Opinión

Perfilando un país caótico, inseguro y peligroso

Durante el fin de semana me detuve a escuchar unas reflexiones del secretario general de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), Antonio Guterres, las cuales giraron en torno a una serie de propuestas para forjar un nuevo “consenso global” que dé respuesta a los mayores problemas internacionales en la era postcovid.

Una de las razones por las que le puse especial atención se debió a que la imaginación hubo de conducirme a pensar que se estaba refiriendo a la situación actual de la República Dominicana.

Esto así, porque habló de la necesidad de actuar con presteza frente a la inseguridad, parar la destrucción de los recursos naturales y reformar el sistema de gobernanza, entre otras cuestiones fundamentales en el discurrir de la vida nacional.

Y de manera categórica señaló que si no se producen cambios reales, el mundo se dirige hacia el abismo.
“Nuestro mundo avanza hacia una nueva anormalidad: más caótico, más inseguro y peligroso para todos. Vamos en la dirección equivocada y estamos en un momento clave

. Las decisiones que tomemos ahora pueden llevarnos al fracaso y un futuro de crisis perpetuas o a avanzar a un mundo más verde y seguro”, dijo el diplomático.

Nadie puede negar que, en nuestro país, situaciones como la narcopolítica, el auge de la inseguridad ciudadana, la violencia, el incremento constante del costo de la vida, el desempleo generado por la crisis sanitaria del Covid-19 y la destrucción acelerada de los recursos naturales, van perfilando un caldo de cultivo que lo conduzca directamente a ser más caótico, inseguro y peligroso.

Lo anterior, en parte, es el resultado de una pandemia que ha acrecentado no solo la pobreza, sino también los niveles de desigualdad social en todo el territorio nacional. Indudablemente que eso se constituye en un detonante para la violencia y la inseguridad ciudadana; panorama que no se queda en percepciones, como suele alegarse en el ámbito gubernamental, sino que se trata de una realidad que palpan cada día los habitantes en esta parte de la isla La Española.

Por supuesto, no se trata de una cuestión exclusiva de la República Dominicana. Estas realidades se afrontan en diferentes latitudes del mundo, sobre todo en las naciones más empobrecidas.

Un dato aportado por la propia ONU resulta algo alarmante: “Los diez hombres más ricos del mundo han visto su riqueza combinada aumentar en medio billón de dólares desde que comenzó la pandemia. Mientras, nos enfrentamos a la peor crisis de empleo desde la Gran Depresión, con millones de personas sin trabajo o subempleadas”.

Los líderes dominicanos están en el deber moral de sentarse a pactar la sociedad dominicana que queremos en el futuro, haciendo énfasis en la reducción de las desigualdades, garantizar el acceso equitativo de la población a los servicios básicos y promoviendo la cohesión social.

Esto conlleva serios compromisos que implican la concertación de innovación, creatividad, dedicación y esmero, pero, sobre todo, que los actores políticos, empresariales y de la sociedad civil adopten una conciencia social que coloque los intereses de la nación por encima de los particulares.

Desafortunadamente, eso no está sucediendo en la sociedad dominicana. El relativismo gana cada día mayor terreno y los incapaces toman decisiones sin saber, perjudicando a los segmentos poblacionales más vulnerables.

Las autoridades gubernamentales tienen la mayor responsabilidad en evitar que la sociedad camine hacia el caos, la inseguridad y el peligro.

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