Opinión

Transcurría el pasado siglo XX cuando los divinos rayos solares estimulaban los conos y los bastones retinianos de nuestro poeta nacional don Pedro Mir y hacían que su cerebro estallara en palabras diciendo: “Hay un país en el mundo/ colocado en el mismo trayecto del sol./ Oriundo de la noche./ Colocado en un inverosímil archipiélago/ de azúcar y de alcohol./ Sencillamente liviano,/ como un ala de murciélago/ apoyado en la brisa./ Sencillamente claro,/ como el rastro del beso en las solteras antiguas…”

Ese mismo país lo ven y lo contemplan distintos visitantes de otros continentes a quienes les atraen nuestras bellas playas caribeñas doradas que circundan nuestra geografía; conjuntamente con su gente afable y receptiva.

De repente, abriendo la tercera década del siglo XXI se aparece sin pasaporte, ni previa invitación un turista indeseado, el coronavirus, quien como hada maldita paraliza cada actividad social que toca. De hecho, paralizó nuestra gran industria sin chimenea y puso en jaque a la dependiente economía nacional.

Y precisamente al cumplirse un año de la obligada y dolorosa cuarentena sanitaria se produce el deceso de un envejeciente ciudadano del antiguo continente europeo. El procedimiento de rutina consiste en repatriar los restos del extinto y para ello se sigue todo un protocolo de rigor.

El fenecido era de etnia caucásica y había sido sometido recientemente a la amputación de una pierna. La operación puede hacerse cortando el miembro tanto por encima como por debajo de la rodilla.

Los familiares solicitaron por razones religioso-culturales que el miembro inferior cortado fuese anexado al cadáver para la posterior inhumación. Al momento de la autopsia el Instituto Nacional de Patología requirió la pieza quirúrgica para anexar al difunto. Atendiendo al pedido, el establecimiento de salud accedió a enviar el espécimen solicitado.

Como si por arte de magia resucitara Gabriel García Márquez en Macondo para reeditar sus cien años de soledad, haciendo que Melquíades extrajera del sombrero mágico una extremidad inferior y la depositara en la mesa de necropsia.

Sin embargo, hubo una falla que no se tuvo en cuenta. En medicina forense se exige una cadena de custodia para el envío y recepción de pertenencias.

Quien recibió la encomienda solicitada notó en lo inmediato que al anciano blanco se le agregaba la pierna de un negro.

Para agravar la situación se entregaba un pie contralateral al operado. Tampoco correspondía con el nivel del corte quirúrgico. En otras palabras, esa pierna no correspondía a ese muerto.

El silencio cómplice de la incineradora tenía la llave secreta para desentrañar el misterio de lo sucedido. En plena Era de la nanotecnología, pretender pasar un muerto, órgano, tejido, célula o material biológico como perteneciente a otro es ignorar que existe la analítica de ADN con prueba de PCR.

En muy corto tiempo el engaño salta a la vista y el descrédito y una posible demanda internacional son reales consecuencias de una falta ética en la práctica médica.

No matemos la gallina de los huevos oro, a pesar de la pandemia las empresas turísticas lograrán recuperarse; no así el prestigio profesional cuando se falsifican o desaparecen miembros de una persona sin que se den las lógicas explicaciones pertinentes.

La verdad científica debe ser el norte que guíe una buena práctica médico legal, alejarnos de esa base nos puede sacar del juego y el país salir perjudicado. Seamos transparentes y veraces para bien de la nación.

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