Opinión

Celebremos a grandes vivos antes que sean grandes muertos

Hay muchos errores que la humanidad reconoce tener pero no acaba de superar. Una de ellas es esperar a que los hombres y mujeres se mueran para celebrar sus méritos.

A través de esta columna y otros medios, lucho porque el miembro de nuestra santa humanidad sea más generoso, justo, desapegado.

Tengamos humildad y valentía para justipreciar lo positivo y negativo de cada persona en vida, para que esta disfrute merecimientos, mejore virtudes, corrija defectos y ejerza el justo derecho a su defensa.

ES MÁS JUSTO Y PROVECHOSO HOMENAJEAR Y CRITICAR EN VIDA

Por ello, desde niño me ha llamado curiosamente la atención el oficio de plañideras que hacían algunas mujeres en Doñana, campo de Hato Mayor (hoy provincia, como parte de la mala maña de nuestros políticos de dividir más y más un país tan pequeño como el nuestro, solo por disponer de más formas de esquilmar el erario) entonces municipio de El Seibo.

Esas mujeres eran expertas en llorar a el o la fenecido(a). Profesionales del llanto y de repetir “Ay, tan bueno que era fulano”. “Ya si se acabó la santidad de mengana”. Obreras bien pagadas por rezar y llorar en los cabo de años que mi abuelo Miguel Amparo (Pimpín) hacía cada año en recuerdo de su madre, el famoso “Velorio de Pimpín Amparo” al que alguna vez dedicaré uno de mis artículos.

LLORADORAS CORTAZIANAS Y LA SENTENCIA DE DON FEDERICO

Sus lágrimas y ayes se escuchaban de lejos. Eran más altisonantes que los quejidos y expresiones (burlescas) de amor que imprecaban las hermanas del cuento de Cortázar, quienes se aparecían en un mortuorio y les ganaban a la esposa o esposo, hijas e hijos, sobrinos y demás familiares, quienes se preguntaban asombrados de dónde conocían estas mujeres al difunto para llorarlo con más “sentimientos” y altisonantes gritos que los deudos.

O sea, que solo somos buenos y queridos al morir. Nos dicen palabras elogiosas cuando ya no estamos para oírlas, alegrarnos y disfrutar de saber qué se piensa de nuestras altas y bajas. Lo que debieron decirnos mientras estamos en este plano, nos lo dicen cuando ya estamos en el plano de las cenizas crematorias o el cuerpo en rápido proceso de descomposición, plenamente sin vida.

Creo que debemos hacerle ver a don Federico Henríquez y Carvajal que aprendimos la lección que nos dio con su frase pronunciada en el panegírico pronunciado en las exequias de ese gigante de la humanidad que fue don Eugenio María de Hostos:

“¡Oh, América infeliz, que solo sabes de tus grandes vivos, cuando ya son tus grandes muertos”.

HARÉ RETRATOS EN VIDA Y ALGUNOS YA MUERTOS

Lo que hasta aquí han aprehendido los lectores que habrán llegado hasta este párrafo es el prolegómeno al anuncio de que iniciaré en esta columna dominical ALERTA una serie de artículos sobre destacados seres humanos vivos (y algunos muertos) de nuestro país y el mundo.

Será una forma de hacerles saber a esas personas, antes de su deceso, de su marcha de este mundo, mis sentimientos y valoraciones de aprecio, cariño, admiración de sus mejores cualidades, y alguna que otra crítica a las que considero debilidades.

Serán unos artículos similares a un par de entregas que publiqué hace ya unas cuantas semanas en las que retrataba al Dr. Joaquín Balaguer, enfocando las que considero buenas y malas de su vida, como intelectual, artista y político. Solo que en ese caso están incluidos en la serie de los que ya no están entre nosotros, pues ya Joaquín Amparo Balaguer Ricardo, obviamente, estaba muerto al momento de publicarse.

“ESTAMOS ESPERANDO QUE SE MUERA

PARA RECONOCER QUE FUE GRAN ESCRITOR”

Ojalá que la publicación de estas entregas motive a otros a hacer lo mismo, y logremos superar lo que me contaron de un gran escritor, a quien al preguntarle su opinión sobre la portentosa obra literaria de Guillermo Cabrera Infante, dijo: “Sabemos que es un gran escritor, pero es un enemigo de la Revolución. Estamos esperando que se muera, para que no se aproveche de nuestros elogios en la difusión de sus ideas”.

No. Aunque una persona no comulgue con nuestras creencias políticas, filosóficas o religiosas, debemos tener la generosidad, honradez, elegancia y decencia de hablar en voz alta de los méritos que le reconocemos, aunque ahí mismo le endilguemos los que consideremos sus deméritos.

Espero que los lectores lean y opinen sobre las reflexiones en que valoraré principalmente a vivos y también a extintos.

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