Hablan los hechos

La recién concluida visita apostólica del papa Francisco a Iraq quedará registrada en la historia como una de las más significativas en los ocho años de su pontificado.

La primera estancia de un sumo pontífice en aquella nación árabe concitó una atención mediática sin precedentes por el clima de violencia e inestabilidad política prevaleciente allí en las últimas décadas, muy acentuado tras la invasión estadounidense en 2003.

A esas circunstancias se unió la tragedia mundial de la pandemia por la Covid-19, lo cual contribuyó a incrementar la percepción de riesgos y la aplicación de medidas de seguridad más rigurosas que de costumbre, con restricciones de acceso a lugares y de las usuales aglomeraciones.

La fraternidad religiosa fue el tema central de la visita emprendida por Francisco el 5 de marzo como “peregrino de la paz” en la cuna de Abraham, referente común para judíos, musulmanes y cristianos.

Las cuestiones ligadas a ese asunto y a la amistad social han estado siempre entre mis preocupaciones, indicó el papa en su encíclica “Hermanos todos”, publicada en octubre de 2020, en la cual recordó el documento “Fraternidad Humana” suscrito con el gran imán Ahmad Al-Tayyeb, en Abu Dabi, el 4 de febrero de 2019.

En la conferencia de prensa durante el vuelo de regreso a Roma, procedente de Bagdad, el sumo pontífice añadió que ambos textos deben ser estudiados porque van en la misma dirección.

Ese tema estuvo presente en todas las actividades del programa, entre ellas la entrevista con el gran ayatolá Ali Husaini Sistani, principal líder religioso chiita iraquí y el encuentro interreligioso efectuado poco después en Ur, donde precisó que no habrá paz sin una justicia que garantice equidad y promoción para todos.

El otro punto focal de la visita fue el reconocimiento y aliento a la comunidad cristiana diezmada por la guerra, la violencia y el terrorismo, con la cual tuvo dos momentos de singular cercanía.

El primero, en Qaraqosh, donde se reconstituye la cristiandad tras la persecución y desmembramiento durante la ocupación por el Estado Islámico, y el segundo en Erbil, capital de la Región Autónoma del Kurdistán iraquí, lugar en que celebró una misa ante 10 000 feligreses el 7 de marzo, en la víspera de su retorno a Roma.

Francisco en una de sus intervenciones apuntó que no habrá paz sin pueblos que tiendan la mano a otros pueblos, mientras los demás sean ellos y no nosotros y las alianzas sean contra alguien, porque, añadió, «las alianzas de unos contra otros sólo alimentan las divisiones».

La paz, dijo, no reclama vencedores ni vencidos, sino hermanos y hermanas quienes, no obstante las incomprensiones y heridas del pasado, caminen del conflicto hacia la unidad, lo cual exhortó a pedir en oración para todo el Medio Oriente y, en particular, para «la vecina y martirizada Siria».

El papa exaltó en su visita la figura de Abraham, nacido en la Llanura de Ur y reconocido como punto de convergencia entre judíos, musulmanes y cristianos.

Desde este lugar manantial de fe, desde la tierra de nuestro padre Abraham, afirmamos que Dios es misericordioso y la ofensa más blasfema es profanar su nombre odiando al hermano, dijo.

La hostilidad, el extremismo y la violencia no surgen de un alma religiosa: son traiciones a la religión. Y los creyentes no podemos callarnos cuando el terrorismo abusa de la religión, subrayó el papa

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