenamiento en patología, estableciendo allí una nueva residencia.

De un soleado y casi siempre veraniego clima caribeño, pasaba bruscamente a una heladora climático-invernal del Medio Oeste estadounidense. Recuerdo la fría y jamás vivida nevada noche que me recibió con un saludo que hizo estremecer y crujir a mi esqueleto juvenil. A partir del siguiente día, semanas y meses venideros no volverían mis ojos a recibir el impacto de los rayos solares.

Sería el primer Año Nuevo fuera de mi adorada Quisqueya, así como el primer crudo invierno estadounidense. No puedo negar la honda pena que la ausencia del astro rey causó en mi espíritu acostumbrado a certificar los amaneceres y la mañana con la aparición del sol.

Medio siglo más tarde el doctor Ravi Allada, patólogo, neurobiólogo y genetista de la universidad de Northwestern, Chicago, acompañado del galeno, endocrinólogo Joseph Bass, así como del editor de la revista científica The New England Journal of Medicine, publican en dicho medio un artículo de revisión titulado: Mecanismos circadianos en medicina. Narran que el primer ser biológico capaz de sentir, medir y expresar los efectos de los rayos solares en su reflexión sobre el rotante planeta tierra fue una eubacteria fotosintética.

La evolución de estas bacterias coordinada con la gran expansión del oxígeno atmosférico hace ya unos tres millones de años, ligó la respiración a los ciclos circadianos de cada uno de los reinos de vida. Veinte mil neuronas conviven en el núcleo supraquiasmático de la región hipotalámica del cerebro cuya función es servir como marcapaso de los efectos de la luz en el control del sistema neuroendocrino.

Traducido al lenguaje sencillo todo lo que sentimos viendo la aurora, el amanecer, la mañana, mediodía, atardecer, anochecer, primavera, verano, otoño, invierno, lluvia, sequía y tormentas son expresiones de esas neuronas y células gliales emparentadas con las antiguas eubacterias fotosintéticas.

Ese reloj biológico solar interviene en la función del sistema natural de defensa inmunológica, en la mecánica muscular, en el manejo de los depósitos de grasa, labores del hígado, trabajo cardíaco, presión arterial, riego vascular, producción de orina por el riñón, función del páncreas en la combustión de azúcares a través de la producción de insulina, la absorción de los alimentos en los intestinos, la secreción de cortisol por parte de las glándulas suprarrenales, sin olvidar el importantísimo rol del cerebro como coordinador central de todas las actividades corporales y estados anímicos.

La comprensión del ritmo circadiano permite entender mejor los mecanismos responsables de los trastornos del sueño, muchas enfermedades psiquiátricas y afecciones neurodegenerativas comunes; infecciones, inflamaciones, dolencias cardiovasculares muestran variaciones circadianas. Los males reumáticos y la osteoartritis guardan una estrecha relación con la temporalidad rotativa solar alrededor del cuerpo humano.

Existen evidencias de los beneficios que resultan cuando se ajusta la administración de ciertos medicamentos y terapias tomando en consideración si se ingieren o aplican durante el día o en la noche. Esto último está siendo comprobado a nivel molecular.

Cincuenta años después comprendo la tristeza de mi primer invierno estadounidense y ahora del encierro covidiano.

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