Opinión

El ser humano detrás del color de la medalla

A fuerza de golpes, resistencia e inteligencia, Mohamed Alí se convirtió en el Dios supremo del Olimpo que he construido a lo mejor del deporte (supongo que todos tenemos nuestro propio Olimpo). Y se ganó ese lugar además de por sus cualidades deportivas, por sus virtudes ciudadanas. Fuera del ring fue un ciudadano ejemplar con una coherencia insuperable entre su forma de pensar y su actuación, su comportamiento. La mejor demostración de lo que acabamos de decir la dio cuando prefirió ir a la cárcel y perder el título de campeón de peso completo por no ir a Vietnam a matar gente que no conocía y que no le había hecho nada. ¡Qué reciedumbre ética!

He pensado en eso ahora por el retiro de la gimnasta norteamericana Simone Biles de la parte final de la competencia por equipo y de su participación en el “all around”, en la que era la favorita, en los Juegos Olímpicos Tokio-2020.

Demasiada presión sentía sobre sus hombros Simone. Incluso desde antes de la escogencia del seleccionado femenino de gimnasia de Estados Unidos para estos juegos olímpicos se sentía la presión de Simone, la mejor gimnasta del mundo porque, entre otros méritos, ha colocado esa disciplina en otro nivel. Y lo ha hecho por el dominio que tiene de los elementos de más dificultad y la creación de otros complicadisimos en diferentes aparatos. Por ejemplo, su “Amanar” y su “Yurchenko” con doble en ‘V’ o carpado, en salto; en piso el movimiento “Biles”, creado por ella, y su triple doble que muy pocos hombres han hecho. Todo eso junto a su elegancia en cada aparato, la seguridad y la maestría con que ejecuta los movimientos la han convertido en la mejor gimnasta del mundo.

Se podría decir que una deportista de élite del nivel de Simone debe estar acostumbrada a la presión. Eso es cierto, pero también lo es que los atletas son humanos. Hay que recordar que Simone viene de superar una lesión. También hay que reparar en que en la gimnasia, como en los demás deportes, las condiciones físicas y hasta eventos del entorno influyen en la mente del atleta y, en consecuencia, en los resultados, los que en ocasiones son fatales.

Ese es el caso, por ejemplo, de Elena Mukhina, quien en su preparación para los Juegos Olímpicos de 1980 sufrió una lesión que la dejó en silla de ruedas. Tenía veinte años y murió veintiséis años después, lo que significa que la mayor parte de su vida la pasó sobre esa silla.

Mukhina había vencido a Nadia Comaneci en el mundial de 1978. Con su afán de ganar los olímpicos de 1980 los entrenadores llevaron las exigencias al máximo. ¿La razón? Mukhina lo dijo años después desde su inseparable asiento: le habían inculcado que “una vida humana vale poco en comparación con el prestigio de una nación”. Mukhina venía de una lesión en una pierna que sus entrenadores no esperaron curara debidamente. Adelantaron su incorporación a los entrenamientos. Mukhina practicaba en el perfeccionamiento de un movimiento. No valió que se quejara de que no se sentía bien haciéndolo. Sus quejas chocaban contra un muro. El prestigio de una nación era más importante que sus sentimientos y hasta que su vida. Fue así como practicando un movimiento con caída Thomas, lo que implica que un mortal hacia adelante termina en un rolo. Para este movimiento Mukhina necesitaba una gran altura, que le impidió la lesión del pie. La gimnata cayó con la barbilla contra el piso y resultó con la lesión que la dejó cuadripléjica de por vida.

Otro caso que se ha ventilado en estos días de cuando el prestigio de una nación vale más que el bienestar y la vida de una persona es el de la gimnasta norteamericana Kerry Strug.

Kerry era la última participante de las gimnastas norteamericanas en los juegos Olímpicos de Atlanta 1996. Tenía que hacer dos saltos. Hizo el primero con buen desempeño, pero se le resintió un pie por una lesión. No podía soportar la molestia; su entrenador le dijo que debía hacer el salto, que ella podía. Era el mismo criterio: el prestigio de una nación vale más que una vida. Kerry hizo el salto. Cayó de pie, pero sólo pudo mantenerse parada el tiempo suficiente para el logro de la puntuación deseada. La joven se desplomó y no pudo levantarse. Llorando de dolor, sobre el colchón que debió parecerle inmenso en ese momento, sólo podía arrastrarse como una inofensiva gatita chocada por un desaprensivo conductor. Esa es la imagen que me quedó grabada en la mente de esos juegos olímpicos: una Kerry adolorida en un inmenso colchón. Tenía 20 años, y no volvió a competir. Al parecer en este caso, a diferencia del de Mukhina, las cosas salieron bien. El color de la medalla impidió que la federación de gimnasia de Estados Unidos y gran parte de ese país vieran el drama que vivió esa joven atleta.

Antes de concluir estas reflexiones pondré un tercer caso, diferente en la motivación y los resultados a los mencionados, porque afortunadamente nadie salió lesionado, pero que sirve para poner de relieve lo vulnerable que es la mente de los atletas, independientemente de su grandeza.

La gimnasta rusa Svetlana Korkhina tuvo una inesperada caída en un salto de vault que dominaba a la perfección. Ese fallo la descontroló mentalmente y luego en las barras asimétricas, en un movimiento sin dificulta para ella, tuvo otra caída. Los rusos protestaron por el error de salto; alegaron que alguien había puesto el caballo a menos altura de la reglamentada; en efecto, se investigó y se comprobó que era cierto: Korkhina había hecho el salto con un caballo a menos altura que la que ella utilizaba en las competencias y sus entrenamientos. Los jueces decidieron que podía hacer el salto de nuevo. Ella declinó porque consideraba que eso no cambiaría nada, el mal ya estaba hecho.

Las cientos de repeticiones que hacen los atletas en sus entrenamientos desarrolla una especie de ‘memoria muscular’. Si usted altera alguno de los patrones en que se ha desarrollado esa “memoria”, se podría alterar el resultado. Fue lo que le pasó a Korkhina. Y ese fallo la afectó en su desempeño en otros aparatos. Así de complicada es la mente de todos, no solo de los atletas.

Simone de Biles hizo bien al decidir retirarse si psicológica y emocionalmente no se sentía bien. Ella era la más autorizada para saber cómo se sentía. Y qué suerte que sus entrenadores al parecer consideran que el prestigio de una nación no siempre es más importante que la vida o el bienestar de un atleta. Al fin y al cabo lo que hace grandes y prestigiosas a las naciones son el prestigio y la grandeza de sus ciudadanos vivos.

Simone, te apoyamos en tu decisión. Demuestra tu independencia y tu inteligencia. Y lo más importante: demuestra que eres una campeona en el deporte y fuera de él. Por eso desde ya ocupas un lugar especial en mi Olimpo y espero que también en el de la mayoría de tus compatriotas.

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