Opinión

El largo camino

Cada 18 de julio se conmemora el Día Internacional de Nelson Mandela, una oportunidad para reflexionar sobre la vida y obra de un hombre que encarnó la dignidad, el respeto a los derechos humanos, la tolerancia, la resiliencia y muchas otras virtudes que quisiéramos que todas las personas y, en especial todos los líderes de la humanidad emularan en su accionar.

Pero en el marco de una pandemia global y el inicio de una nueva era para los seres humanos alrededor del mundo, la conmemoración adquiere un significado adicional, puesto que vivimos momentos de graves tensiones y sobresaltos que amenazan contra la paz, la confraternidad y la cohesión social, que son los valores que permiten que el colectivo avance, para así enfrentar los retos comunes de cada sociedad. Al decir de António Guterres, Secretario General de la ONU, “las sociedades están cada vez más polarizadas, el discurso de odio aumenta y la desinformación desdibuja la verdad, cuestiona la ciencia y socava las instituciones democráticas”.

No necesitamos encuestas ni investigaciones para confirmar esta realidad, a nuestro alrededor observamos con suma preocupación cómo la mentira se ha instalado en el corazón de muchos ciudadanos y ciudadanas, que se dejan manipular por quienes se benefician de un ambiente de hostilidad, desacuerdo y desafección.

En honor a Mandela, tenemos que hacer nuestras sus palabras y reafirmar que los héroes son aquellos que se dedican a la paz y la construcción de las libertades. Para eso, se requiere una actitud conciliadora y una disposición al diálogo, sobre todo entre enemigos, para encontrar el territorio de la convivencia y la armonía.

No es una utopía, el compromiso de Mandela con un objetivo trascendental a la hora de negociar con De Klerk es lo que permitió deponer las armas, hacer a un lado los rencores y resentimientos y llegar a resoluciones para dejar atrás los desencuentros causados por el sufrimiento y el odio.

Los seres humanos debemos asumir “la perseverancia de la voluntad” puesta al servicio del bien común, como una filosofía que guíe el accionar ante los asuntos públicos, y los hechos nos indican que sólo un cerebro femenino es capaz de lograrlo. Es un camino largo y tortuoso, pero satisfactorio y necesario para asegurar el progreso y el desarrollo de los pueblos.

En el contexto pos-pandemia, la capacidad y la habilidad de llegar a acuerdos será una clave fundamental para la gobernabilidad y el avance de los países. Tenemos que cultivar los principios y valores que permiten que el diálogo sea posible, en lugar de echarlos a un lado y apostar por el camino de los desencuentros.

Insisto y reitero, es un camino largo, pero es la única manera de devolver a la humanidad la esperanza y la capacidad de contribuir, de forma mancomunada, a la mejora en la calidad de vida de los individuos, al desarrollo colectivo de la Nación y al fortalecimiento de las bases fundamentales de la democracia y la vida en sociedad.

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