Hablan los hechos

Libros por comida: los libreros cartageneros luchan por no morir de hambre

Por: German Gómez Polo *

¿Qué tienen que ver los libros con el hambre? Seguramente poco… o posiblemente mucho, pero en Cartagena —la emblemática ciudad histórica en el Caribe colombiano, a más de 1.000 kilómetros de la capital Bogotá— tener los primeros se ha convertido para un grupo de libreros en casi la única chance de no morir y conseguir alimento para llevar a sus familias.

El miércoles 8 de septiembre, en la conocida Ciudad Heroica corrió rápidamente la noticia de que 29 libreros del emblemático Parque Centenario, a unos cuantos pasos del centro histórico, estaban entregando sus libros a cambio de algo de comida.

La solidaridad se impuso. A las pocas horas, decenas de ciudadanos acudieron al lugar con varios kilos de alimentos, algunos haciendo el trueque entre alimentos y letras; otros, simplemente dejando mercados como una muestra de afecto.

La ayuda fue motivada por el llamado, pero el sentimiento que conecta a los cartageneros con estos libreros tiene su historia.

En Cartagena contrastan el lujo del turismo, que muestra a la ciudad antigua dentro de una vitrina de centro comercial, con los profundos problemas sociales que vive el resto de habitantes desde hace décadas. Las cifras son contundentes cuando se indaga sobre la pobreza extrema, las dificultades para el acceso a servicios, el costo de la educación o la economía informal.

Por ejemplo, números del Plan de Emergencia Social de la ciudad señalan que a junio de 2021, el 60% de la población era pobre y la pandemia habría dejado al menos a 100.000 personas nuevas en la pobreza extrema.

Por otra parte, el informe más reciente de la encuesta Cartagena Cómo Vamos estimó que los efectos del COVID-19 podrían hacer que la ciudad retroceda a niveles de pobreza y desigualdad de hace 20 años. Esos factores estructurales motivaron, durante años, que espacios como la plaza de los libreros, con productos baratos, se hicieran necesarios y concurridos.

Pero las visitas a los libreros, cabe aclarar, no eran solo para comprar a bajo costo o usados los libros para los niños que tenían que ir a los colegios, sino que se habían convertido también en la puerta de entrada del ciudadano de a pie a la literatura universal: desde Cien años de soledad, el libro más conocido de Gabriel García Márquez, hasta Noches Blancas, de Fiódor Dostoyevski, se podían —y se pueden— conseguir desde $10.000 colombianos, un poco más de dos dólares.

“Vendemos literatura, cuentos infantiles, universitarios, códigos para abogados. Hay literatura desde $5.000 [1,3 dólares] hasta $ 25.000 [6,5 dólares]. Los escolares pueden ser más caros, porque depende de la asignatura, pero no tenga dudas de que son más baratos que en cualquier otra librería de la ciudad”, cuenta Faisudy Fontalvo, una mujer que tiene 31 años de estar en el oficio de la venta de libros y ocupa un lugar en el Parque Centenario desde hace 16.

Según los cálculos de Faisudy, el negocio de los libros se ha caído en casi un 100% y en esa debacle confluyen dos factores muy potentes: por un lado, la pandemia del COVID-19 que afectó al mundo entero en 2020; por el otro, y posiblemente una razón de mayor alcance, la hegemonía del formato PDF en el mundo digital.

“Nuestro problema se inició hace mucho con la tecnología y somos conscientes de ello, por eso hemos intentado ir evolucionando al mismo tiempo y hemos tocado las puertas en la Alcaldía o con las autoridades de educación. Con la llegada de la tecnología ya habíamos perdido el 50% de los clientes, pero la pandemia nos puso en verdaderos apuros porque no podíamos vivir”, agrega la mujer.

Lo que hay detrás de esa insuficiencia económica son las deudas que se generan bajo un modelo de préstamos bastante común en Colombia, conocido como el “pagadiario” o el “gota a gota”, un sistema informal de préstamo de dinero, en donde se pactan créditos pequeños a altos intereses y con la obligación de saldar los compromisos antes de que se oculte el sol cada día. Además, es común que estos créditos estén soportados en estructuras criminales.

Del otro lado de su local está Osmario Maza, quien con 30 años es el menor de todos los libreros y el heredero de un negocio familiar que ha ocupado un sitio en el parque durante unos 50 años. “Desde que tengo uso de razón, mi papá se dedicaba a la venta de libros. También lo hacía mi abuelo y hoy somos mi mamá y yo quienes estamos al frente”, narra Maza.

El joven sostiene a sus dos hijos con la venta de libros y se muestra afligido al contar que durante los últimos cuatro días solo ha vendido dos libros. “Yo vivo en un barrio alejado del centro de la ciudad, para llegar hasta aquí diariamente me gasto en transporte más de lo que he ganado en estos días. La gente ya no está viniendo a comprar libros”, explica.

Tanto Osmario como Faisudy y el resto de libreros han intentado incursionar en otros oficios también ligados a la cultura para poder subsistir, como la fabricación de artesanías, sin embargo, se han encontrado con el obstáculo de la burocracia estatal y con aquella costumbre latinoamericana de que la ley solo es efectiva en contra de los más débiles.

Los libreros no se van del parque porque, entre otras cosas, aman su oficio y abandonarlo significaría también dejar atrás, en muchos casos, las tradiciones familiares. Por eso resisten y por estos días entregarán prosa, poesía y canciones a cambio de lentejas, arroz y aceite.

*SPUTNIK MUNDO

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