Opinión

La cátedra de Juan Bosch al actual Canciller y a un sobrino de John F. Kennedy (y a mí también)

Pareciera que 42 años después es una historia de ficción si no fuera porque quedó registrada en fotos, diarios y libros, pues es verdad que sucedió en el mes de mayo de 1979 cuando faltaba un mes para que Juan Bosch cumpliera 70 años de edad el 30 de junio. Estuve yo también presente en este encuentro que días después el escritor y expresidente Bosch relató así en Vanguardia del Pueblo, cuya dirección estaba a mi cargo en mi calidad de Secretario de Información del Partido de Juan Bosch.

Estuve también presente en este encuentro que días despuésés el escritor y expresidente Bosch relató así en Vanguardia del Pueblo, cuya direcciónón estaba a mi cargo en mi calidad de Secretario de Informaciónón del Partido de Juan Bosch.

Escribió el Maestro Juan Bosch:

“Política e Historia

El 29 del pasado mes de mayo estuvo de visita en nuestra casa

uno de los hijos de Robert F. Kennedy, aquel hermano del

presidente Kennedy que fue asesinado en 1968 cuando se de-

dicaba a hacer en California campañaa política con el propósito

de ganar la candidatura presidencial por el Partido Demócrata.

El joven Kennedy llegó a vernos acompañado por un pe-

riodista del diario The New York Times, y en la última parte de

la charla de hora y media que sostuvimos con la mediación

del compañero Víctor Grimaldi y de Roberto Alvarez, ex-

funcionario de la OEA en Washington, que hicieron con efi-

ciencia y gentileza el papel de intérpretes, tanto el sobrino de

John F. Kennedy como el periodista que viajaba con él qui-

sieron saber qué pensábamos nosotros acerca del porvenir

político de los países latinoamericanos; si creíamos que en

algún momento iba a repetirse una revolución como la de

Cuba, y en caso de que lo creyéramos, cuándo y dónde empe-

zaría. Pero la pregunta iba más allá de ese tema porque in-

cluía el propósito de averiguar si a juicio nuestro podía ser

bueno para los pueblos de la América Latina un gobierno

como el cubano, o el de cualquier país capitalista, en el cual

no pueden elegirse cada cierto tiempo nuevos gobernantes. Por lo

visto los jóvenes visitantes no recordaban que en este com-

plejo mundo en que vivimos hay lugares, como algunos países

de África, donde no se sabe qué cosa es eso de elegir funciona-

rios y otros de América Latina, como es el caso de Chile, donde

el presidente de la República, elegido con todas las de la ley, es

asesinado por soldados que obedecen órdenes de sus generales

y de otros gobiernos a pesar de que nada autoriza ni a unos ni a

otros a dar muerte a ciudadanos de su país, y mucho menos a

los que recibieron mandato constitucional para gobernar.

Las dos preguntas parecían corresponder a temas muy dis-

tintos e incluso a experiencias políticas que no tenían entre sí

ninguna relación, y sin embargo en la historia de los Estados

Unidos, una historia que los jóvenes visitantes deben conocer

mejor que nosotros, hay por lo menos ejemplos que respon-

den a esas preguntas, y las dos tienen un origen común: la

esclavitud africana.

Los Estados Unidos era un país esclavista desde antes de de-

clararse independiente de Inglaterra; es más, entre los que po-

drían llamarse los padres de la patria norteamericana había

varios que tenían esclavos; tal era el caso de George Washington

y de Thomas Jefferson, que fueron el primero y el tercero de

los presidentes de la República, y como nos enseña la histo-

ria, esa República, la de los Estados Unidos, fue la que inició

en el mundo el desfile de los que iban a llamarse en este siglo

países democráticos representativos, y por esa razón debió

encabezar también el de los que iban a abolir en sus territo-

rios la esclavitud africana.

No hay historias iguales

Veamos ahora lo que parece una incongruencia histórica:

Los Estados Unidos declararon su independencia el 4 de

julio de 1776 y Haití la proclamó el 1º de enero de 1804, o

sea, veintiocho años después. En esos veintiocho años ningún

otro país de la Tierra se organizó como Estado republicano,

de manera que Haití pasó de colonia francesa que era, con

una población esclava de alrededor de medio millón de perso-

nas, a ser la segunda república del mundo, pero no una repú-

blica con esclavos, como era la de Norteamérica, sino de escla-

vos que habían conquistado su libertad en una guerra que

había durado trece años. En buena lógica, la esclavitud debió

desaparecer en los Estados Unidos veintiocho años antes que

en Haití; pero la liberación de los esclavos norteamericanos se

inició cincuenta y nueve años después que se hizo la de Haití,

cuando mediante la histórica Proclama de Emancipación del

presidente Abraham Lincoln se les dio libertad a unos 200

mil de los algo más de 4 millones de esclavos que tenía el país

en el 1860, un año antes de que comenzara la Guerra de

Secesión; y fue después de haber terminado esa guerra en 1865

cuando la más vieja república democrática del mundo orde-

nó, con la Enmienda Nº 13 a la Constitución, que la esclavi-

tud quedara prohibida en todo el territorio norteamericano.

Dijimos hace poco que la guerra de liberación haitiana fue

larga, pero militarmente tuvo más importancia la que llevaron

a cabo los estados norteamericanos esclavistas del Sur contra el

gobierno central o federal, que es su denominación), comenza-

da el 12 de abril de 1861, que iba a durar cuatro años, hasta el

18 de abril de 1865. Debemos advertir, aunque parezca que

esa advertencia está de más, que si esa guerra provocó el inicio

de la abolición de la esclavitud y a su final la esclavitud vino a

quedar abolida por mandato constitucional, ella no fue obra de

los esclavos, como lo fue la de Haití. Quienes comenzaron y

mantuvieron todo el tiempo la llamada Guerra de Secesión o

Civil fueron los blancos dueños de esclavos, la oligarquía pro-

pietaria de grandes plantaciones de algodón en los once esta-

dos esclavistas del Sur que se sublevaron contra el gobierno

de Lincoln y desde el primer momento se organizaron como

Estado aparte con el nombre de Confederación de Estados de

América, con su presidente y su ejército. El resultado de esa

guerra fue la abolición de la esclavitud, pero los esclavos no

combatieron por su libertad y la guerra no se hizo para darles a

ellos la libertad sino para todo lo contrario, para evitar que el

gobierno de Abraham Lincoln aboliera la esclavitud.

¿Por qué los hechos históricos que dieron fin a la esclavitud

en Haití no produjeron el mismo resultado en Norteamérica?

O si hay algún lector que prefiera la pregunta en otro orden,

¿por qué la guerra de los colonos de América del Norte contra

el gobierno inglés no condujo a la liberación de los esclavos

africanos junto con el establecimiento de los Estados Unidos?

La pregunta que nos hicieron el hijo de Robert F. Kennedy

y el periodista que lo acompañaba fue en esencia cualquiera

de las dos que acabamos de exponer, y en rigor, fue una sínte-

sis resumida de las dos; y en la respuesta que les dimos les

explicamos que aunque la historia obedece a leyes generales,

no sigue reglamentos que deben ser cumplidos frase por frase

porque la historia es un producto social, elaborado en cada

caso por una sociedad determinada, y como no hay dos socie-

dades iguales, que se hayan formado en un mismo territorio y

en un mismo tiempo histórico bajo presiones idénticas, no

puede haber dos historias iguales. Las hay, eso sí, y a veces

más de dos, que se parecen mucho, que llegan a ser similares

o semejantes en sus resultados pero no son iguales en el pro-

ceso de desarrollo y por tanto no pueden ser iguales en sus

episodios fundamentales. El aspecto republicano con que se

organizó el Estado norteamericano desde 1789 tardó casi

un siglo en ser imitado en Francia, cuya revolución empezó

en ese año 1789, y no se ha seguido todavía en Inglaterra,

Holanda, Bélgica, Dinamarca, países donde sin embargo la

llamada democracia representativa ha alcanzado en muchos

puntos niveles a que no ha llegado la de Norteamérica.

Cuba es un país socialista como lo es la Unión Soviética,

como lo son Polonia y Viet Nam, ¿y en qué se parecen las

historias de esos países, no sólo las anteriores al momento en

que cada uno de ellos proclamó el gobierno de la dictadura

del proletariado, sino también las historias de sus regímenes

socialistas?

La historia no se programa

La Unión Soviética y Cuba hicieron sus revoluciones sin ayu-

da de nadie, la primera, mientras transcurría la guerra mun-

dial de 1914-1918, en la que se vieron envueltas las mayores

potencias militares del mundo, incluyendo en ellas la propia

Rusia, que era como se llamaba antes de la Revolución Rusa

el país que ahora se llama Unión Soviética. La Revolución

Rusa no sólo no pudo recibir ayuda de ningún país sino que,

al contrario, en medio de la Revolución el territorio ruso fue

invadido por tropas francesas, inglesas, japonesas, norteame-

ricanas, finlandesas, polacas, alemanas; y en cuanto a la Revo-

lución Cubana, es cierto que recibió pequeñas ayudas de ar-

mas que le llegaron de países del Caribe, pero esas armas no

podían compararse, siquiera, con el arsenal que tenía a su

disposición el gobierno de Fulgencio Batista. Desde otro pun-

to de vista, la Revolución Rusa fue hecha por centenares de

miles de hombres y mujeres, que combatieron durante años

contra los ejércitos del Zar y los de los contra revolucionarios

rusos así como contra los de varios países europeos, el Japón y

Norteamérica, y la Revolución Cubana fue llevada a cabo, en

sus inicios, por un grupo que no llegó en ningún momento a

ser superior a cien hombres, y luego por la docena de expedi-

cionarios que se internaron, bajo el mando de Fidel Castro,

en la Sierra Maestra; y además, si la Revolución Rusa fue

hecha por el Partido Bolchevique, que desde el primer mo-

mento proclamó de manera abierta que su papel en la historia

era establecer la dictadura del proletariado en Rusia, la de

Cuba fue realizada por un grupo que pretendía poner en vi-

gor la Constitución democrática de 1940, que no se apoyaba

en un partido marxista-leninista y que desembocó en marxis-

ta porque sólo bajo ese signo podía sobrevivir a la amenaza de

aniquilamiento que le llegaba desde Washington.

Dos días después de haber recibido la visita del joven Robert

Kennedy y de su acompañante nos dimos a la tarea de termi-

nar la lectura del libro Carta a los comunistas, en el que su

autor, el joven y brillante escritor francés Régis Debray llama

la atención del Partido Comunista de su país por lo que él

califica de incapacidad de ese partido para tomar el poder, y

en la página 200 hallamos estas palabras: “Se programa una

máquina, pero no el curso vivo de las contracciones políticas

y sociales que ponen a la sociedad en estado de agitación…

no se programa una transición sociopolítica… Ni del capita-

lismo al socialismo ni del socialismo al comunismo…”. A

seguidas Debray recuerda que en el 1960, en el XXII Congreso del Partido Comunista soviético, Kruschev presentó un informe detalladísimo en el que explicaba cómo y por qué la

Unión Soviética llegaría al comunismo en el 1980.

La verdad es que la historia no puede programarse. Lenin

no pensó el 26 de febrero de 1917 que su partido tomaría el

poder en octubre de ese año; en 1957, ningún líder comunis-

ta cubano soñaba, siquiera, que Cuba iba a ser un país socia-

lista cuatro años después. Y en cuanto al derecho a cambiar el

gobierno con votos cada cierto tiempo, les recordamos a nues-

tros visitantes que en los Estados Unidos hubo millones de

personas que no votaron nunca y millones de sus descendien-

tes sólo pudieron hacerlo en la segunda mitad de este siglo.

Fueron los esclavos, sus hijos, nietos, biznietos y tataranie-

tos. Durante cerca de doscientos años, para esos no hubo derechos democráticos.

últimas Noticias
Noticias Relacionadas