Opinión

Desde hace milenios, la humanidad admira destacados textos de escritores desconocidos. ¿Por qué? Unas veces debido a que se encontraron, semidestruidos, con firma ilegible. O fueron transmitidos de boca en boca, de pueblo en pueblo, sin saberse su origen. O, simplemente, quien los ha hecho no quiso que le conociésemos. Entre ellos, hay obras literarias, científicas y religiosas.

Con algunos pasa como a la “Epístola Moral a Fabio”, procedente del siglo XVII. Por años se consideró de paternidad anónima hasta que Adolfo de Castro descubrió que es de Andrés Fernández de Andrada.

Hasta hace poco, ignorábamos la del “Cantar del Mio Cid”, una de las cumbres de la lengua castellana. Ahora, la investigadora Dolores Oliver Pérez, de la Universidad de Valladolid, en su libro “El Cantar de Mío Cid: génesis y autoría árabe”, afirma que el famoso poeta y jurista Abu l-Walid al Waqqashi lo escribió en 1095, en vida del cid Rodrigo Díaz de Vivar.

El más ejemplar ejemplo, valga la redundancia, es “Las Mil Noches y Una Noche”, con encantadores relatos de China, Arabia, India, Persia, Irán, de desconocidos, de compilación arábiga. Leí, por fortuna, la más amplia edición, de 2,669 páginas, incluyendo sus eróticos poemas. Traducida del árabe al francés por Mardrus, y de este a nuestro idioma por Blasco Ibáñez.

¡Cuántos grandes literatos no cambiarían toda su creación por haber escrito dos o tres de esos geniales textos!

En otra ocasión, hablaré sobre ese portentoso libro.

REENVIAR OBRAS ANÓNIMAS FALSAMENTE ATRIBUIDAS A FAMOSOS ES UN IRRESPETO AL AUTOR Y A LA CULTURA

Por la internet, se envían y reenvían constantemente obras tan bien elaboradas que estamos seguros de que sus autores tienen enorme talento, pero, deliberada o involuntariamente, han preferido difundirlas sin firma.

Algunos ignorantes cometen el error de atribuirlas a famosos. Sin embargo, son tan exquisitamente seductoras que, para hacernos leerlas con admiración, no necesitan engañarnos diciendo que son de prestigiosos creadores.

Entre ellas está el relato del muñeco de trapo que ansía tener vida para contarla y dar lecciones sobre la humildad como grandeza o la muerte como acto natural y ganancioso.

En otra, el hijo que regala unas sandalias a la madre, quien las estrena de inmediato. Este se sorprende, pues esperaba que se las pusiera al otro día, que era el cumpleaños de ella. Sin embargo, la madre le dice que se las calzó de inmediato, porque no se sabe si mañana amanecerá muerta y no podría entonces darle a su hijo el gusto de vérselas lucir.

Ambas piezas se las atribuyen falsamente García Márquez.

Luego, volveré sobre el tema. Mientras, copio el excelente

CUENTO DE AUTOR ANÓNIMO HALLADO EN LAS REDES Y PUBLICADO EN SU MURO DE FACEBOOK POR ARTISTA ROSA ESTHER LAMARCHE

“La otra noche escuche ruidos en el patio de mi casa y al mirar por una de las ventanas vi a un sospechoso merodeando dentro de mi patio. No me alarmé mucho porque mi casa es muy segura, tiene rejas por todas partes.

Pasaron unos minutos y al ver que el sospechoso seguía ahí, decidí llamar al 112. Me atendieron y le comenté cuál era la situación, a la cual me respondió preguntando si ya estaba el sospechoso dentro de la vivienda. No, le conteste, está afuera, en mi patio hace ya rato. ¿Pueden mandar una patrulla móvil? Me respondió: «En este momento no tenemos a nadie a quién mandar, si llega a suceder algo vuelva a llamarnos».

Pasaron algunos minutos, y el sospechoso seguía dentro de mi patio por lo cual volví a llamar al 112. «Ya no hace falta que vengan. Acabo de matarlo con una escopeta calibre 12 que guardaba en mi casa para autodefensa. Le disparé en la nuca, y quedó irreconocible, y sus sesos desparramados por todo el patio».

En menos de 4 minutos llegaron 5 unidades móviles, el grupo antimotín, 3 agentes en moto, policía de investigaciones, brigada de homicidios, el mismísimo jefe de policía, una ambulancia, un fiscal y un juez de turno, Antena 3, Tele 5, La Sexta, La SER…

Al ver todo eso, el sospechoso se vió tan sorprendido que inmediatamente se arrodilló en el suelo con las manos en la cabeza y el personal policial procedió a detenerlo.

En ese momento abrí la puerta y sali al patio, donde se dirigió hacia mí el jefe de policía, que me dijo:

“¿Creí que había dicho que lo había matado”?

Le respondí:

“¡Y yo creí que me dijo que no tenían a quien mandar!”.”.

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